LINDA CALAMIDAD

Me levanté por la mañana, me palpé y fui corriendo al espejo. Ahí estaba el maldito grano. Intenté maquillármelo pero, como siempre, no hubo modo de taparlo. Yo extendía con delicadeza la crema y, cuando conseguía que quedara perfectamente maquillado por un lado, se veía siempre por el otro; entonces intentaba tapar el otro lado, pero algo hacía que volviera a salir por el contrario. Como siempre, terminé por desistir. Al salir por el portal el portero me dijo: “Buenos días, guapa. Anda que cada día estás más guapa”. Al llegar al colegio mis amigas me dijeron: “Huy, qué guapa estás hoy”. Al salir del colegio unos chicos me silbaron. “¡Guapa!”, gritó uno. Al entrar en el portal salía mi vecino y, mirándome lascivo, me dijo “hola preciosa”. Mi madre me dijo “qué guapa es mi niña, cada día más” y ya harta de que todo el mundo estuviera loco me encerré en el cuarto de baño. Me miré al espejo, con ese grano en medio de la cara y sonreí porque, qué demonios, el grano me sentaba bien.

EL FIN DE LA PREPOTENCIA

Pasaba todo el día en el laboratorio, primero haciendo su trabajo y después dedicado a sus experimentos. La fortuna le había dado un trabajo que le permitía jugar con sus investigaciones, lo que le facilitaba mucho las cosas. Apenas pisaba su casa para cenar cualquier cosa y dormir, como si tuviera prisa por atrapar la mañana siguiente. Estaba buscando la forma de hallar una sustancia estimulante del crecimiento aplicable al cerebro con el propósito de ampliar la inteligencia en el ser humano. Las primeras pruebas las hizo con tejido aún vivo de cerebros de ratas de laboratorio; después, una vez combinadas las sustancias elegidas, con gran esperanza decidió inyectar la mezcla en una rata viva y observar su reacción. Para ello pasó una semana haciendo pruebas con varios juegos de obstáculos basados en el aprendizaje, anotando en su libreta las reacciones de los animales, el tiempo de respuesta, el éxito o fracaso en cada intento y, tras comprobar los resultados, elaboró una jaula con varios juegos de obstáculos que le permitirían observar los progresos. Finalmente inyectó la hormona al animal y se sentó a esperar. No ocurrió nada, incluso podría decirse que el efecto había sido el contrario al buscado, pues la rata se sentó en un rincón y ni siquiera intentó averiguar la forma de resolver los distintos juegos. Quizá fuera cuestión de tiempo, pensó, de modo que decidió tomarse unos días de libertad y se marchó a su casa. A los dos días, cuando llegó al laboratorio y fue a examinar a la rata, la encontró en un rincón con algo parecido a unas hebras de paja entre sus torpes deditos. Lentamente estaba intentando cruzar las hebras para formar una figura romboide; esto le interesó mucho, pues parecía significar un avance. Se sentó en una silla frente a la jaula. La rata ni siquiera lo miró, absorta como estaba con su tarea. De pronto la rata agarró el rombo con una de las patas, miró hacia él y se metió el rombo en la boca. Emitió unos extraños gruñidos que daban la sensación de atragantarse. Finalmente se acercó a las rejas y, con una extraña voz, le dijo: “Perdona mi torpeza, es porque no tengo cuerdas vocales y he tenido que fabricarme unas”. Nuestro investigador se echó hacia atrás entre sobresaltado y aterrado, cayendo de la silla. “¡Cuidado!”, gritó la rata, y su artilugio se rompió.

Pasaron un tiempo charlando y se hicieron amigos. El investigador conoció los secretos de la vida de las ratas y la rata cultivó sus conocimientos, aprendió a leer y a escribir y con ayuda del investigador se fabricó un sistema vocal mucho más flexible y duradero. El investigador se inyectó una dosis para aumentar su propia inteligencia. Funcionó. Decidió que aumentaría la inteligencia de todo el planeta. Inyectó la mezcla en conejos, perros, gatos, caballos; viajó a la Patagonia, a la China, a Australia, al África septentrional, inyectó la hormona a los guanacos, a los pandas, a los canguros, a las jirafas –así supo que sufrían de problemas cervicales–, ayudó a los animales feroces a racionalizar sus instintos asesinos y a los más débiles a crear sistemas de defensa. Pronto la Tierra fue como en los dibujos animados de la infancia en los que los animales se personifican y hablan entre ellos y con los hombres. La moda, la música, el cine, las artes; los negocios, el dinero, las posesiones; los sueños, los proyectos, las metas inalcanzables; todo era compartido por todos. El hombre intentó rebelarse sin éxito y acabó adaptándose sin remedio. Entonces y solo entonces tuvo conciencia de su insignificancia.

LA PASIÓN DECRECIENTE

El chef sentía una gran pasión por la cocina. Era minucioso, se esmeraba en preparar bien todos los platos, en ocuparlos con las cantidades exactas de cada ingrediente, en colocarlos en el plato; salía a la sala y comprobaba personalmente si los clientes quedaban satisfechos. Su restaurante tenía éxito. Cada nuevo plato que decidía incorporar al menú era delicadamente elaborado, con exquisitez, con pasión, y con esa misma pasión devorado por los consumidores. Un día un cliente le trajo un libro con todo tipo de información calórica. “Estoy a régimen”, le dijo, y le entregó el libro por si sería posible que creara un menú especial bajo en calorías. Al chef le pareció una buena idea y pasó la siguiente semana realizando los cálculos calóricos de todos los platos de su carta; cuando terminó, dominaba las correspondencias y podía improvisar un cálculo con anotar únicamente los ingredientes y el tipo de proceso: cocción, asado, fritura. La semana siguiente la pasó intentando montar un menú de menos de 1000 calorías. Cuando lo logró, su nuevo reto fue reducirlo a 500. Lo más difícil no solo era combinar los ingredientes para lograr un plato delicioso, sino conseguir que al terminar de comer el interesado tuviera sensación de saciedad. Pero lo lograba, de modo que pasó a intentarlo con 250. Fue mucho más complicado, pues se producía una contradicción entre la variedad, la calidad y la cantidad, de modo que si una aumentaba las otras dos se veían desplazadas, casi sin esfuerzo, del menú. De este modo creó los menús “CASI”: ideó un revuelto de ajetes casi sin huevo, un filete de ternera casi sin ternera, una crema con sabor a buey de mar sin buey de mar, una “mouse” de cochinillo con más aire que cochinillo... Ideó platos cuya descripción, leída, ya avivaba el deseo de comerlos. Y eso ayudaba a saciar el apetito, pues el deseo de comer, si no es satisfecho inmediatamente, acaba por comportarse como el propio alimento. Bajo este argumento los platos comenzaron a retrasar su salida y entre el primer plato y el segundo pasaba más tiempo del recomendable. Poco a poco el descenso calórico llegó a su punto máximo y el día en que se descubrió intentando crear un menú de cero calorías lloró amargamente sobre la mesa de la cocina porque sabía que la salida de ese plato tendría que retrasarse para siempre y ya nunca podría volver a cocinar.

EL RUIDO DE FONDO

No hacía falta que nos dijéramos nada porque sabíamos que el otro lo notaba y al mismo tiempo nosotros lo notábamos en el otro. Sin embargo él me miró y me dijo: “Dios, qué borracho estoy” y yo le contesté: “Yo también”. “Así no podemos irnos a casa”, añadió. Decidimos sentarnos un rato en el coche y charlar hasta que se nos pasara la borrachera. Pero eso era lo que nos decíamos que haríamos mientras nuestra imaginación se dejaba llevar por la conocida reacción afrodisiaca al consumo de alcohol y en el fondo sabíamos que no se iba a tratar de charlar. Así que nos fuimos a su coche, y entramos, y nos sentamos cada uno en su lugar, él en el asiento del conductor y yo en el del copiloto, y empezamos a charlar de cualquier cosa sin importancia, un color favorito, una canción que nos recordaba a algo, cualquier cosa, y no sé quién empezó a dejar que la mano adquiriese su propio movimiento acariciando al otro, creo que fue él quien empezó acariciando mi rodilla, pero casi inmediatamente yo hacía lo mismo con la suya, y él subía por la pierna hacia arriba y yo también subía como si imitara sus movimientos, mientras continuábamos hablando de estilos musicales, de lo que fuera, y él exploraba mis bragas mientras yo bajaba la cremallera de su bragueta, y él me hundía los dedos y yo hurgaba entre sus calzoncillos buscando el camino de salida a su pene duro, y todavía seguíamos hablando de cualquier cosa, de los huevos fritos con patatas, de la salsa mahonesa, daba igual, ya ni sabíamos de qué hablábamos pero seguíamos pronunciando palabras, íbamos bajando el volumen de la voz hasta acabar casi en un susurro, pero seguíamos hablando, como si seguir hablando nos perdonase por todos los demás movimientos, y yo me giré y me senté sobre él, frente a él, en el asiento, y nos besamos, y ahí ya dejamos un momento de hablar porque las lenguas estaban ocupadas jugando la una con la otra, y yo me subía un poco la falda y me apartaba a un lado las bragas y conducía a su pene duro hacia el lugar por el que entrar, y él entraba y ahora no respirábamos bien, nos ahogábamos, pero seguíamos hablando entre susurros y respiración entrecortada, y creo que en ese momento nuestra conversación empezó no sé cómo a tratar sobre la política, y el momento del orgasmo fue sublime porque él era de derechas y yo siempre he sido de izquierdas.

Al terminar, la borrachera ya se había disipado y pudimos marcharnos cada uno a nuestra casa. Cuando recogía mis cosas él empezó a mirar por el suelo y dijo: “No encuentro tus bragas”. Yo le contesté: “Es que no he llegado a quitármelas”, mientras besaba su rostro atónito y con un adiós apresurado salía rápidamente y me iba corriendo hacia mi coche.

EL SILENCIO INOPORTUNO

“¿Dónde está tu hermano, dónde está? ¡Dios mío, dilo!”, gritaba zarandeándolo como si tuvieran que caérsele las palabras de la garganta, como si estuviera a punto de atragantarse con ellas. Pero él no dijo nada. Lo había prometido. Lo había jurado por que se muriera si hablaba. Los juramentos son así, hay que respetarlos aunque te zarandeen. Cuando llegaron por fin a la casa abandonada su hermano ya había muerto. Shock anafiláctico. “Hijo de puta, de haber hablado habríamos llegado a tiempo”, le dijo, furiosa y alterada, su propia madre. Tampoco entonces dijo una sola palabra.

LA SOMBRA DE LA HIGUERA

Con la forma de la sombra de un árbol, creada mediante la toma de imágenes desde la propia copa de ese árbol, conectamos el circuito y se creó una fina película de calor que no era visible al ojo humano, salvo por un pequeño hilo de color rojo que aparecía en el borde ante las leves variaciones de la forma en la sombra, al ser el árbol movido levemente por el aire. De haber escogido un objeto inerte ni siquiera podría apreciarse esa línea, pero el árbol nos pareció más divertido. A partir de ese momento, las personas que estuvieran en un lado del árbol —dentro del dibujo proyectado por la sombra— tendrían una presión atmosférica diferente a los de fuera, y esa presión estaría separada por la película eléctrica, que a un mismo tiempo calentaría el aire de la propia película aumentando esa presión. La sensación sería como si se creara una pantalla invisible que impediría a los que se encontrasen dentro salir del hueco sin que la presión atmosférica aumentase de tal forma que la sensación sería de congelación.

Como les indicaron, todos los participantes se colocaron bajo aquella extrañamente enorme higuera. De pronto, una nube tapó el sol y la luz se volvió tenue; se escucharon unos truenos a lo lejos, la sombra de la higuera desapareció por un instante y volvió de nuevo a aparecer junto con el sol. Ahora el límite de la sombra tenía un extraño color rojizo, como si alguien hubiese recortado la sombra para volver a colocarla y le hubiese quedado una línea de otro color alrededor. Una de las mujeres se dio cuenta y se acercó a ese límite para tocarlo. Acercó la mano al suelo y al ir a tocar la línea roja que separaba la sombra del sol, como si fuera la línea de un rayo láser, se quemó el dedo. Después de chupárselo para calmar el dolor, intentó sacar la mano fuera de la sombra, pero notó como si una fuerza se lo impidiera, además de que su mano empezó a echar humo y sintió cómo se le quemaba por completo. A sus gritos de dolor acudieron otras mujeres. Una de ellas fue a sacar el pie y la suela de su zapato también empezó a humear. Pronto todos los participantes estaban en el límite de la sombra intentando salir sin quemarse. Uno de ellos tomó impulso y corrió hacia fuera, pero una extraña fuerza volvió a empujarlo dentro, quemándole la nariz, una mano y parte del pantalón y los zapatos. El pánico se apoderó de todos. El coordinador, que estaba al otro lado, se acercó, a instancias de los demás, para probar a meter la mano dentro de la sombra de la higuera. Al meter tímidamente el dedo notó que se le helaba y lo retiró rápidamente y a tiempo, pues una extraña fuerza tiraba de él hacia dentro.

Algo había fallado, de modo que el efecto que se produjo fue exactamente el contrario: para los de dentro el aire adquirió una presión menor y eso hizo que se enfriase el perímetro, calentándose en el exterior, de tal modo que al intentar salir se producía una quemadura y viceversa, es decir, quien intentase entrar dentro se congelaría, aunque ocurriría únicamente en el espacio y tiempo correspondientes a la permanencia en esa película. El descubrimiento y la constatación de su funcionamiento nos hizo abrazarnos y bailar alocadamente, mientras el grupo de personas que habían escogido para realizar el experimento se quemaban intentando huir de allí, pues a la variación de presión se unía un aislamiento que generaba una fuerza centrípeta que los devolvía dentro del hueco y les hacía imposible salir. Por eso el coordinador, que se había quedado en el exterior, al acercar la mano había estado a punto de ser tragado —y congelado— hacia dentro.

Murieron tres personas en el intento, justo antes de que reaccionáramos y fuéramos capaces de cortar la corriente para acudir en su ayuda. La prisión a la que nos condenaron por homicidio imprudente realizó un proyecto piloto para sustituir los barrotes tradicionales por esta fina película instalándola en nuestras propias celdas. Y aquello nos pareció justo.

MADERA DE PERDEDOR

Su novia le había dejado hacía una semana, justo después de que le comunicaran en el trabajo que su contrato no sería renovado, lo que le dejaba en el paro, cuando al salir de casa se le estropeó el coche. No podía llevarlo a arreglar porque no tenía dinero y como se había peleado con su familia no podía pedirles dinero ni a ellos, ni a su novia, que ya no lo era, ni al banco, por su evidente nueva situación económica, ni a sus amigos, con los que también había discutido por culpa de su novia, a la que ellos no soportaban, de modo que tuvo que ir a la oficina de desempleo caminando, y cuando llegó le dijeron que no había cotizado suficientes días como para cobrar el subsidio. De hecho le habían faltado tan solo tres días para llegar a los 365 requeridos. Cuando atizó un puñetazo al empleado de la oficina su único deseo era que aquel hombre y los dos compañeros que le defendieron le dieran una paliza de tal calibre que le ayudara a olvidar su penosa situación. Pero ni siquiera le pegaron tanto como para eso. Al llegar a casa las vecinas estaban parloteando en la puerta porque alguien había dejado entrar a un ladrón por la mañana y había desvalijado cuatro casas, incluida la suya, cuya puerta estaba rota y abierta. Apenas le contaron aquello recordó con rabia al tipo que había entrado al salir él del portal. Con asombrosa sangre fría, en el límite de sus fuerzas, entró en casa, abrió el armario de la limpieza, agarró la botella de lejía y salió con ella en la mano para decir a sus vecinas: “Por favor, llamen a un médico” mientras daba un trago y comprobaba que sería una llamada inútil porque la mujer de la limpieza la había rellenado con agua.

EL HUEVO DE AGUA

Aquella mujer parecía impasible ante los gritos y ajetreos de los cuatro niños que la acompañaban, a los que ni siquiera miraba mientras empujaba el carrito por el pasillo del centro comercial. Al llegar a los huevos, llamó a uno de ellos: Pedrito, venga, trae el bote y la jeringa, dijo, y el niño, como si le hubieran tocado un resorte o pulsado un botón, pasó de revoltoso y alocado a serio y concentrado en su responsabilidad. Se acercó con un bote de cristal y una jeringuilla vacía que llevaba en el bolsillo. Otro de los niños los vio y se acercó corriendo con una botella de agua que había tomado del estante. El niño entregó la jeringuilla a su madre y abrió el bote. La mujer clavó la jeringuilla en un huevo y tiró del émbolo hacia fuera. La jeringa se llenó rápidamente con el contenido del huevo. El niño estaba a su lado y estiró el brazo con el bote abierto. Sin sacar la aguja del huevo, extrajo la jeringuilla y vació el contenido en el bote. Después introdujo la jeringuilla en la botella de agua y la llenó, volviendo a colocarla en la aguja clavada en el huevo y vaciándola después. Y repitió la operación hasta que el bote de cristal estuvo lleno de huevo. El niño cerró el bote y todos volvieron a la primera frase de este párrafo hasta salir por la puerta sobre la cual había un cartel en el que se leía: “Salida sin compra”. Y era cierto, porque los huevos que se estaban llevando sin duda no habían sido ni iban a ser comprados nunca.

María colocó la sartén en el fuego. Cuando el aceite empezó a humear, cascó el primer huevo y lo dejó caer. El huevo empezó a borbotonear; después, cascó el segundo huevo y, cuando fue a echarlo junto al otro, contempló sorprendida como caía sobre él, en lugar de otro huevo, un chorro de agua mineral sin gas.

EL LORO RADIANTE

Cuando papá trajo aquel loro de Guinea todos lo rodeamos curiosos. Era un loro feo, gris, contrahecho y pequeño y el penacho de plumas rojas de la cola estaba despeluchado y roto. Estaba muy nervioso, se sentía agobiado por tanto desconocido y no paraba de moverse. De pronto dijo: “¡Fuera de aquí, cobardes!”. ¡El loro sabía hablar! Los niños aplaudieron entusiasmados. Papá agarró la jaula por el gancho que colgaba del techo y la colocó sobre la cómoda. Elena y yo formamos un colchón con un poco de gomaespuma, sacado de una vieja muñeca rota, cubierto con un trozo de tela, al que cosí unos botones haciendo dibujos de rombos; parecía un bonito sofá para descansar. Mamá puso agua en uno de los recipientes y cacahuetes en el otro, pero el loro no se acercó. La primera noche estuvo en un rincón, amedrentado y silencioso. Al día siguiente, ya muerto de hambre, se acercó despacio y comió. Al cabo de una semana ya formaba parte de la familia. Todos nosotros nos acercábamos por la mañana a saludarlo, uno por uno, cada cual según su horario, y le decíamos tonterías que queríamos que repitiera, palabras enrevesadas o expresiones únicas que buscábamos pensando que no se les ocurrirían a los demás; así, si algún día las repetía, sabríamos quién había sido el maestro.

Una tarde, al volver del cine todos juntos, el loro no estaba en la jaula. Tras el natural cruce de acusaciones, tú te has dejado la jaula abierta, de eso nada, yo la había cerrado ya cuando tú te has acercado, mentira, a mí no me llamas mentirosa, etcétera, sin llegar a ninguna conclusión lógica, empezamos a buscar al animal. Bajo los sillones, bajo la cómoda, detrás del armario, bajo la mesa, en los armarios de comida, en la nevera, incluso en la lavadora. Nada. De pronto oímos unos golpecitos en el cristal de la ventana. A un “Chissss” conjunto nos quedamos callados intentando localizar su proveniencia. El loro estaba al otro lado de la ventana del salón, agarrado a la barra del balcón. Marta abrió la ventana y todos nos acercamos a mirar.

–Me pica el esternocleidomastoideo Elena es tonta qué caca de cacatúa, cacatúa, sois la familia patética espasmódica necesito un antipirético espeluznante adiós cobardes –dijo, y se marchó volando para siempre mientras todos sonreíamos después de haber escuchado, entremezcladas, nuestras rebuscadas palabras.

EL TORRENTE

El sonido se hizo escandaloso casi nada más empezar a llover. Por el estruendo supusieron que estaba cayendo una buena granizada. Miguel se asomó tímidamente a la ventana, pero apenas se veía una sombra enorme, como si toda la casa hubiera sido engullida por la nube, que en vez de dejarse caer, estrepitosa, hubiera decidido lanzarse a devorarlos. Se acurrucaron en el sillón a esperar a que escampase. Al rato, escucharon un chorro de agua cayendo al suelo. El agua había desbordado el marco de la ventana, cuyo sellado nunca había sido útil para alejar el sonido, cuanto menos para impedir el paso del agua. Se acercaron a la ventana y pudieron ver el agua que ya había alcanzado la altura de la ventana y navegaba por encima de esta. Se miraron entre maravillados y sobrecogidos; no sabían si volver a acurrucarse en el sillón hasta comprobar si la tormenta se agravaba más allá de sus posibilidades de permanencia sobre él sin convertirlo en improvisada embarcación o empezar a buscar la salida al tejado de la casa. Laura corrió la cortina buscando una iluminación imposible. De pronto, una piedra de granizo del tamaño de una pelota de tenis entró por la ventana y, rompiendo el cristal, aterrizó delante del sillón. Apenas hubo un segundo de pausa para contemplar el granizo en el suelo justo antes de que se produjera un catastrófico efecto dominó que primero reventó el cristal de la ventana para dejar pasar el agua hasta donde se había desbordado por encima de ella, al tiempo que, más allá de la casa, el río se desbordaba también de su cauce y un torrente de agua aprovechaba la ventana rota para entrar violentamente por el salón, en el que Miguel y Laura, aterrados, intentaban alcanzar una puerta de salida. El agua les empujó contra la pared e inundó la habitación a más velocidad de la que fueron capaces de asumir. De pronto los dos buceaban intentando sacar la cabeza por algún hueco libre con un resquicio de aire al que agarrarse que no encontraban. La puerta que daba al piso de arriba, cerrada, no cedía a los intentos de abrirla bajo el agua, y la desesperación hacía que Miguel en lugar de tirar con fuerza realizara inútiles intentos en los que tiraba de la puerta cuando aún no había bajado el picaporte y bajaba este cuando no estaba colocado para tirar de aquella. Miguel estaba a punto de abandonarse a la fatalidad cuando Laura sacó una extraña fuerza que nunca habría imaginado tener siquiera ella misma y, bajando el picaporte, tiró fuertemente y consiguió abrir la puerta hasta meter la pierna y empujarla y abrirla lo suficiente para impulsarse hacia el piso de arriba, saliendo del agua como se sale de la piscina en las luchas infantiles para ver quién aguanta más tiempo sin respirar, con un suspiro en el que todo el aire que falta entra a borbotones como si no hubiera tiempo, porque de hecho ya no hay tiempo para dejarlo entrar lentamente. Lo siguiente fue mirarse y besarse y abrazarse nerviosamente como si acabaran de encontrarse después de haber sido apartados a la fuerza durante mucho tiempo.

Aquel día el pueblo entero se inundó, el agua entró por todas las puertas y rendijas, las familias se salvaron como pudieron y una mujer se ahogó, atrapada por la tormenta en una inundada casa de una sola planta sin un piso sobre su cabeza al que subir a respirar.

PUNTUALIDAD RELATIVA

Miró el reloj de la estación. Las 12:53. Apenas siete minutos para llegar a tiempo a su cita y el tren no llegaba. No lo lograría. “Ha de ser puntual, en caso contrario no se moleste en venir”, le había dicho el señor Luengo. El tren llegó con cinco minutos de retraso. Dentro, sentado, dormitando, iba el Señor Luengo. Él también llegaba tarde. Disimuladamente se escondió colocándose de espaldas cerca de la puerta para salir antes que él. Al llegar a la estación, se bajó y corrió escaleras arriba hasta la salida. Al salir, se detuvo. El señor Luengo salió a las 13:04. Se saludaron. Él hizo como si hubiera estado esperándolo hasta entonces y sintió como si hubiera ganado el juego. Lo que no sabía era que el señor Luengo le había visto entrar en el vagón y se había hecho el dormido.

MI MADRE SE FUE

Un día como hoy, hace diecisiete años, mi madre hizo una maleta en la que metió un pantalón vaquero, una camiseta blanca y una muda limpia y, tras darme un beso en la frente, se marchó para siempre. Papá nunca quiso explicarme por qué lo hizo. Y no sé por qué lo hizo. Yo tenía cuatro años. Cuando pienso en mi madre, cuando recuerdo vagamente el momento en que agarró la maleta, me besó en la frente y salió, su última mirada desde la puerta con los ojos vidriosos, conteniendo las lágrimas, siento una angustia en la garganta, como si una mano invisible me apretara tan fuerte que no me dejara tragar saliva. Sé por qué me pasa esto. Es porque no sé por qué se fue mi madre. Y papá no me lo dice. No me atrevo a preguntárselo, así que lo miro, ahí sentado, y pienso en cómo hacer la pregunta. Pero él siempre se levanta antes de empezar, así que me quedo sin saberlo. Sin saber por qué se fue mi madre. Y resulta que no tengo madre. Es porque se fue, pero no sé por qué lo hizo. Y eso me angustia muchísimo. Ni siquiera sé si está viva. No sé nada de ella. Nunca hablo con nadie, mi padre quiere llevarme a un psicólogo. Me ha traído a este sitio. No quiero hablar. Mi padre debería decirme por qué se marchó mi madre. Quizá eso me ayude. No tengo nada que decir. La gente tiene madre, no quiero hablar con ellos. Tampoco quiero hablar con mi padre. Lo que quiero es saber por qué se fue, que mi padre de una vez por todas me lo diga y me deje en paz, estoy harto de que me mire todo el mundo con cara de pobrecito que no tiene madre, ellos saben por qué se fue y no me lo están diciendo. Dejadme en paz, bastardos.

El enfermero cerró la puerta de la habitación y giró la llave.

–Parece ausente, tiene la mirada perdida. Es inquietante –dijo.
–Su madre se marchó al hospital para operarse y nunca volvió a verla; murió en el quirófano –explicó el padre–. No he querido hablarle nunca del tema para no hacerle daño, pero supongo que hay dolores que no pueden evitarse.
–Comprendo. Pobre chico.

Y se fueron caminando por el pasillo hacia la puerta de salida.

QUIÉN ES EL CULPABLE

Tras llamarlo varias veces a un teléfono apagado y enviarle dos mensajes, por si volvía a encenderlo, resultó imposible localizarlo. Finalmente tuvo que darle el plantón que necesitaba anunciarle, pues le era imposible acudir a la cita. Al día siguiente no tenía ninguna noticia de él, ni había respondido a sus llamadas, ni había enviado ningún mensaje reprobador. Tan solo un tremendo silencio. Le envió otro mensaje pidiéndole de nuevo disculpas y explicándole mejor sus motivos. Tampoco recibió respuesta. Esperó unos días para darle un margen de reacción; hay personas que tardan en perdonar los plantones, pensó. Cuando ya casi había transcurrido una semana volvió de nuevo a enviarle un mensaje para ver si ya estaba mejor. No obtuvo respuesta. Empezó a comentarlo con sus amigas, sorprendida, no entendiendo esa forma implacable de no perdonar, por más que se había doblegado y humillado y pedido perdón de mil maneras, e incluso empezó a pensar en él ya como persona desagradable, incapaz de tener un poco de comprensión o un minuto de compasión por su situación. De modo que de pronto empezó a dar vueltas al plantón y se dio cuenta de que ese plantón no habría existido si él hubiera tenido el teléfono encendido y le hubiera contestado, ya no a la primera, sino a la segunda, a la tercera, la cuarta o la quinta llamadas. Le envió un nuevo mensaje en el que le sugería esta interpretación, con lo cual una parte del plantón terminó por pasar a ser responsabilidad del propio plantado. Tampoco consiguió arrancarle una respuesta. Ese silencio de duración indeterminada y casi eterna terminó por enfadarla; maldito implacable, qué tipo de persona es incapaz de perdonar un plantón, con la cantidad de veces que se lo habían dado a ella, y el suyo era con causa justificada, pero él no, no estaba dispuesto a escuchar, qué desfachatez. Sus mensajes, ya casi diarios, iban poco a poco encendiéndose, haciéndose agresivos, dirigidos a reprocharle su despiadada reacción, su cruel silencio, su casi monstruosa falta de piedad, y acabó insultándolo abiertamente junto a sus amigas, menudo imbécil, seguro que está solo en la vida, el muy cabrón.

Dos semanas después, al llegar a trabajar, descubrió que tenía un mensaje de él sin abrir. Sorprendida y, sobre todo, intrigada, lo abrió para leer:

«Estimada Señora X:

Le ruego que deje de escribir a esta dirección, pues su destinatario falleció el pasado día N, tras sufrir un infarto mientras la esperaba a usted. Tardamos un poco en descubrir esta dirección y leer sus mensajes, que nos están resultando muy desagradables, por lo que suponemos que aún no ha recibido usted la noticia. Sentimos informarle de esta manera, pero usted no nos ha dejado otra opción, pues se nos hacía imposible responder a sus insultos con delicadeza. Por lo tanto, ya una vez informada, le rogamos que deje de enviar mensajes o deberemos tomar las medidas oportunas.

Atentamente,

Señor Y.»

O TODO O NADA

Cuando despertó sintió un picor muy fuerte en la mano. Sin llegar a abrir los ojos, entre el sueño y la vigilia, buscó su mano con la otra para rascársela, pero en el lugar donde se suponía que tenía que estar no había nada, tan solo la cama. Comenzó a palpar alrededor sin éxito; abrió los ojos de golpe: su mano había desaparecido.

Su madre dormitaba en un incómodo sillón rojo. Al oírle, estiró la cabeza. Levantando el brazo, él alzó su muñón vendado hacia su madre y la miró interrogante. Ella le dijo:

–Lo siento, cariño. No han podido salvártela.
–Pues entonces no debieron salvarme a mí –contestó.
–No seas bruto.
–Déjame, mamá. Sal, por favor.
–De eso nada.
–¡He dicho que salgas, zorra! ¡Todo esto es culpa tuya!

La madre salió llorando. Al momento se oyó un golpe y gritos. Su madre entró corriendo en la habitación. La ventana estaba abierta y no había nadie.

–¡Dios mío!

Corrió hacia la ventana y se asomó, morbosa, sabiendo lo que vería. Se giró y se quedó apoyada en la ventana, con la mirada perdida en dirección a la cama. Una enfermera entró corriendo y la apartó para asomarse.

–¡Pero cómo ha podido dejarle solo! –le reprochó.
–Yo... Yo... Me echó de la habitación –balbució la madre.
–¡Hombre, claro! ¡Pero no tenía por qué hacerle caso!

Otra enfermera, que acababa de entrar, reprendió a su compañera de un codazo. La madre se dejó caer en el sillón y se echó a llorar amargamente. Otra enfermera más entró en la habitación gritando: “¡Está vivo!”. La madre se levantó de un respingo y siguió a la enfermera a dondequiera que fuera. “Al parecer solo se ha roto la pierna”, le dijo. “Hubiera preferido que se rompiera la lengua”, contestó la madre, aún llorando.

FUROR

Abrió la botella de tequila. En un platito, colocó unas rodajas de limón y se acercó con la botella, dos vasitos, el plato de limones y un salero.

–Órale, güerita –dijo, sentándose frente a ella y sirviendo tequila en los dos vasos.

Ninguno de los dos dijo una palabra. Los dos iban bebiéndose los vasitos, mojando los limones en sal y chupándolos, sin ceremonias ni orden, simplemente mezclando el limón y la sal con el tequila según su arbitraria apetencia. Los dos bebían al mismo tiempo; cada vez que se vaciaban los vasitos el hombre volvía a llenarlos de nuevo y así ocurrió hasta que la botella de tequila quedó vacía. En el bar hacía un calor húmedo insoportable que había humedecido sus cabellos y sudado las ropas. El vestido de flores de ella tenía las axilas y el escote manchados de sudor, y la mancha en la camiseta de él había llegado hasta la espalda. Un ventilador de techo removía el aire y lo mezclaba con la humedad del sudor para aliviar la sensación de calor.

Los dos fueron a levantarse de la mesa y, con muy mal equilibro, borrachos ya, se tropezaron, cayendo de nuevo sentados en la silla. Se miraron y empezaron a reírse. Él se levantó y llegó a duras penas hasta el aparato de música. Sonó una ranchera. Se acercó a ella y la tomó de la mano. Ella se dejó levantar y se agarró a él. Bailaron muy despacio, muy pegados, sin seguir el ritmo de la música. Él fue acariciándole el cuello hasta acercarse a su mejilla y separarla de su pecho. Ella le sonrió y, mirándose a los ojos, se besaron. Al cerrar los ojos, ella perdió el equilibrio y cayó, arrastrándolo con ella al suelo, donde siguieron besándose apasionadamente, apartándose las ropas, buscándose y encontrándose, penetrándose y sintiéndose el uno del otro. Cuando terminaron permanecieron allí tumbados, como recién caídos. A la mañana siguiente fueron encontrados muertos en esa misma posición, de sendos disparos cometidos por la esposa de él, que había bajado a por una botella de agua al bar cuando apenas acababan de quedarse dormidos. Primero lo mató a él; la güera tuvo apenas un segundo para verlo morir y a su esposa apuntar hacia ella y disparar de nuevo.

EL TÚNEL

Al volver a casa de su viaje de dos días había un desagradable olor a podrido. Fue directa a la basura, abrió los cubos, cerró las bolsas y bajó al contenedor. Al volver, el olor persistía. Era un olor a podredumbre, a rancio, entraba por la nariz y se alojaba en la parte de atrás de la garganta, casi tocando la campanilla. Abrió la habitación y olisqueó, por si se trataba de alguna prenda de ropa tirada bajo la cama o algún zapato con el resultado de una mala pisada. Nada. Limpió el calzado, buscó ropa en el suelo que llevó a la lavadora, abrió la ventana y salió de la habitación. El olor estaba fuera, eso lo notó al salir, de modo que fue olisqueando toda la casa, sin encontrar exactamente el origen de un olor que ya le estaba provocando náuseas. Cuando, ya inevitablemente entre arcadas, iba hacia el retrete, pisó en su carrera con fuerza una de las baldosas del pasillo y notó cómo se movía. Siguió corriendo para evitar vomitar sobre ella, pero en cuanto vació a fondo su estómago volvió de nuevo a comprobarla. La baldosa estaba suelta, pero no podía levantarla fácilmente, porque la única manera era pisarla con fuerza por un lado y entonces le era imposible agacharse para levantarla del otro. Fue hasta la cocina y volvió con un cuchillo romo, para utilizarlo a modo de palanca. Finalmente consiguió levantar la baldosa y al apartarla a un lado salieron varias moscas revoloteando. El cadáver de un gato se descomponía ante sus ojos. ¿Cómo habría llegado ese gato hasta ahí? Pensó en quién podía haber entrado en su casa estando ella ausente, pero antes de encontrar una respuesta, al sacar el gato envolviéndolo en una bolsa de basura y depositarlo en otra con asco, observó que el agujero que había en su suelo se marchaba pasillo a través hasta otro lugar en la casa contigua y se le ocurrió que su vecina podía haberse deslizado por ahí hasta su casa.

Decidió que recorrería ese túnel hasta ver dónde terminaba. Primero se ocupó del gato, que terminó de encerrar en la bolsa de basura y bajó también al contenedor. Al volver, el olor dominaba toda la casa y se entretuvo en abrir todas las ventanas para oxigenarla un poco. Entonces se puso sus pantalones viejos y su camiseta rota, se cambió de zapatillas, se colocó unos guantes de látex y un gorro de lana en la cabeza y se decidió a entrar en el desenmascarado butrón. Tuvo que introducir primero los brazos y la cabeza, pero al entrar el olor era tan intenso que se hacía insoportable, por lo que salió de nuevo y, recordando la imagen de alguna película, se untó bien los agujeros de la nariz con vaselina de fresa y, untando también con la misma vaselina un pañuelo, se lo colocó delante de la boca sujeto a las orejas con dos gomas atadas a los extremos, resultando una improvisada mascarilla. Volvió a entrar de nuevo, notando cómo el pútrido hedor se mezclaba con el aroma a fresas y haciendo un esfuerzo mental para aislar ambos olores, quedándose solo con uno de ellos. Fue avanzando a gatas, casi tumbada, por el pequeño túnel, hasta que la oscuridad se hizo más intensa. Entonces paró y buscó el teléfono que llevaba en el bolsillo, utilizando su pantalla para iluminar. El túnel era muy largo, quizá ni siquiera terminara en la casa del vecino sino en otra más allá. Continuó avanzando despacio; de repente, oyó unas pisadas justo encima de su cabeza y se asustó. Permaneció quieta, paralizada, hasta que las pisadas desaparecieron en el sentido contrario, y entonces siguió avanzando. El olor persistía, incluso le pareció que se había intensificado. Al final del túnel se veía por arriba un recuadro de luz que señalaba cuál era la baldosa por la que supuestamente alguien había entrado con su gato muerto. Se detuvo bajo ella y escuchó. No se oían ruidos.

Colocó la palma de la mano sobre la baldosa para empujarla hacia arriba y notó que cedía. Apenas pesaba unos doscientos gramos, por lo que la apartó sin dificultad. Asomó la cabeza y no vio nada. En aquella casa el olor era tan penetrante que su improvisada mascarilla le resultaba inútil y volvió a sentir náuseas de nuevo. Salió del agujero y se precipitó a la ventana más cercana, abriéndola y respirando hondamente. Al volverse, en el suelo yacían cinco gatos muertos. Con un gesto de asco fue lentamente examinando toda la casa, al tiempo que abría las ventanas para poder respirar. En el pasillo había otros dos gatos y al llegar al final, en la cocina, una mujer yacía en el suelo muerta, con la cara amoratada y un charco de sangre tras su nuca que sugería un fuerte golpe al caer en el suelo. Sobre la mesa de la cocina había un paquete de veneno para ratas abierto. De pronto, tras una puerta de la cocina, escuchó un tenue maullido. Abrió la puerta y un gato muy delgado salió maullando y se frotó contra sus piernas. El gato estornudó y se fue caminando lentamente por el pasillo, esquivando a sus congéneres; ella le siguió y vio cómo se metía por el agujero de la baldosa y se marchaba por el túnel. Sin tocar nada, agarró su propio teléfono y llamó al número de emergencias.

PERLAS DE BASURA

En la escala de la evolución humana sobresaldría para siempre, sin duda, la espectacular evolución de Carolina. A los 8 años recibió el diploma de honor de su clase; a los 10 años obtuvo el primer premio del concurso de poesía del colegio; a los 20, sin haber terminado aún la carrera de Economía, empezó a trabajar en una sucursal bancaria; a los 23 años fue nombrada directora de la sucursal; a los 25 se convirtió en presidente de la Asociación de Entidades de Crédito de su ciudad; a los 30 comenzó su carrera política con su candidatura a la alcaldía; a los 35 una revista política publicó un rumor sobre su sospechoso manejo de las cuentas bancarias, relacionado con la concejalía que ocupaba; a los 40 fue despedida del banco por malversación de fondos y falsificación de documentos, y detenida por esos delitos; a los 43 entró, condenada, lenta y cabizbaja, en la cárcel de mujeres; a los 50 salió de la cárcel con apenas una pensión de seis meses por sus contribuciones realizando trabajos diversos, pero sus antecedentes, unidos a su edad, le impidieron encontrar empleo. Así fue como, a los 54 años, se especializó en hurgar la basura, encontrar comidas, ropas, pequeños muebles y otros objetos que los demás desechaban. Sabía dónde buscar: tenía una ruta trazada, por un lado en una calle comercial, para capturar los desperdicios que los almacenes tiraban por no tener posibilidades de venta: frutas golpeadas o parcialmente descompuestas, carnes, pescados o lácteos recién caducados, cajas de galletas abiertas o rotas; después, en una zona de clase acomodada, para ver como las niñas, a imagen de sus madres, tiraban juegos, cosméticos, ropas, adornos y muebles por simple aburrimiento, y finalmente, de vuelta a casa, paraba en el contenedor de papel y buscaba libros, revistas y diarios para leer bajo una vela.

Aquel día en el contenedor lleno de preciosidades desechadas por capricho encontró un collar de perlas. Con un paño que había allí mismo, en el contenedor, lo limpió lo mejor que pudo y se lo puso. Se acercó a un coche aparcado y se miró en el retrovisor. Como transportada en el tiempo, de pronto vio reflejada, borrosa entre las lágrimas, a una niña de 8 años el día en que recibió el diploma de honor.

AMANTIS

Érase una vez en un jardín remoto una mantis religiosa que se enamoró perdidamente de su mantis religioso y, temiendo perderlo para siempre, no fue capaz de comérselo tras la cópula. El macho, aturdido por la explosión de feromonas, agotado por el esfuerzo, inservible, vacío y atemorizado por su asumido destino no comprendió por qué no era devorado y se sintió rechazado, cuando, primero triste y después violento, en un rápido giro atacó a su hembra y, doblando la línea del destino a su favor, se la comió sin darse cuenta de que con ella se comía también a su propia descendencia.

CUANDO EL DESTINO QUIERE

Uno – Ella me había dicho que vivía en el barrio por el que yo conducía el autobús.

Dos – Él me contó que era conductor de autobús y me hizo gracia, no sé por qué. Pero no le pregunté de qué autobús, por si acaso pasaba por mi barrio.

Uno – Cada vez que pasaba por su barrio iba pendiente de todas las mujeres que pasaban por las aceras. Un día casi me salto la parada, absorto buscando su cara entre la gente.

Dos – Cuando veía un autobús al pasar por la calle siempre miraba al conductor por si era él y lo reconocía.

Uno – Nunca la vi. Llegó un momento en que miraba a todas partes y ya no recordaba qué estaba buscando.

Dos – Nunca lo vi. Reconozco que no estaba muy pendiente de los autobuses.

Uno, dos – Cruzó la calle corriendo, pues llegaba tarde. En la acera, un autobús se había detenido en la parada y había abierto las puertas para dejar subir a los viajeros. Ella corrió por detrás del autobús y cruzó con el semáforo prohibido, esquivando a un coche que bajaba a más velocidad de la que había calculado. Dio un último saltito para subir a la acera y siguió corriendo por la perpendicular, calle abajo. Él observaba por el retrovisor descender a la gente, sin dejar que sus ojos tomaran profundidad en el espejo para ver pasar una mujer, la mujer a la que había buscado con la mirada tantas veces. Ella ni siquiera se había fijado en el autobús, pues iba con prisa, pero aunque lo hubiera hecho no tenía ángulo para verlo a él. Estaban muy cerca, pero no se vieron.

Uno, dos – Tres años después le cambiaron de línea. Ella, en una conversación con unas amigas sobre los locos conductores de autobús, dijo no conocer ninguno y en cierto modo así era, pues había olvidado completamente su identidad. Él seguía mirando a todas las mujeres que pasaban por las aceras, sin darse cuenta de que ya no tenía sentido.

Y tres – Cuando la vio en la barra de aquel bar del Norte de la ciudad supo que era ella. Ella lo vio y sonrió, reconociéndolo. Nueve años más tarde se encontraron en un bar cualquiera en el que habían entrado por accidente y, sin saber por qué, se besaron apasionadamente.

LA TIERNA INJUSTA MUERTE DEL DICTADOR

Estaba claro que era cuestión de horas, de minutos. El comandante cerró la puerta con un gesto cabizbajo que indicaba que ya no se le debía molestar más. Unos minutos antes había salido a buscar a su mujer, compungida y solitaria, envuelta entre sollozos silenciosos, y sujetándola del brazo la había llevado a los pies de la cama para la gran despedida. Fuera, en la calle, los borrachos cantaban, sabiéndose libres de la furia del moribundo, sus últimos segundos o, mejor aún, los segundos que seguirían a los de su última exhalación, los segundos de la libertad y del fin de la injusticia. Dentro, el dictador permanecía en la cama, boca arriba, con los ojos cerrados entre el sueño y la inconsciencia, y apenas se escuchaba su débil respiración, cargada de leves sibilancias. A un gesto de la cabeza del comandante, la enfermera apagó la máquina para escuchar mejor sus últimos minutos. El pitido de cada latido se había hecho innecesario. De pronto, el dictador aspiró el aire fuertemente y de seguido exhaló su último aliento. Su mujer levantó la vista y permaneció mirándolo en silencio. El comandante agachó la cabeza y se encaminó hacia la puerta.