CARNE DE MENDIGO


Me senté enfrente del bar, justo delante del ventanal por el que se veía una de las mesas. Extendí el paño y desdoblé el cartón en el que se leía “TENGO HAMBRE”. Me bajé el sombrero y me coloqué aquella mueca de pena que tenía tan bien ensayada. Me gustaba aquel sitio porque mientras esperaba a que fueran cayendo las monedas me entretenía mirando a la gente que se sentaba en aquella mesa y me imaginaba sus vidas, llenas de lujos, de grandes coches y enormes apartamentos con neveras repletas de alimentos.

Aquel tipo se sentó, levantó la mano mirando hacia la barra y, cuando llegó el camarero, le señaló un plato del menú y ambos cruzaron unas palabras. Las risas entre ellos les daban un aire de confianza que me impulsó a imaginar a un tipo que acudía mucho al bar a comer, por ejemplo porque su esposa era una mujer ocupada y se veía obligado a bajar al bar cuando libraba la cocinera, porque por supuesto en aquel enorme apartamento había una cocinera que libraba un día a la semana. El hombre, como quien sigue un procedimiento paso a paso, abrió su pequeño bolso de mano, sacó una servilleta, la desdobló y se la colocó sobre las rodillas. Después sacó otro paño y con él limpió los cubiertos, la parte superior del plato y la copa. A continuación dobló el paño de nuevo, lo guardó, cerró la cremallera de su bolso de mano y colocó las manos, con el puño cerrado, en el borde de la mesa con delicadeza.

Al rato llegó el camarero con una cerveza. Colocó la copa de cerveza en lugar de la que él había limpiado previamente. Su gesto fue un tanto contrariado, pero después miró la copa y dio un sorbo de la cerveza, volviendo a colocarla exactamente en el mismo lugar de la mesa. Poco después el camarero reapareció con una cesta de pan y un plato con un bistec con patatas. El hombre cabeceó en señal de agradecimiento y volvió a mirar el plato con el mismo recelo con el que había mirado la copa de cerveza. Finalmente, agarró el tenedor y el cuchillo y comenzó a cortar la carne.

Cuando se metió el primer trozo en la boca me entraron ganas de vomitar. Miré mi paño en el suelo, en el que solo había dos monedas, y decidí no seguir mirando comer a aquel hombre para no engañar a mi estómago haciéndole creer que aquella carne tendría un destino al que nunca llegaría realmente, pero por algún motivo no pude hacerlo y volví a mirarlo. El hombre cortó un trozo de carne, se lo llevó a la boca, lo masticó varias veces y después, sorprendentemente, sacó la servilleta que tenía sobre las piernas y se la llevó a la boca como si escupiera el trozo sobre ella, cerró el puño y colocó la servilleta, redondeándola como una bola, sobre la mesa. Sorprendido, pensé que lo que acababa de ver era imposible y que mi estómago, esperanzado, me engañaba con imágenes equivocadas. Pero después el hombre cortó otro trozo, lo masticó e hizo lo mismo, y otro trozo, y otro. Iba dejando la servilleta sobre la mesa, como si envolviera a aquella carne masticada y no tragada, y la pelota cada vez era mayor, hasta que por fin terminó el filete. Entonces agarró la pelota de tela que envolvía aquellos trozos de carne y agachando la mano la dejó caer, probablemente en alguna papelera que yo, desde mi sitio, no podía distinguir. Agarré mi cartón, mi paño y mis dos monedas y lo recogí todo rápidamente. Las monedas no me daban para un café pero de pronto recordé que el día anterior había logrado irme sin pagar y al meter la mano en el bolsillo de la chaqueta di con las monedas que faltaban. Entré en el bar en el momento en el que él pagaba el filete y se despedía del camarero. Tomé la mesa casi asaltándola, bruscamente. El camarero me miró con desaprobación, y yo le sonreí imitando el gesto de aquel tipo. Levanté la mano, dije “un café solo, por favor”, el camarero asintió y se fue a la barra. Me giré: a mi izquierda, en el suelo, estaba la bola de tela con los trozos de filete, no en un cubo, en una papelera o cualquier otro recipiente, sino sencillamente tirada en el suelo. Agarré la servilleta, miré a mi alrededor; nadie se había dado cuenta. Metí la mano entre las arrugas de la tela hasta tocar uno de los trozos de carne, que extraje y me metí en la boca corriendo. Poco a poco fui, disimuladamente, comiéndome todos los trozos de carne, hasta que terminé. Apenas tenían sabor, pero mi cuerpo no dejaba de agradecérmelos. Cuando acabé me tomé el café, aproveché un descuido del camarero y me marché sin pagar.

Me llevé la servilleta.

EL COLOMBICIDA


El patio estaba apestado de palomas. Esto era un hecho que los vecinos parecían eludir, pero muy evidente por sus inconfundibles y corrosivas huellas; había teñido de blanco los troncos de los árboles; ensuciaba una y otra vez las coladas vecinales; había salpicado el suelo de excrementos mezclados unos con otros de tal forma que el patio parecía una enorme alfombra de huevos fritos; pero, sobre todo, se escuchaba un constante arrullar que irritaba los ánimos. Por eso cuando empezaron a aparecer las palomas muertas ningún vecino pareció molestarse, antes bien se sintieron aliviados por haber encontrado, al fin, a alguien con la suficiente sangre fría como para decidirse a eliminarlas.

Todos los días el patio amanecía con una hilera de palomas muertas, colocadas en fila, como si el asesino las hubiera alineado al igual que se alinean los condenados ante el pelotón de fusilamiento. Nadie había visto nada, nadie había escuchado ningún ruido; en algún momento de la noche el asesino, furtivamente, las colocaba allí y se marchaba. Parecía imposible que en aquel patio al que daban las ventanas de seis portales con diez viviendas en cada uno, esto es, un total de sesenta viviendas, nadie hubiera visto nada. Cierto es que tampoco habían establecido turnos u organizado algún tipo de plan para atrapar al colombicida, puesto que todos los vecinos, en el fondo, simpatizaban con él.

Las palomas fueron desapareciendo, a razón de unas ocho o diez diarias, hasta que ese número comenzó a descender: cinco, cuatro, tres, dos, pues ya no había palomas suficientes para aniquilar. Un día solo apareció una paloma; al día siguiente, todo el vecindario se reunió escandalizado: en vez de palomas aquella mañana amanecieron los dos gatos color canela de Rosita, la vecina del portal 4, y el pequeño yorkshire de la solitaria mujer del 3 con la que nadie recordaba haber hablado nunca. La confusión fue grandísima; los vecinos gritaban y hacían aspavientos sin decidir qué acciones tomar y, al mismo tiempo, miraban a los demás buscando su culpabilidad. Finalmente decidieron establecer una vigilancia para atrapar al asesino. Alguien llevó café para los elegidos. Diez vecinos estuvieron toda la noche asomados a sus ventanas en espera del momento decisivo; diez vecinos de los cuales ocho cayeron profundamente dormidos, tras haber tomado café descafeinado mezclado con somníferos, al pie de la ventana, mientras que, de los dos que quedaban, el único que no había tomado café, insomne, era asesinado por el otro, quien lo colocaba en el centro del patio junto a un bull terrier de color blanco con una mancha oscura en el ojo derecho, un siamés, un periquito y el bebé de la vecina del portal 1, segundo B.

EL PUNTO ROJO (según una idea original de Pedro Díaz)


Un poco después de comenzar a producirse el fenómeno comenzó también el debate sobre su origen. Una parte de los ciudadanos conjeturaba sobre una trama gubernamental para establecer un control sobre la población; otra decía tratarse de una reacción circunstancial. Pero, puesto que el origen de los acontecimientos había sido provocado —como se concluyó tras la investigación— mucho antes, la tendencia mayoritaria fue creer en la fatalidad. Fue el investigador De Torres quien estableció el origen de aquella reacción química en el paso de la famosa vacuna triple vírica a la cuádruple al agregar a aquella, cuando fue descubierta, la protección contra el virus del sida. Finalmente se hicieron las pruebas en animales, como es costumbre desde tiempos remotos, y se comprobó que la reacción se producía, principalmente, al mezclarse el antígeno Marxs-B2 contra el virus del sida con la producción espontánea de oxitocina en grandes cantidades. Lo cierto es que una pequeña glándula, descubierta a partir de las primeras reacciones en adultos, situada en la frente, algo más arriba de la nariz, se inflamaba enormemente al producir oxitocina, y dicha inflamación enrojecía esa parte de la frente, lo que mostraba un redondo punto rojo. Esta reacción duraba aproximadamente veinticuatro horas, momento tras el cual volvía a su tamaño original, apenas perceptible con un microscopio de quinientos aumentos, y perdía el tono rojizo, quedando la frente completamente restablecida, sin señales ni signos que denotaran una presencia anterior.

Poco después, el descubrimiento de su origen dio lugar a las suposiciones, de tal modo que, puesto que cuando una persona había producido oxitocina en cantidades suficientes aparecía aquel punto rojo, cualquiera podía saber si alguien había producido esa hormona en las últimas veinticuatro horas con solo mirarle la frente. Puesto que la oxitocina es una hormona que se produce únicamente en un entorno sexual, podía deducirse fácilmente que cualquier persona con un punto rojo en la frente había tenido relaciones sexuales en las últimas veinticuatro horas, salvo las madres recientes, pues ellas llevaban ese punto rojo durante toda la lactancia, ya que el contacto del bebé con el pezón materno también desencadenaba la producción de esta hormona.

La consecuente reacción inicial de la población fue taparse la frente, puesto que de este modo se evitaban las bromas, las indagaciones, los celos, envidias, reprimendas, decepciones, ilusiones, petulancias, etc. Esto provocó una nueva moda de cintas, gorras, sombreros, pañuelos o diademas que escondían la evidencia a los demás, lo que generó una nueva parte íntima del cuerpo: el punto rojo, también conocido como “glándula de Rensel” o sencillamente “rensel”, nombre heredado del de su descubridor.

Las parejas tuvieron que inventar nuevas formas de infidelidad, de tal modo que para poder tener relaciones sexuales con sus amantes tuvieron que mantener, en el mismo día, esas mismas relaciones con sus esposos, lo que primero provocó una lluvia de apasionados orgasmos matinales, seguida de una segunda lluvia de orgasmos nocturnos, entre las que se intercalaba el orgasmo más buscado, el orgasmo infiel, el orgasmo prohibido.  Los esposos celosos, para evitar esta actitud de insaciable deseo sexual, por otra parte tan sospechosa, comenzaron a castigar a sus esposas con la abstinencia, lo que hacía que ellas a su vez se vieran obligadas a castigar a sus amantes y ellos a su vez, al perder la necesidad de justificarse, castigaran a las suyas, lo que provocó una segunda ola de sequía sexual tan atroz que en las ciudades se formó un enorme silencio de suspiros y gritos de placer, únicamente interrumpido por el llanto de los amantes desesperados. Un grupo de célibes miembros de una comunidad religiosa comenzó a quitarse el sombrero, no precisamente para expresar admiración, ni por elegancia, ni siquiera por reverencia divina, sino para demostrar su inflexible respeto a las reglas de su comunidad. A continuación todos los que no tenían punto rojo en su frente comenzaron a despojarse de la prenda, de modo que esta dejó de tener sentido, puesto que era lo mismo taparse que descubrirse, dado que las personas tapadas eran, supuestamente, quienes tenían el “rensel” en su frente. Sin embargo, esto no era realmente así, pues había personas que se dejaban puesta la prenda para aparentar tener ese punto rojo, sin tenerlo realmente, para evitar la burla, el bochorno, el rechazo, la soledad. Esto empujó a los que sí lo tenían a descubrirlo, ante la indignación popular, pues aquel punto rojo se había convertido, con el tiempo, en algo tan pudoroso como un pecho de mujer o un pene masculino.

Fue el propio De Torres quien abrió una clínica en la que se extirpaba, sin dejar marcas, la glándula de sus pacientes, cuya utilidad nunca llegó a establecerse, acabando finalmente con el problema, no sin ciertos conflictos, tanto con las autoridades como con las parejas: el divorcio aumentó ese año en un ciento sesenta por ciento.

Esta mañana se ha comunicado la desaparición definitiva del virus del sida en el mundo. A partir de mañana no será necesario vacunar a los niños con la cuádruple vírica, por lo que se volverá a inyectar la triple. Eso erradicará, en consecuencia, el famoso punto rojo del planeta.

Aún hay personas que tienen el punto rojo en su frente; por discreción y respeto a los demás se lo tapan con una bonita cinta de color o un gorro. En el verano lo sustituyen por lindos abalorios y joyas que se adhieren fácilmente a la frente y resisten la humedad y el calor. Cuando pasan por la calle todo el mundo las mira.

Madeleine se mira al espejo y sonríe. Entre las prostitutas es todo un símbolo de calidad.

De Torres fue asesinado ayer en la puerta de su clínica de un tiro en la frente. Irónicamente, la marca del disparo en la frente del cadáver no era otra cosa que un punto rojo.

EL MOTOR DE DOS TIEMPOS


Entramos en tu casa. Íbamos envueltos en una ansiedad que nos apartaba las paredes, los muebles, las puertas, las esquinas. Caminábamos sin luces entre obstáculos que nos importaban una mierda mientras nos íbamos quitando la ropa como si apartáramos las plantas de una poblada selva a golpe de machete. Te tapé la boca, no sé por qué, quizá estabas haciendo demasiado ruido, y como a una muñequita te agarré bajo la cintura y te levanté mientras entre susurros te preguntaba: “¿hacia dónde?”. Tú señalaste con la mano una puerta que había detrás de ti, a la derecha, apenas un hueco algo más oscuro que el resto de la habitación. Me dirigí hacia allí contigo en brazos; quité la mano de tu boca y puse la mía, sintiendo tu lengua tan húmeda, tan inmensamente húmeda, que me sobrevino una fuerza descomunal y, llevándote aún en brazos, me permití sujetarte apenas con una sola mano mientras con la otra me iba bajando los pantalones y con el pie empujaba la puerta hasta sentirla abierta, entraba en la habitación y te dejaba caer sobre la cama. Cuando caíste quise adivinarte entre sombras, tan suave, tan curva, tan sensual, que por un momento creí que mi erección llegaría hasta el piso de arriba e imaginé mi pene golpeando el techo. Entonces, justo cuando me echaba sobre ti, lo hiciste. Dijiste: “espera, espera” y paraste todo ese motor que habíamos puesto en marcha los dos, pero que por algún motivo que desconozco tú podías parar sin esfuerzo mientras que yo apenas podía controlarlo lo suficiente como para detenerme un instante y seguir, y tú “espera, espera”, dale con la palabrita, y “¿qué pasa?”, te pregunté mientras te besaba el cuello, bajaba por tu escote y descubría que no te habías quitado ni siquiera la camisa, que lo que yo creía que era un turborreactor se había convertido de pronto en el renqueante motorcillo de una cortacésped, y tú “¿no vamos un poco deprisa?”, como hubiese una velocidad correcta, y yo escuchaba tus palabras como se escuchan las pedorretas del motor de la cortacésped detenida en medio de un enorme campo de hierba, y “no pares ahora”, te dije, “por favor”, te supliqué, pero tú te sentaste en la cama y en ese momento supe que no iba a suceder. Te levantaste —yo, impulsado por tu propio impulso, me levanté también—, fuiste hasta la puerta, encendiste la luz; allí, de pie, con los pantalones en los tobillos, me sentí un poco ridículo. Tú volviste a la cama y te sentaste en ángulo recto, lo que indicaba que estaba a punto de comenzar una conversación filosófica en la que no tenía ganas de participar. Me subí los pantalones, te dije “espera un momento, ahora vuelvo”, salí de la habitación, fui atrapando por el camino hacia la puerta de la calle todo lo que me había ido quitando al entrar, abrí la puerta, salí, me vestí con furia, cerré y me senté en el suelo, a la puerta de tu casa, para masturbarme. Compréndelo, necesitaba masturbarme y de pronto me pareció que dejar aquella mancha en tu felpudo era mi digna venganza.

Afortunadamente no pasó ningún vecino.

LA DISYUNTIVA

Flint se cayó al suelo de bruces. Íbamos andando los cuatro, a paso más o menos ligero, sin llegar a correr; teníamos prisa porque Jacinto se había dejado, supuestamente, la llave del gas abierta y eso le angustiaba hasta tal punto que sin darnos cuenta nos había envuelto en su propia preocupación. Cuando Flint cayó todos nos quedamos mirándolo paralizados por la sorpresa. Por fin Sara reaccionó y se echó hacia él para ayudarlo a levantarse. Jacinto y yo nos miramos y a continuación miramos a Sara; Flint no se movía. De pronto apareció un charquito de sangre bajo su boca. Sara nos miró con cara de pánico y el gesto fue contagioso porque tanto todos nosotros como la gente que se estaba parando a nuestro alrededor teníamos la misma cara. Sara salió corriendo hacia la calle, como buscando una ambulancia entre los coches que pasaban; Jacinto se acercó a Flint y le puso la mano en el cuello para tomarle el pulso, que no lograba encontrar. Yo miré a mi alrededor y me di cuenta de que los ocasionales espectadores me estaban mirando como si hubiese llegado mi turno de actuación, de modo que busqué en mi bolsillo, saqué el teléfono y marqué el número de emergencias. Aún no habían descolgado cuando por fin Flint comenzó a moverse. Jacinto gritó llamando a Sara mientras él se incorporaba y escupía sangre frotándose la mandíbula. Escupió, entre la sangre, unas cuantas blasfemias y finalmente se levantó. Jacinto parecía preocupado por él pero no paraba de mirar hacia delante, como si repasara mentalmente el camino hacia su llave del gas abierta. Sara hizo un chiste y reímos un poco. El público fortuito se diluyó y yo, para no comprometer a Jacinto, dije: “vamos, continuemos, que Jacinto está preocupado”. Echamos a andar de nuevo, algo más despacio. Jacinto iba caminando como caminan los perros cuando acaban de salir a la calle, tirando de la correa, mirando hacia atrás a la busca de una complicidad que no hallaba porque Flint no estaba bien, había palidecido y caminaba alicaído, con los hombros apuntando hacia el suelo, y Sara lo agarraba del brazo preocupada, de modo que poco a poco se estaban deteniendo. Yo dije: “venga, que ya casi estamos” y en ese momento sonó una fuerte explosión. “¡Mierda, mierda, mierda, mierda!”, gritó Jacinto y salió corriendo. Le seguimos más despacio. Cuando llegamos al portal había un enorme agujero en la fachada de su casa y el caos reinaba en la calle. Yo no sabía adónde mirar, porque en ese momento Flint perdió el conocimiento y cayó al suelo sin que el impotente brazo de Sara pudiera impedirlo.

CANCIÓN DE CUNA PARA SUEÑOS CORTADOS


Después de una temporada envuelto en tremendas pesadillas, el día en que se despertó antes de que su pesadilla alcanzase ese momento en el que el sobresalto nos salva de morir de terror se sintió mucho mejor. Desde ese día todos sus sueños se cortaban justo a la mitad. Le pareció una buena solución a sus problemas y no le dio importancia, pero más adelante comenzó a sentir curiosidad por saber lo que no estaba soñando. Entonces comenzó a tomar píldoras para dormir con la esperanza de continuar soñando aun a riesgo de que el final fuese, como había sido en los últimos meses, otra pesadilla. Pero fue en vano, siguió despertándose a la mitad de cada sueño. Cada vez le costaba más volverse a dormir; intentaba retomar el sueño por donde lo había dejado al despertar, repasaba todo lo que recordaba para que el sueño volviera a entrar espontáneamente en su cabeza, una y otra vez, pero era imposible, no ocurría nada. Y fue aumentando la dosis de pastillas hasta que un día por fin logró dormirse completamente.

En la callejuela varias mujeres conversaban apoyadas junto a la puerta de un bar. Por sus enormes pechos sobresaliendo de sus grandes escotes se imaginó que eran prostitutas. Entró en ese bar, pidió un whisky con hielo y se sentó en la barra. Era el único cliente allí. Una de las mujeres que había visto en la puerta entró, se sentó junto a él, pidió una copa, lo miró sonriente y le dijo: “¿me invitas?”. Él asintió con la cabeza. La mujer se tomó la copa de un trago y pidió otra. Él la miraba. Ella acercó su mano al cuello y le pasó el dedo por la nuca. “¿Cuánto?”, dijo él. “Qué importa el dinero, chato, estoy segura de que podrás pagarlo”, dijo, y le agarró de la mano tirando de él hacia dentro del bar, metiéndose por una puerta que daba a un pasillo con unas escaleras que al subir llevaban a otro pasillo lleno de puertas. Pasó delante de dos o tres habitaciones abiertas; en una de ellas, una mujer que se ajustaba las medias sentada en la cama lo miró y le tiró un beso. Siguieron hasta casi el final del pasillo para entrar, finalmente, en una de las últimas alcobas; nada más entrar, la mujer se abrió la camisa y de ella surgieron unos enormes pechos. Se acercó a él y metió su cabeza entre ellos. “Ven aquí, mi pequeñín, mamita te canta una nana para que duermas y ya no despiertes más... La, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la...”.

EL HOMBRE DEL LADRILLO


Andando por la calle, como cualquier otro, entre mujeres que iban a hacer la compra semanal, adolescentes que se empujaban unos contra otros, hombres serios trajeados siempre con prisa hacia alguna parte, parejas de la mano o jóvenes desaliñados paseando al perro, caminaba el hombre del ladrillo. Era un hombre de unos cuarenta años, de pelo grasiento, algo sobrado de carnes, con un enorme vientre; su rostro, redondo, dejaba caer una leve papada sobre la que crecía la barba apenas afeitada hacía algunos días. Llevaba un pantalón de peto de algodón, vaquero, con una camisa de color verde que desentonaba con el conjunto, pues se veía claramente que era de calidad; probablemente la había comprado para asistir a algún acto importante, una boda o un bautizo, y tras verla apolillarse en el armario por la falta de uso había decidido utilizarla para sus quehaceres habituales como si de una camisa sencilla se tratase. Los pantalones terminaban bastante antes que su cuerpo, es decir, le quedaban pesqueros. Al andar, con aquellas botas de trabajo de suela gruesa de goma, el borde de sus pantalones bailaba de un lado a otro sin encontrar oposición, como si flotara sobre los pies. Su paso era firme y decidido. En la mano derecha, agarrado por un lateral, llevaba un ladrillo. Era un ladrillo corriente, arcilloso, perforado con tres filas de redondos agujeros; había metido uno de los dedos en el primer agujero de la fila central y así era como lo llevaba sujeto.

No sabría explicar por qué decidí caminar tras él; de pronto me entró la curiosidad de saber adónde iría un hombre con un ladrillo en la mano, de modo que comencé a caminar detrás de él disimuladamente, aunque el hombre en ningún momento hizo ademán de haberse dado cuenta, ni siquiera giró la cabeza una sola vez. El hombre continuó caminando por la avenida hasta llegar a una pequeña calle por la que giró a la derecha. La calle estaba en cuesta; casi a la mitad de esa cuesta se abría otra pequeña calle, también a la derecha, por la que se metió, obligándome a apretar un poco el paso para no perderlo. Al girar la calle no había nadie. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra. Eché a andar igualmente, buscando el sonido de una puerta cerrarse para encontrar el portal por el que había entrado, pero no se oía absolutamente nada. Había un enorme silencio allí sobre el que solo se escuchaban mis pasos golpear la acera. Había caminado un tramo cuando vi un entrante, como si una nueva calle se abriera a la izquierda, y decidí acercarme. No se trataba de una calle, ni siquiera de un callejón, sino de un entrante hecho en el edificio por un mirado arquitecto que quiso idear un lugar en el que tender la ropa con discreción, evitando deslucir la calle, lo que por otra parte había sido prohibido hacía tiempo en un bando del Ayuntamiento. Cuando me asomé ahí estaba el hombre, apoyado en la pared, con el ladrillo en la mano, mirándome. Me asusté, pues no esperaba ese encuentro, y di un paso hacia atrás. El hombre me miraba sin cambiar su gesto adusto ni siquiera hasta comprobar que solo se trataba de un pobre curioso, conque tuve que esforzarme para pronunciar algún tipo de excusa que suavizara de algún modo aquella mirada. “Perdone que le haya seguido; únicamente me intrigaba, quiero decir que me había llamado la atención, no sé, me sentí empujado a seguirle para preguntarle, pero le juro que no hay nada malo detrás, no tengo intención de hacerle nada, pero es que... ¿Por qué lleva usted un ladrillo en la mano?”.

Sin mediar una sola palabra, el hombre alzó la mano y golpeó fuertemente mi cabeza con el ladrillo. Caí al suelo, dolorido, sin apenas voluntad para huir; entonces el hombre, aún más enfurecido, comenzó a golpearme una y otra vez con aquel ladrillo en la cabeza. Desde mi posición podía ver saltar trozos de ladrillo por los aires, reventando en pedacitos que volaban a mi alrededor, y pude escuchar el crujir de mi cráneo también reventado, sentir el calor de la sangre brotar de mi cabeza para derramarse por el suelo, mezclándose con el polvo de arcilla desprendido del ladrillo, formando un enorme charco de barro enrojecido.

El hombre se giró y echó a andar. Lo vi alejarse, apenas un momento antes de perder el conocimiento, y me fijé en su mano, en la que ya no llevaba nada.

LA (INVENTADA) LEYENDA DE LAS ESTRELLAS FUGACES

Cuentan que hace muchos muchos años no existía la noche, pues Lampsé, diosa de la luz, lo iluminaba todo con sus estrellas. Pero un buen día Lampsé tuvo un precioso bebé, al que llamó Ocaso. Ocaso crecía sano y feliz, pero era hijo único y se aburría, de modo que constantemente reclamaba las atenciones de su madre. Esta, cansada de interrumpir sus labores habituales, un día le prestó una estrella para que jugara. El niño la agarró, la miró y a continuación la tiró hacia su madre; la estrella dejó un rastro de luz y finalmente se apagó. Entonces Lampsé le dio otra estrella y el niño repitió el juego de nuevo.

Un día Lampsé, creyendo que no la tiraría, le dio la estrella más grande que tenía: el Sol. Pero Ocaso la tiró igualmente, incluso más lejos que las otras, de modo que se perdió en el horizonte. Lampsé tuvo que ir a buscar el sol, dejando al mundo sumido en una terrible oscuridad. Cuando lo encontró por fin, lo ató con un hilo invisible para que, si su hijo volvía a tirarlo, solo tirando del hilo volviera el sol a salir de nuevo. Desde entonces el sol sale y se pone todos los días.

Dicen que en los días de verano Ocaso está más inquieto y aburrido y Lampsé le da muchas estrellas pequeñas para entretenerlo. Y por eso hay lluvias de estrellas en algunas noches de verano.

EL VAMPIRO DESDENTADO


Ocurrió, como ocurre tan habitualmente en este mundo, que a Zahn Versteck, el vampiro de Hildesteim, le sobrevino una terrible gingivitis. Poco a poco los dientes se le fueron cayendo, y no habría supuesto un problema demasiado grande, salvo por el desembolso económico que origina la visita al dentista, si no se hubiese tratado de un vampiro, de modo que, cuando cayeron sus afilados colmillos, no tuvo valor de pedir a su dentista un implante de colmillos largos y afilados aunque, en los tiempos en que esto sucedió, existía entre los jóvenes la moda, provocada por la publicación de un best seller sobre vampiros enamorados, de colocarse unas fundas especiales. De todos modos, nadie habría podido afilar sus colmillos lo suficiente para hacerlos útiles a sus propósitos, que no eran otros que uno solo: comer. Y además, nunca habrían sido retráctiles, lo que le habría impedido seducir al tipo de mujer que adoraba, dejándole solo libres para sus antojos a muchachas que ya eran víctimas de la moda vampírica, mujeres vestidas de negro con grandes ojeras oscurecidas y pintalabios amoratados.

Zahn Versteck anduvo varios días ayunando contra su voluntad hasta que tuvo la idea que lo salvó. Aun así, tuvo que vagar más de un mes, mientras perfeccionaba su nuevo instrumento, cortando los cuellos con su navajita, lo que le desagradaba enormemente, pues era una carnicería y, por más cuidado que ponía, la sangre se precipitaba a más velocidad de la que le proporcionaba su antaño inconfundible mordisco. Además, por algún motivo no se producía el contagio, lo que le resultaba terriblemente molesto, pues no le confería a su ataque un lado positivo, ya que la víctima moría sin más y desaparecía para siempre.

Por fin llegó el día de la prueba. Todo estaba a punto. Zahn Versteck entró en el bar; miró a su alrededor y descubrió a una mujer preciosa en una mesa junto a la puerta que charlaba animadamente con dos amigas. Al pasar por delante de ella sonrió, con esa sonrisa que él conocía tan bien y había practicado tantas veces, esa sonrisa que atrapaba a las mujeres. Fue a la barra y pidió, a modo de inspiración, una copa de vino tinto. La mujer no tardó en levantarse y pasar de nuevo delante de él, de camino a los lavabos. Esta vez los dos se sonrieron y él supo que ella ya no volvería a sentarse en la mesa.

Una palabra siguió a otra; un dedo tocó a otro; una sonrisa se encadenó a la siguiente; un gesto anidó en otro gesto. Cuando salieron del bar ya iban agarrados de la cintura. Ella se dejó acompañar a casa, lo invitó a pasar, a sentarse, a tomar un trago. El licor le dio la calma que ya estaba necesitando, pero aun embriagado por sus vapores no podía evitar una cierta náusea que le producía la ansiedad de saber que le quedaba ya muy poco tiempo para probar, por fin, su invento.

Se acercó a besarla; mientras, de su mano izquierda surgieron, como por arte de magia, dos dedos tapados con sendos dedales que él se había cuidado muy bien de esconder y, con la otra mano, los extrajo suavemente de sus dedos, mostrando unas uñas enormemente afiladas como agujas, acabadas en una punta tan fina, limadas con tanto escrúpulo, que bien parecía una perfecta obra de artesanía. La tensión de ver el momento acercarse curvó sus dedos como garras de un águila a punto de caer sobre su presa.

En muchas ocasiones había esperado a satisfacer esas otras necesidades, las puramente sexuales, antes de dar su golpe de gracia, su mordisco letal; aquel día la impaciencia no le permitía soportar la espera, de modo que tras el primer beso, disimuladamente, fue desviándose hacia su cuello, besándola tiernamente, al tiempo que colocaba sus dedos como se coloca el banderillero delante del toro, erguido, con los brazos en alto, para asestar, finalmente, su golpe certero clavando las dos uñas en su cuello. Ella abrió los ojos con inevitable gesto de terror, pero a continuación se sintió desfallecer, invadida por una languidez apacible que la debilitaba dulcemente, mientras Zahn absorbía con ansiedad su codiciado brebaje, feliz, extasiado, incansable hasta agotarla. Parecía un juguete que se iba desinflando lentamente, dejándose caer, inerte, contra el respaldo, con la cabeza hacia atrás, los brazos caídos, los pies arrugados como se arrugan los pies de los inválidos. Cuando acabó se dio cuenta de que le dolían los labios y sonrió con gesto pícaro. Ella yacía en la silla, aparentemente muerta. Entonces él se sentó frente a ella y esperó. Pasaron dos, tres, quizá cuatro horas, sin que ella hiciese el menor movimiento. Zahn comenzaba a dudar de que su nueva forma de ataque tuviese efecto para contagiar a sus víctimas cuando, de golpe, ella abrió los ojos.

Zahn se levantó y salió de allí sin esperar a que ella despertase del todo. Ni siquiera reparó en la mirada enamorada que ella le regaló desde la ventana al verlo alejarse. Estaba muy ocupado mirándose las uñas con gesto triunfante.

EL PIANO


Un extraño ruido la despertó. Parecían golpes, pero eran golpes musicales, es decir, al mismo tiempo que el estruendo característico del golpe sonaban notas que vibraban en el aire durante diez o veinte segundos. La calma que siempre había en el patio al que asomaba su dormitorio había sido interrumpida por aquel ruido tan sorprendente, de modo que se levantó de la cama y fue a asomarse. En el edificio de enfrente se veía el movimiento característico de una mudanza: gente que cuando subía pasaba por las ventanas de la escalera con todo tipo de enseres y al poco bajaba con las manos vacías. Arriba, llegando ya casi al penúltimo piso, pudo ver el origen del ruido: alguien estaba subiendo un piano sin tener ningún cuidado.

Carolina salió disparada escaleras abajo y cruzó el patio como si el piano fuera suyo. Al llegar arriba encontró a los dos empleados de la casa de mudanzas, sudorosos y hastiados, empujando el piano con una brusquedad que casi parecía odio. Rápidamente comenzó a dirigir sus movimientos con gritos y órdenes; los empleados, aun sin conocerla de nada, la obedecían, pues el tono de su voz hacía pensar en ella como propietaria del instrumento. Cuando por fin entraron en la casa y lograron colocar el piano donde ella les indicó, respondiendo a un categórico “¡Fuera!” de ella huyeron por las escaleras.

Durante casi media hora, sentada en una caja de cartón, Carolina tocó. Todo el vecindario se dejó envolver por la música. Hubo un instante en el que la vida parecía haberse paralizado en espera de un movimiento final. Después, la dueña de la casa llegó, encontró a los empleados fumando en el portal, les gritó y, alertada por sus explicaciones, subió a averiguar qué estaba sucediendo. Carolina oyó las voces acercarse por las escaleras y comenzó a tocar más fuerte, pero las voces iban aumentando de volumen y por más fuerte que ella tocara comprendió que estaban a punto de aparecer por la puerta. Justo cuando subían el último tramo de escaleras, el último peldaño, casi asomando uno de los pies de la dueña por la entrada, Carolina tuvo una inspiración, dio un salto hasta la puerta y se la cerró de golpe en las narices.

Aún tocó media hora más hasta que la policía, ayudada por un cerrajero, logró entrar en la casa y sacarla de allí para llevársela detenida. “En su comisaría no hay piano, ¿verdad?”, les preguntó Carolina riendo.