EL CASTILLO

Se despidió de su familia y desapareció en su dormitorio. Impaciente, estaba tan nervioso que se cambió de ropa muy lentamente. Se metió en la cama y al apagar la luz cerró los ojos un momento, sabiendo que no iba a dormirse. Al rato los abrió y pudo comprobar que la tenue luz que pasaba tras las cortinas le permitía distinguir cada rincón de la habitación. Entonces esperó, sin pensar en nada. Solo esperar.

Dos horas después escuchó las voces de sus padres recorriendo el camino hacia el final del día, primero en el baño, donde sonó el motor de los cepillos dentales, después en la cocina, donde escuchó el deglutir del nocturno vaso de agua; nuevamente en el baño, donde la cisterna remató el chorrear de la última micción. Finalmente, el dormitorio cerró su puerta y se hizo el silencio. Aún un rato más, el rato justo para asegurarse de que sus padres se habían, por fin, quedado dormidos.

Miró el reloj: eran casi las 3 de la mañana. Quizá se había dormido un momento, pensó, pero ya seguro de que la noche se había tragado la casa entera, se levantó muy despacio y metió la mano bajo la cama. Ahí estaba. Arrodillado en el suelo, alcanzó la caja y la empujó hacia fuera con cuidado. Después abrió el cajón de la cómoda y buscó a tientas, en la parte de atrás, hasta dar con la mecha y el encendedor. Abrió el balcón y la luna llenó la habitación de tenues tonos azulados. A la derecha, en la pared del patio comunitario, pasaba de largo hacia el tejado la escalera de incendios. Buscó su mochila, alzó la caja con cuidado, aguantando el peso, y la metió dentro. Antes de cerrarla, añadió, en uno de los pequeños bolsillos, la mecha y el encendedor. Cerró todo y, sentado en el suelo, acercó la mochila hasta colocársela a la espalda. Después se giró hasta estar de rodillas y apoyándose en la cama logró ponerse de pie. La mochila pesaba más de lo que su infantil cuerpecillo era capaz de aguantar sin esfuerzo, pero su deseo de vivir aquella experiencia lo llenaba de energía, de modo que salió al balcón, se agarró a la barra de la escalera y comenzó a subir hasta el tejado. Al llegar arriba comprendió que no podría caminar erguido sobre el tejado y decidió continuar arrastrándose. Afortunadamente las tejas ya no estaban sueltas como antes, sino fuertemente sujetas, lo que le permitía, además de arrastrarse sobre ellas, poder agarrarse y evitar resbalar hacia abajo. Avanzó por el tejado hasta llegar a lo más alto, donde encontró un hueco entre dos de las chimeneas para girarse hasta sentarse. Se desprendió de la mochila y la abrió, extrayendo la caja, que colocó sobre una de las chimeneas. Era el lugar perfecto. Tiró de la mecha hacia fuera y buscó un camino para escapar hasta el otro lado del tejado; si corría junto a las chimeneas podía llegar muy rápidamente, pues la última fila de tejas era doble, lo que hacía que el suelo no quedase tan inclinado. No sin cierto miedo probó el camino y vio que era posible. Abrió el bolsillo pequeño de la mochila y sacó la mecha y el encendedor. Prendió la mecha, soplándola después fuertemente, hasta que en el extremo encendido se hizo una bola anaranjada de la que, cuando paraba de soplar, salía un humo gris con fuerte olor a quemado. Entonces se levantó, colgándose la mochila vacía, miró hacia atrás, volviendo a recorrer mentalmente el tejado hasta el lado contrario, se acercó a la caja, acercó la mecha encendida a la que había sacado hacia fuera de la caja, esperó un poco, se asustó cuando la chispa saltó y comenzó a recorrer la mecha de la caja, salió corriendo, más rápido de lo que había imaginado en su prueba, hasta llegar al otro extremo del tejado, se sentó bajo la última chimenea, ladeando un poco la cabeza para ver mejor, y entonces se produjo el milagro.

Los cohetes comenzaron a salir de uno en uno; la fuerza que los lanzaba hacia el cielo producía un sonido intimidante. Cada uno de aquellos cohetes subió, elevándose hasta lo más alto, donde estalló con un penetrante tronar y una lluvia de chispas de color se expandió por el cielo formando preciosas y espléndidas palmeras. El chico permaneció sentado, con la boca abierta, emocionado y sorprendido, contemplando aquella maravilla. Muchas veces había imaginado aquel momento, pero su esforzada imaginación nunca había llegado a alcanzar tan grandiosa belleza.

Un poco más abajo, en las casas vecinas, los habitantes se asomaban extrañados y contemplaban el espectáculo sin saber por dónde venía. Sus padres también se despertaron, pero no quisieron entrar a decir nada al niño por no interrumpir su descanso. El castillo duró apenas unos segundos, pero fueron los mejores segundos de su vida. Después, extasiado, fatigado, vencido, se quedó dormido allí mismo y solo despertó al amanecer, cuando el renacer del día y el sol asomando sobre la línea desnuda del horizonte le trajeron, como un regalo, una nueva imagen para adornar sus mejores recuerdos.

MITAD Y MITAD

El viento mecía las hojas de los árboles suavemente: primero a la izquierda, luego a la derecha, izquierda, derecha, provocando un sonido arrullador. El sol aún brillante alimentaba con su luz aquellas hojas sedientas de fotosíntesis. El aire fresco y el cielo despejado avivaban los colores.

Bajo aquella enorme calma, ajenos a la brisa, pasaban, efervescentes, montones de coches y personajes que iban y venían con prisa, resonando ajenos al arrullar del viento: rugientes motores, cláxones, gritos, golpes, saludos y despedidas, alarmas, melodías polifónicas, timbres, conversaciones, silbidos, portazos, sirenas, discusiones, frenazos, ladridos, canciones; como si dos universos paralelos, el de la armonía y el de la agitación, se hubiesen encontrado, por azar, en el mismo lugar, negándose a reconocerse.

EL SABIO IMPOTENTE

Cuentan de un sabio que iba caminando por un sendero hacia la Gran Biblioteca del Mundo, donde todos los conocimientos tenían lugar. El sendero era irregular y estaba lleno de baches y piedras de tal forma allí dispuestas que el sabio constantemente tropezaba con alguna de ellas. Y ocurría que el sabio tropezaba, caía y se levantaba, pero volvía a tropezar, volvía a caer y volvía a levantarse; y así, tropezando, cayendo y levantándose, transcurrió gran parte del camino. Al fin, un día el sabio reflexionó hasta alcanzar una conclusión irrefutable: si al caer se levantaba siempre podría volver a caer, pero no así sucedería si no llegara a levantarse. Entonces tomó la determinación de permanecer en el suelo. De este modo no tendría que volver a caerse y solo tendría que habituarse a caminar arrastrándose por el sendero.

Y así lo hizo. El sabio avanzó, desde esta nueva perspectiva, por una buena parte del sendero, lógicamente, sin caerse. De este modo la propia experiencia le daba la razón. Pero un buen día sus ropas, a consecuencia del roce, terminaron por rasgarse y el sabio, al arrastrarse por el camino, ya no necesitó caerse para sentir el mismo dolor que antaño, en sus caídas pasadas, pues las piedras le raían la piel y se la llenaban de arañazos y, al continuar arrastrándose, su cuerpo no encontraba un respiro para curarse, antes bien sus heridas se hacían cada vez más y más profundas.

El sabio paró para reflexionar de nuevo. Entonces comprendió que, si observaba con calma el camino, podría ver las piedras antes de tropezarse con ellas y, apartándolas, continuaría su recorrido sin caerse. Y así lo hizo.

Aquel constante examen de la superficie por la que caminaba y ese otro constante detenerse a apartar las piedras le hacía avanzar tan despacio que el sabio comenzó a desesperar. Hizo una parada para reflexionar de nuevo y entonces se dio cuenta de que su exhaustiva exploración le había servido para reconocer las piedras nada más verlas y, en lugar de retirarlas del camino, reparó en que podía saltarlas sin encontrarse con ellas.

Y finalmente el sabio, saltando las piedras del camino, llegó hasta la Gran Biblioteca del Mundo, en Alejandría, justo un día después del gran incendio.

Y el sabio ya solo pudo dedicarse a analizar lo ocurrido y llegar a la conclusión de que quizá, y solo quizá, si hubiese continuado su camino como al principio, tropezando, cayendo y levantándose, habría logrado llegar antes a su destino y de que la prudencia solo sirve para perder el tiempo. Pero quizá entonces habría perecido bajo el fuego.

EL REINO BIPOLAR

La mujer torero pelaba patatas cuando un ruido la sacó de su aletargada tarea. Se acercó a la ventana, sin soltar el cuchillo, y se encaramó un poco para ver mejor. Por la colina, apurado y sudoroso, subía a grandes zancadas el hombre bala. Sonrió tiernamente. En el jardín, el hombre rana regaba las plantas mientras, con sus tijeras de podar, se entretenía en recortar las ramas con primor, como si de ella misma se tratase, la mujer barbuda. Junto a ellos, el hombre elefante y la mujer florero preparaban las mesas para comer. A la entrada, el hombre invisible pasaba el rastrillo por el césped retirando las hojas secas, las colillas, los papeles y otras inmundicias. En el salón la mujer fatal preparaba los cócteles para el aperitivo y el hombre lobo charlaba animadamente con la mujer vampiro. Había un innegable flirteo entre ellos.

Un poco más tarde, tan solo unos minutos, el hombre araña y la mujer pública regresaron, tras hacer algunas compras de última hora. En ese momento, como si hubiese estado esperándolas, el hombre objeto se acercó a la barbacoa y encendió el fuego.

El hombre mosca llegó hasta el equipo de música y encendió el aparato. Sonaba una canción de Hombres G ; tendió su mano hacia la mujer pantera y bailaron.

Comieron y bebieron. Rieron y bailaron. Era un precioso día de verano.

EL ESPÍRITU DÍSCOLO DE PITÁGORAS

Los frailes caminaban cabizbajos, en señal de humildad, por la acera del polideportivo. Para no levantar la vista perdían el tiempo contemplando los dedos gordos de sus pies, asomando alternativamente a cada paso por debajo de su hábito, ensartados en aquellas sandalias de cuero viejo. Dios, o algún otro personaje inspirado y perspicaz, colocó allí a aquella prostituta de enorme escote y minúscula falda para demostrar que solo uno de los ojos estaba pendiente de la humildad en la sandalia, mientras el otro, disimuladamente, por su rabillo, controlaba lo que había a su alrededor, de tal modo que, justo un par de metros antes de llegar hasta ella, los frailes, sin levantar la vista aparentemente de sus castigados pies ni siquiera para comprobar el tráfico en la calle, cruzaron en diagonal hasta la acera de enfrente y, nada más alcanzarla, volvieron a cruzar de nuevo, para retomar la acera dos metros después de la mujer, proyectando en su recorrido un imaginario triángulo rectángulo perfecto cuyo vértice en ángulo recto se encontraba en la acera de enfrente y, trazando la mediatriz hasta el otro lado de la acera, cortando en dos partes iguales la hipotenusa, la línea imaginaria acababa entre las piernas de la prostituta. Pero qué digo Dios, sin duda aquella broma fue obra de Pitágoras.

LA ACTITUD INEVITABLE

Bajo el cálido sol de la sabana, la jirafa me miró por encima del hombro.

EL ÚLTIMO DESEO

La vi pasar. Agazapado tras la esquina, observé sus curvas contoneándose, penduleando, hipnotizando las miradas; me perdí en su manera de echar hacia atrás los hombros, mostrando su escote como se muestra lo más importante en un escaparate, centrado, levantado y lleno de luz, cuyo movimiento al mismo tiempo empujaba hacia atrás también su lindo culito, como si su cuerpo fuera una “S” que se arquea para resaltar todas las partes que despiertan el sexo, por delante y por detrás, miradme, no importa quién me mire ni desde dónde lo haga porque soy toda sexo, toda para vosotros, miradme, imaginadme siendo toda vuestra, soñad conmigo, desnudadme, tocadme, poseedme en sueños, en vuestros sueños calientes y apasionados. Eso iba diciendo. Y yo apenas entiendo por qué tiene que ir así por la calle, por qué tiene que ir pidiendo a gritos que la miren y la deseen si solo me quiere a mí, si solo yo soy quien tiene que desearla y a mí me basta con llegar a casa y desnudarla y comprobar que están ahí todas sus curvas y sus eses, solo para mí, solo para mi deseo. Así que estaba allí escondido, mirándola, intentando entenderla, observando a todos los hombres que la iban mirando y sonreían con deseo, poseyéndola en sueños, imaginándola desnuda como ella quería, y, sinceramente, me estaba poniendo enfermo. Noté como me subía el calor a las mejillas, como mi corazón latía con fuerza empujando la sangre hacia mi cara y aún más lejos hasta llegar a mi cerebro, como se me calentaba la cara al tiempo que me empezaban a llegar hirvientes ideas llenas de violencia. Un hombre le murmuró algo al pasar y ella sonrió orgullosa. Maldita zorra. Apenas me atrevía a moverme de allí porque sabía que al salir de mi escondite la tarde terminaría en drama. Pero ella entró en el bar y la perdí de vista, así que me vi obligado a salir y acercarme lentamente, pero lentamente era una palabra imposible porque yo estaba apretando el paso para no perderme ni un segundo de sus pavoneos. La vi a través del cristal de la puerta, sentándose sobre la banqueta y dejando que se levantara su falda para dejar también las piernas al descubierto invitando a la vista a subir y bajar desde su entrepierna hasta sus zapatos de tacón alto, deleitándose, deteniéndose, una y otra vez.

Cuando me lancé sobre ella no sé qué iba diciendo, ni siquiera qué estaba intentando hacer; recuerdo que había por lo menos cinco hombres sujetándome y yo aún intentaba salir de aquel enredo de brazos apretando enérgicamente; recuerdo su cara de pánico que ya no sonreía; pero lo que más recuerdo es que a partir de ese momento ya nadie la miraba con deseo, sino con pena. A partir de ese momento fue mía, me perteneció más que nunca, porque me convertí en el único hombre que la deseaba.

Después ya nunca volví a verla.

EL GRILLO

Quería haberse acostado temprano, pero no tenía sueño, de modo que encendió el televisor y se sentó a ver un rato cualquier programa, buscando sus conocidas propiedades soporíferas. Pasaron casi dos horas y, viendo que no conseguía encontrar su sueño, decidió acostarse igualmente imaginando que antes o después su cuerpo se rendiría al poder de la noche. Ya en la cama, dando vueltas para buscar la postura, sintió un intenso dolor entre las cejas anunciándole una desagradable noche de insomnio. Entonces empezó a oírlo. El grillo sonaba fuertemente, bajo su ventana, en aquella habitación oscura y silenciosa, poniendo la aguda nota discordante que le prometía, además del insomnio que llevaba ya puesto junto al camisón, una noche estridente, odiosa. Tras unos minutos de esfuerzo por ignorar aquel irritante silbido, se levantó de la cama y abrió la ventana. Se hizo el silencio. El grillo descansaba en la cornisa baja de la balconada. Por eso —pensó asintiendo— lo escuchaba tan cerca y tan penetrante. ¿Cómo habría llegado hasta allí? Creía que los grillos no volaban. En fin, solo tenía que echarlo, empujarlo fuera de su cornisa, y quizá eso le daría el silencio que necesitaba para quedarse dormida. Estiró el brazo, intentando llegar hasta él, agarrándose con fuerza al alféizar para no caer. Casi llegaba, tan solo le quedaban unos diez centímetros de nada. Estaba tan cerca... Levantó una pierna, imitando a los jugadores de billar cuando no llegan bien a la bola desde esas imponentes mesas de billar inglés, pero aún quedaba un poquito para alcanzarlo y el grillo, bien por no apreciar en la oscuridad de la noche el dedo acercándose hasta él o quizá por ser consciente de esa pequeña distancia que lo salvaba de una nocturna agitación que no fuera la de frotar sus alas, no movió siquiera una antena. Sin darse cuenta, casi como les ocurre en ocasiones a los propios jugadores —los malos— fue levantando el otro pie hasta estar totalmente encaramada a la ventana. Para asegurarse mejor, apoyó el pie izquierdo en el cristal, como si fuese a escalar una pared lisa. Ya solo faltaba un centímetro para llegar, era evidente que estaba a punto de conseguirlo. Respiró hondo e hizo el último esfuerzo por estirar su dedo hasta sacudir hacia un lado al animal y verlo precipitarse cuatro pisos hacia abajo, sin llegar nunca a perder su imagen, como si la guiara y precediera en su propia caída, porque estaba cayendo a continuación perdiendo el apoyo del pie izquierdo que resbaló del cristal y se levantó hacia atrás sacando su respingón culo hacia fuera y haciéndole caer, en posición vertical, sentada en el suelo, cuatro pisos más abajo.

Ya en el hospital, entre sueños, recordaba la caída del grillo a toda velocidad, pero la suya propia como si hubiese ocurrido muy lentamente. En su delirio, rodeada por su familia y delante de la enfermera, levantó la cabeza, abrió los ojos y preguntó: “¿Cómo está el grillo? ¿Sobrevivió?”.

CUALIDADES ENFRENTADAS: LA GENEROSIDAD FRENTE A LA MODESTIA

-Tómelo. Es suyo.
-Oh, no, muchas gracias, de veras. Es demasiado para mí, no puedo aceptarlo.
-¿Demasiado? No se preocupe, usted lo merece. Tómelo.
-De verdad que no, me hace usted sentir sofocado.
-Pero es que yo quiero dárselo, insisto.
-Y yo insisto en que es demasiado, por favor, se lo ruego.
-Lo dejaré aquí y, si camba de opinión, aquí seguirá para usted -zanjó, levantándose de la mesa en un acto de desapego.

Tres años después alguien lo encontró en el trastero.

-¿De quién es esto? ¿Puedo quedármelo? Es perfecto para mi hijo -dijo, y lo guardó sin esperar respuesta.

CUALIDADES ENFRENTADAS: LA IGNORANCIA FRENTE A LA ARROGANCIA

“Usted no sabe quién soy yo”, dijo, y era cierto, pues no tenía ni idea de quién era.

NO ERA UN JUEGO

Salieron corriendo del colegio. Parecían huir despavoridos de la educación como si de una deflagración se tratase. Pepín y su amigo se fueron calle abajo hasta llegar a la casa de Pepín. Verlos correr, tan flacos y chiquitos, con aquella enorme cartera, resultaba agotador. Llegaron a la casa. Pepín sacó las llaves y abrió con soltura, acostumbrado a bastarse a sí mismo en aquella enorme familia en la que todo el mundo tenía siempre algo que hacer. Pepín había tenido que acostumbrarse a hacerse todo él solo, lo que le hacía sentir adulto. Y eso le enorgullecía, de modo que su forma de sacar las llaves de la cartera y abrir la puerta de la casa le daba un aire de arrogancia frente a su amigo. “¡Vamos!”, le dijo al abrir, y entraron. Pepín tiró la cartera a la entrada e hizo un gesto a su amigo para que la tirase junto a la suya. Un hombre fuerte y alto se cruzó con ellos. “¿Ya estás aquí, Pepín? ¿Tan tarde es ya?”, dijo, y desapareció por la puerta de la cocina. Pepín y su amigo atravesaron el pasillo hasta llegar al salón, donde una mujer mostraba prendas de ropa a otras tres mujeres más. La mujer miró a Pepín y su amigo y continuó vendiendo su género sin hacer siquiera un gesto. Pepín salió del salón por la otra puerta, que daba a otro pasillo. Al abrirla chocó con otro hombre: “Eh, ten cuidado, bribón”, le dijo aquel hombre, sujetándolo de la cabeza, que le quedaba a la altura de la cadera, para pasar hacia el salón. Sonrió a su amigo, mostrando sus dientes ennegrecidos. Pepín entró al pasillo y giró a la derecha para llegar hasta la habitación. Otra mujer, de más edad que la anterior, se asomó por otra puerta. “¡Pepín, no te escondas en el cuarto, hay que ayudar con la comida!”, dijo, pero Pepín guiñó el ojo a su amigo, ignorando las órdenes, y entró en la habitación. La habitación estaba vacía; únicamente cuatro muebles de camas abatibles ocupaban una de las paredes. De las otras tres paredes colgaban, colocados a todas las alturas y posiciones, montones de pequeñas barras clavadas en ángulo a modo de gancho. Pepín abrió un cajón de uno de los muebles-cama, sacó un rollo de cuerda fina y comenzó a enganchar la cuerda entre las varas de la pared realizando un laberíntico dibujo que atravesaba toda la habitación. Su amigo lo miraba asombrado. La mujer que le había reprendido asomó de nuevo. “Ah, estás aquí tú también”, dijo al amigo, como si aquello cambiara la situación. Señaló a Pepín con el dedo y continuó hablando. “Nos tiene hartos con este juego que se ha inventado. Su padre le consiguió una consola y ni siquiera la ha encendido. ¿La quieres? Seguro que te la regala, no le interesa lo más mínimo. Está todo el día con sus cuerdas jugando a colarse entre ellas sin tocarlas”. El amigo sonreía, con fingido interés, sin hablar, mientras observaba atentamente como Pepín comenzaba su juego.

Diez años más tarde, el amigo de Pepín veía las noticias cuando hablaron de un importante robo en un museo. Al mostrar las medidas de seguridad que el ladrón había esquivado, un experto explicaba la colocación de los sensores de movimiento en las habitaciones, ilustrándolo con un dibujo de líneas rojas entremezcladas cruzando las paredes. Nada más ver aquel dibujo, el amigo de Pepín supo quién había sido el autor del robo. Involuntariamente, dejó escapar una risa cómplice, pues él también había llegado a atravesar de niño, en aquel juego, aquellos mismos detectores.

NÚMEROS QUE BAILAN (ejercicio de surrealismo)

Las vacaciones estaban programadas para doce días, pero seis sueños se le repetían como pesadillas haciéndole beber agua cuatro veces en aquel escaso periodo de tiempo en el que dos amores le llenaron la cabeza de pájaros. Sin embargo, todo podía haber sido mucho peor, porque tan solo sumando el número uno a su situación habría entrado en una rueda de trece días de vacaciones en la que siete sueños se le repetirían como pesadillas y por más que bebiera agua cinco veces en aquel escaso periodo de tiempo no conseguiría evitar que tres amores le llenaran la cabeza de pájaros. Quizá si restara uno se encontraría con que, en once días de vacaciones, cinco sueños se le iban a repetir como pesadillas haciéndole beber agua tres veces en aquel escaso periodo de tiempo en el que un amor le estaba llenando la cabeza de pájaros, pero si aún restaba otro más entonces en las vacaciones, de diez días, solo cuatro sueños se le repetirían como pesadillas, haciéndole beber agua únicamente dos veces, pero habría perdido el amor. Y si iba restando después dejaría de beber agua para lograr evitar que los sueños se repitieran como pesadillas, pero entonces sus vacaciones tan solo durarían dos días.

Y esa es la esencia de la vida: renunciar o resistir.

EL CÍRCULO PERFECTO

Cuando la línea del principio se encontró con la del fin, comprendió que ya nunca podría saber por dónde había empezado.

MALOS TIEMPOS PARA LA VIDA

El niño se abrazó a la pierna de su madre. Amedrentado y hambriento, no podía sonreír. El soldado se acercó a él, se agachó y le acarició la mejilla. Su madre no se movía. El niño aún apretaba más los brazos hasta pellizcarle la piel bajo la falda. “Es un niño muy guapo”, dijo el soldado. La madre hizo un esfuerzo y esbozó una leve sonrisa que casi terminó en una mueca de dolor. “¿Van a llevárselo?”, dijo. El soldado no respondió. Continuó su camino, pasando revista entre las demás familias. Cuando terminó, llamó al soldado adolescente y le dijo, señalando con el dedo: “Ese, ese otro, aquel del fondo y este de aquí”. “Con el debido respeto, Señor, ¿no es este niño demasiado pequeño para reclutar?”, preguntó, agachando la cabeza en señal de reverencia, el soldado adolescente. “Sí, pero agárralo, porque si no quizá la próxima vez que volvamos se nos haya muerto de hambre”.

MUERTE DEDUCTIVA

Cuando al despertar vio un cielo de color verde y unas redondeadas nubes en tonos violáceos paseando velozmente sobre el blanco mar se dio cuenta de que era muy probable que ya estuviera muerto.

LA COMUNICACIÓN IMPOSIBLE

Érase una vez un ser vivo con una mente privilegiada que tenía sensaciones y pensamientos imposibles de imaginar por un ser humano. Sin embargo, su mente no registraba esas sensaciones y pensamientos ni, por extensión, los sentimientos, las opiniones, los teoremas y los principios, en una superficie de carne provista de neuronas formando un sistema nervioso de conexiones eléctricas, ni tampoco, por poner otro ejemplo, en una superficie de silicio revestida de plástico verde y llena de pegotes de estaño. Su sistema era también un sistema nervioso, pero los nervios y las distintas neuronas que viajaban por sus circuitos se adaptaban y convivían en una superficie vegetal.

Durante millones de años los descubrimientos y reflexiones de cada ser vivo de esta especie adquirieron grandes dimensiones, pues la comunicación entre ellos y, por lo tanto, entre las sociedades y generaciones a lo largo de la historia, viajaba a través del barro o la tierra más o menos húmeda y la conexión a ella era inherente a estas criaturas, por lo que, a pesar de su completamente imposibilitada capacidad de movimiento, la información viajaba por el mundo a gran velocidad y todos aquellos seres, compartiendo su sabiduría con los otros, disfrutaban de las mismas posibilidades en su vida. Las tesis y las hipótesis, los razonamientos y los sentimientos, las alegrías y las angustias, los retos y las conformidades, pasaban de uno a otro ser haciéndose, en cada viaje, más y más grandiosos.

Fuera, allá arriba, sobre la tierra, los seres humanos paseaban de acá para allá, desplazándose, inventando ruedas, motores de explosión, motores a reacción, creando aparatos para comunicarse en la distancia, teléfonos, ordenadores, micrófonos, señales de humo, elevándose en el cielo para volver a bajar convirtiendo el movimiento en uno de los fundamentos de la inteligencia, sin saber que el movimiento no ha de ser necesariamente el de las personas sino el de las ideas.

Ahí arriba nadie sabía lo que pasaba allí abajo. Ni siquiera lo supieron cuando arrancaron la raíz de la cebolla, ni siquiera lo supieron cuando sus vapores irritaron sus ojos haciéndoles llorar sin motivo, ni siquiera cuando se envenenaron comiendo las setas equivocadas o cuando el agrio sabor del limón erizó el vello de sus brazos.

Arriba solo se guiaban por el movimiento y el ruido y su piedad solo se dirigía hacia los seres que huían gritando. Nunca hacia los que se quedaban plantados en la tierra sin hablar, sin siquiera agitar las ramas si no era llevados por el azar de la fuerza del viento.

-¿Mamá, por qué nosotros no comemos carne? –preguntó la niña.
-Porque no queremos hacer sufrir a los demás seres vivos de este planeta –respondió la madre entre crujidos de lechuga.

LAS TRES GAVIOTAS

Las tres gaviotas se acercaron a la playa al atardecer. Dos de ellas sobrevolaban a gran velocidad el mar, asustando y siguiendo a los peces que, escurridizos, huían hacia cualquier parte y hacia todas con asombrosa coordinación, unidos a cada sacudida en el agua, hacia un lado, hacia otro, como si todos hubieran aprendido con inefable exactitud todos los pasos de una estudiada coreografía. La otra subía hasta el lugar más alto desde el que poder aún divisar a los peces y después, girándose boca abajo a la vez que cerraba sus alas, se lanzaba en picado contra el agua hasta hundirse violentamente en ella esperando sorprender al pez antes de descubrir la amenaza.

Las dos gaviotas que volaban a ras del mar veían tantos peces que no podían decidir a cuál atacar. Cuando finalmente se posaban y se sumergían bajo el agua el cambio de medio y la indecisión daban tiempo más que suficiente a los peces para escapar de ser su alimento.

La gaviota que subía y se lanzaba en picado tenía la velocidad perfecta; se lanzaba tan rápidamente, con tanta velocidad, que parecía incrustarse en el agua, clavarse, abrir un remolino por el que entrar por sorpresa e impactar de tal forma que ningún pez habría tenido tiempo de huir.

Pero se lanzó en picado contra el mar y al abrir su largo y curvado pico atrapó un trozo de plástico gris en el que se leía “Modas Rosana”. Si hubiese tenido tiempo o capacidad para reflexionar se habría dado cuenta de que a tanta distancia su vista no era capaz de distinguir con nitidez la diferencia entre el gris de un pez y el de una bolsa de plástico.

JUEGOS PROHIBIDOS

Entró en el baño. El agua estaba muy caliente, pero era el modo de aguantar más tiempo y su cuerpo se habituaría rápidamente a la temperatura. Fue muy despacio metiendo primero los pies y agachándose después lentamente hasta estar de rodillas en la bañera, donde fue echándose hacia atrás hasta deslizar su cabeza para apoyarla en el borde. La espuma cubría la superficie. Cerró los ojos, acercó el vaso hasta ella y bebió un sorbo. La música de los violines sonaba alta y nítida, limpia y espléndida en aquella habitación llena de sonoridad. Con los ojos cerrados, se dejó llevar por las notas que dibujaban preciosas líneas altisonantes. Su hermano menor entró en la habitación. “Perdón”, dijo, pero ella, que no pareció oírle, permaneció con los ojos cerrados, ignorándolo. Se sentó en el inodoro y la miró. Su cuerpo desnudo se adivinaba bajo la espuma. De pronto descubrió que cuando tomaba aire sus pechos sobresalían sobre la espuma y se quedó un rato mirando, dejándose llevar, olvidando por un momento su consanguinidad para hallarse frente a un cuerpo de mujer cualquiera. Los pechos emergían, para volver a ocultarse de nuevo. El resurgir de los senos entre la espuma despertó toda su sensualidad. Muy despacio, tan lentamente que no era posible distinguir la diferencia entre un momento y el momento siguiente, el chico acercó la mano a los pechos de su hermana y deslizó los dedos sobre ellos. Su hermana continuó ausente, absorta, con los ojos cerrados y sin apenas moverse únicamente para respirar y permitir que los dedos de su hermano jugueteasen ya con sus rosados botones. El chico notó su excitación y se miró al pantalón, interrumpiendo por instante su movimiento; continuó después, suavemente, jugando en silencio, hasta que sintió el impulso de seguir hacia abajo, explorando, y deslizó levemente la mano, pero su hermana, sin abrir los ojos, se metió hacia adentro, dejando su mano flotando, lo que le sugirió que quizá estuviera yendo demasiado aprisa. Durante un momento sacó la mano y esperó. Su hermana volvió de nuevo a elevar su respiración, quizá aún más que antes, de modo que sus pechos ahora salían enteros en cada inspiración. El chico volvió lentamente a deslizar de nuevo la mano y a acariciar a su hermana lentamente, suavemente, hasta que las inspiraciones fueron algo más fuertes y empezó a salir más aún el cuerpo, el ombligo por encima de la espuma, y las piernas de su hermana se abrieron y ella levantó las rodillas; el chico entonces leyó las señales y esta vez sí deslizó la mano sin interrupciones, llegando hasta su sexo, hundiendo los dedos con la mano derecha mientras la izquierda buscaba entre sus pantalones, y su hermana ya respiraba entrecortadamente, lanzando placenteros suspiros, elevando todo su cuerpo con las respiraciones hasta sacar fuera del agua todo su ser, hasta dejar a su hermano manejarla a su antojo y arrancarle un exclamado orgasmo que irrumpió en la habitación al mismo tiempo que el chico, desde su mano izquierda, se abandonaba igualmente al éxtasis.

Su hermana, sin abrir los ojos, apartó su mano y, con un tono seco y autoritario, le dijo:
-Sal de aquí. Y nunca, NUNCA –recalcó- hables de esto con nadie.
-Lo sé, lo sé, lo sé. Lo siento –respondió él-, lo siento, perdón -Y salió corriendo de la habitación.

Nunca hablaron de ello. Los dos sabían que era una conversación para la que nunca existiría el interlocutor adecuado. Y nunca más se encontraron en la bañera. Ella siempre echó el cerrojo a partir de aquel día. Sin embargo, el chico recordó lo ocurrido toda su vida. Y a veces, algunos días, no solo lo recordaba, sino que se regodeaba haciéndolo; se entretenía con cada imagen, con cada movimiento, con cada suspiro. Y esas veces no podía evitar llevar su mano al pantalón para revivir aquel intenso éxtasis.

LA PISCINA VACÍA


Hacía ya varios años que nadie tocaba la piscina. Una mezcla entre el desinterés y la dejadez había ido poblando el agua de barro y hongos, enturbiándola, borrándole cualquier vestigio de transparencia, destruyendo sus tres cualidades: ni incolora, ni insípida ni, mucho menos aún, inodora, antes bien apestaba a podredumbre. Puesto que no se utilizaba la piscina, tampoco se visitaba el rincón del jardín que esta ocupaba; las plantas salvajes crecían por debajo de las baldosas o trepaban por las patas de las viejas mesitas metálicas raídas y oxidadas que un día fueron protegidas por sombrillas cuyos tejidos, hoy, colgaban a jirones entre las varillas. El único poblador de aquel pequeño jardín abandonado era el perro. Todos los días a primera hora su amo abría la puerta principal; él salía corriendo, con la prisa que da la necesidad, para orinar y dejar algún que otro excremento entre los matorrales, después daba una vuelta por los alrededores olisqueando el suelo, a paso ligero, hasta que uno de sus giros le conducía de nuevo a la puerta de la casa, que golpeaba suavemente con la pata para anunciar su llegada, lo que hacía que su amo volviera a abrirla para permitirle volver a entrar.

Aquel día quizá el amo se levantó más tarde, lo que probablemente disparó las necesidades de su perro hasta hacerlas apremiantes y por lo tanto precipitó su carrera hacia el jardín tanto que le fue imposible frenar justo antes de llegar al borde de la piscina. Por eso, cuando ya casi cerraba la puerta, el amo escuchó un chapoteo que le avisó de que su perro acababa de caer en aquella desfavorecida piscina. Aun sabiendo que los perros nadan por instinto, lo que hacía innecesaria su ayuda, el amo se sintió atraído por la catástrofe y se asomó a comprobar el accidente. El perro nadaba buscando un lugar desde el que salir. Al llegar al otro lado, donde aún sobrevivía la escalerilla de salida, el perro saltó sobre ella y salió sin dificultad. A continuación se sacudió, como se sacuden los perros mojados, desde la cabeza hasta el rabo, con espasmos giratorios, y echó a andar hacia el fondo del jardín. El amo se acercó hasta la piscina. En el centro había quedado un rastro de agua limpia de hongos que permitía ver el fondo. Y en ese fondo, entre sombras, pudo distinguir claramente una figura que le pareció humana, una niña probablemente por el tamaño y por los largos cabellos rubios que se mecían como serpientes entre la corriente que había quedado después del circunstancial baño canino.

Asustado, entró en la casa y llamó a la policía. Poco después un coche patrulla, tras mirar el fondo de la piscina, solicitaba ayuda al ayuntamiento para sacar el cadáver. Al parecer aquella niña llevaba allí sumergida unos dos o tres meses; alguien la había tirado allí, no sin antes introducirle a empujones por la boca un buen puñado de piedras para evitar la flotación. A pesar del color, entre amoratado, rosado y blanco, de su piel y de sus borradas facciones, se adivinaba que había sido una niña preciosa. El amo estaba tan impresionado que había olvidado por completo vestirse y atendía a los policías y otros trabajadores locales en pijama. Uno de los agentes se lo advirtió delicadamente y entonces él entró en la casa a vestirse en el momento en que uno de los que habían sacado a la niña del agua encontró una cajita en un bolsillo de su vestido. La caja era bastante hermética, de suerte que al abrirla encontraron dentro un papel completamente seco.

En el papel se leía: “Aquí tienes a tu hija, hijo de puta”.

LOS AÑOS ILÍCITOS (dedicado a A.M.C.)

Cuentan que en el siglo XX, en los años 40, se apareció la Virgen María en un pueblo del Levante. Fue en el verano de 1942. El mismo verano que después dio lugar a aquella película sobre amores ilícitos de banda sonora inolvidable.

Unos niños correteaban entre las dunas de la playa cuando detrás de unos árboles divisaron una extraña luz. Era un resplandor violáceo, envuelto en una difusa neblina. Al acercarse los niños, el resplandor se apagó y todos huyeron a la carrera, de vuelta hacia la playa, lanzando agudos gritos con sus pequeños y potentes pulmones de niño. Atropelladamente contaron a su padre lo ocurrido y él se acercó sigiloso hasta el lugar. El resplandor volvió a lucir una vez más. El hombre se acercó hasta los árboles y, cuando estaba a punto de pasar entre ellos hasta el origen de la luz, esta volvió a apagarse de nuevo. Se quedó quieto un momento, parado, mirando hacia la oscuridad. Esperó a que volviera a encenderse, mientras imaginaba la luz de una linterna decorada con papel celofán en manos de algún bromista. Cuando volvió a encenderse, bruscamente saltó al otro lado de los árboles. Una mujer pálida, de gesto fino y endeble, lo miró con las manos extendidas palma arriba. Estaba cubierta por una manta hasta la cabeza, lo que hacía parecer que vestía una túnica. Se oyó el crujir de unas hojas en el suelo y el hombre vio las suelas de unos zapatos desapareciendo entre las sombras. La mujer le sonrió, le dijo: “solo cobro 50” y esperó a ver el gesto lascivo en su rostro para apartarse la manta y descubrirse en toda su desnudez. El hombre ya buscaba el dinero en el bolsillo de su camisa.

Cuando salió de allí, aún con los ojos inyectados en sangre, se encontró de frente con su esposa. Ella lo miró, primero suspicaz y después curiosa, dándole tiempo de reaccionar y explicarle los hechos. Y los hechos del 20 de agosto, en aquel verano de 1942, contaron que la Virgen María se le había aparecido para pedirle que rezara por la salvación de todos los pecadores y que en su honor se ocupara de erigir allí una ermita.

Y así fue como se construyó la ermita de la Virgen de las Dunas, a la que acuden en peregrinación los vecinos de todos los pueblos de la provincia una vez al año, el 20 de agosto.