LA PISCINA VACÍA


Hacía ya varios años que nadie tocaba la piscina. Una mezcla entre el desinterés y la dejadez había ido poblando el agua de barro y hongos, enturbiándola, borrándole cualquier vestigio de transparencia, destruyendo sus tres cualidades: ni incolora, ni insípida ni, mucho menos aún, inodora, antes bien apestaba a podredumbre. Puesto que no se utilizaba la piscina, tampoco se visitaba el rincón del jardín que esta ocupaba; las plantas salvajes crecían por debajo de las baldosas o trepaban por las patas de las viejas mesitas metálicas raídas y oxidadas que un día fueron protegidas por sombrillas cuyos tejidos, hoy, colgaban a jirones entre las varillas. El único poblador de aquel pequeño jardín abandonado era el perro. Todos los días a primera hora su amo abría la puerta principal; él salía corriendo, con la prisa que da la necesidad, para orinar y dejar algún que otro excremento entre los matorrales, después daba una vuelta por los alrededores olisqueando el suelo, a paso ligero, hasta que uno de sus giros le conducía de nuevo a la puerta de la casa, que golpeaba suavemente con la pata para anunciar su llegada, lo que hacía que su amo volviera a abrirla para permitirle volver a entrar.

Aquel día quizá el amo se levantó más tarde, lo que probablemente disparó las necesidades de su perro hasta hacerlas apremiantes y por lo tanto precipitó su carrera hacia el jardín tanto que le fue imposible frenar justo antes de llegar al borde de la piscina. Por eso, cuando ya casi cerraba la puerta, el amo escuchó un chapoteo que le avisó de que su perro acababa de caer en aquella desfavorecida piscina. Aun sabiendo que los perros nadan por instinto, lo que hacía innecesaria su ayuda, el amo se sintió atraído por la catástrofe y se asomó a comprobar el accidente. El perro nadaba buscando un lugar desde el que salir. Al llegar al otro lado, donde aún sobrevivía la escalerilla de salida, el perro saltó sobre ella y salió sin dificultad. A continuación se sacudió, como se sacuden los perros mojados, desde la cabeza hasta el rabo, con espasmos giratorios, y echó a andar hacia el fondo del jardín. El amo se acercó hasta la piscina. En el centro había quedado un rastro de agua limpia de hongos que permitía ver el fondo. Y en ese fondo, entre sombras, pudo distinguir claramente una figura que le pareció humana, una niña probablemente por el tamaño y por los largos cabellos rubios que se mecían como serpientes entre la corriente que había quedado después del circunstancial baño canino.

Asustado, entró en la casa y llamó a la policía. Poco después un coche patrulla, tras mirar el fondo de la piscina, solicitaba ayuda al ayuntamiento para sacar el cadáver. Al parecer aquella niña llevaba allí sumergida unos dos o tres meses; alguien la había tirado allí, no sin antes introducirle a empujones por la boca un buen puñado de piedras para evitar la flotación. A pesar del color, entre amoratado, rosado y blanco, de su piel y de sus borradas facciones, se adivinaba que había sido una niña preciosa. El amo estaba tan impresionado que había olvidado por completo vestirse y atendía a los policías y otros trabajadores locales en pijama. Uno de los agentes se lo advirtió delicadamente y entonces él entró en la casa a vestirse en el momento en que uno de los que habían sacado a la niña del agua encontró una cajita en un bolsillo de su vestido. La caja era bastante hermética, de suerte que al abrirla encontraron dentro un papel completamente seco.

En el papel se leía: “Aquí tienes a tu hija, hijo de puta”.

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