EL MONTE

No supimos cómo, por qué estúpida casualidad, Pedro abrió la puerta con ese vigor habitual en él que todo lo abría con el ímpetu de quien aún no se ha cansado de vivir, en el momento exacto en que el maldito perro de Doña Paula se acercaba a la puerta a saltitos lloriqueando para que le dieran un poco de agua, de leche, de carne o de cualquier cosa, que lo mismo le daba a aquel estúpido perro comer un trozo de carne que un mendrugo de pan duro. El chillido del perro se desplazó con él hasta chocarse contra la pared, describiendo un arco que era el mismo arco imaginario que describe el recorrido de la puerta al abrirse. Nos acercamos a mirar al perro, que después del grito había quedado inerte en el suelo. Después de buscarle el pulso sin encontrarlo nos miramos entre nosotros. Doña Paula había salido al pueblo. ¿Qué hacer? Sin duda teníamos que deshacernos del animal.

Marco bajó al garaje y volvió con dos azadas y una pala. “Vamos, al coche”, dijo mientras tendía los aperos a Pedro y se agachaba a agarrar al animal. Con una serenidad que nos tranquilizó, fue hasta el coche, abrió el maletero y colocó el perro dentro. Después miró a Pedro, quien se había quedado en suspenso mirando la escena, y subiendo un poco el tono dijo, una vez más, “¡Vamos!”. Pedro se acercó hasta el maletero y metió los aparejos mientras yo arrancaba el coche. Marco se sentó a mi lado y miró hacia atrás, esperando a que Pedro subiera. Pedro se acercó a la casa a buscar las llaves y cerrar la puerta. Cuando subió al coche, apenas se escuchó el final de la pregunta “¿Qué le diremos?”, pero todos habíamos entendido perfectamente. “Después de enterrarlo bien vamos al pueblo, nos tomamos algo y volvemos a la hora de comer perfectamente achispados. Ella no lo echará en falta hasta la tarde, cuando lo busca para darle de comer. Pensará que lo ha matado otro perro, que se ha escapado a alguna parte o incluso que se lo han robado, pondrá carteles y acabará por olvidarse de él”.

Marco se había constituido el líder de la operación. Yo obedecía sus instrucciones, derecha, izquierda, toma ese desvío, que él me iba dando como si estuviera acostumbrado a ver morir y enterrar a los perros de doña Paula. Llegamos a un camino de tierra; al final, entre los árboles, se veía una pequeña laguna. Marco dijo “aquí”, yo paré el coche y bajamos. Nos internamos entre los árboles un buen trecho, hasta sabernos alejados del camino de tierra. En aquella zona la distancia entre los árboles era mayor, lo que nos permitiría encontrar un hueco lo bastante grande para enterrar, ya no a un perro, sino a un elefante. Marco agarró una de las azadas y marcó un recuadro en el suelo. Seguidamente, comenzó a clavar la azada removiendo la tierra. Pedro agarró la otra azada y lo imitó. Yo entendí que mi papel en la obra era usar la pala para apartar la tierra y así lo hice. Tras cambiarnos los papeles un par de veces, golpeé con el azadón y escuché un sonido sordo, como de una piedra. Con la azada aparté la tierra. Era una piedra blanquecina. “Espera”, dijo Pedro. Se metió en el agujero y apartó la tierra con la mano. “Mirad”, dijo, y fue apartando la tierra hasta que pudimos distinguir claramente un cráneo humano. “Qué asco”, dijo. Los dos miramos a Marco sin saber qué hacer. Marco permaneció unos segundos pensativo y luego dijo: “¿Y si fuera mi padre, mi hermano o mi abuelo? Continúa, por favor, desenterrémoslo, tiene que ser una víctima de algún asesinato para estar aquí en el monte”. Con calma, despacio, apartando la tierra sin golpearla, fuimos desenterrando el supuesto cadáver, hasta que, a la altura de una rodilla, apareció otro cráneo. “¡Coño, Marco, esto es una carnicería!”, exclamé.

–Quizá deberíamos parar –dijo Pedro– y llamar, por ejemplo, a la policía.
–Sí, pero antes tendremos que buscar un sitio en el que enterrar al maldito perro –respondí.
–Tienes razón. Vamos a buscar otro sitio, enterramos al animal y llamamos a la policía. ¿Qué tal así?
–Alguien debería quedarse aquí vigilando esto –repuso Marco, que se había alejado para devolver al animal al maletero.
–¿Tú? –propuse.
–Y una mierda. Pedro –dijo Marco recordando, antes de que pudiera protestar–, al fin y al cabo estamos aquí por su culpa.
–Yo no me quedo, tío, me muero antes que estar aquí con estas momias ni un minuto yo solo.
–¿Por qué no volvemos a tapar el agujero y nos vamos?
–¿Y si los que están ahí enterrados fueran toda tu familia, cabrón?

Agaché la cabeza. Marco tenía razón.

–De acuerdo. Tapemos el agujero y volvamos luego a desenterrarlo de nuevo.
–No. Se va a notar. Pedro, lo siento, tío, pero tienes que quedarte.
–De eso nada. Quedaos vosotros dos –ideó de pronto– y yo me llevaré al perro. Al fin y al cabo me lo he cargado yo.

Aquella sí nos pareció buena idea. Pedro se metió en el coche y desapareció. Marco y yo nos sentamos bajo un árbol, frente al agujero, por el que se veía, sobresaliendo, uno de aquellos cráneos.

2 comentarios:

  1. Continuará, pero... ¿Tú cómo quieres que acabe? Yo tengo un final, pero desde aquí os invito a pedir el vuestro. ¿Quién se anima?

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