EL PIANO (desde una frase de Isabel Castells)
Una vez más, las teclas desafinadas del piano no presagiaban nada bueno. Se levantó, bruscamente, lo que alertó al gato, que se acercó como si respondiera a una llamada, y ya estaba él abriendo la tapa para mirar en su interior cuando el gato dio un salto que hizo sonar con cuatro o cinco teclas las notas de una melodía accidental pero igualmente desafinada. Asomados los dos, el gato y él, desde el hueco, podían ver los martillos que salían de la parte de atrás de cada tecla hacia una, dos o tres cuerdas, dependiendo de su tesitura, y al otro lado las cuerdas, que bajaban hacia el suelo y se perdían en la oscuridad. De pronto el gato hizo un movimiento: había visto algo que los ojos de los gatos ven antes que los humanos, pues él no distinguía nada a partir de un punto; el gato se encaramó un poco más, asomando la cabeza completamente y las patas delanteras. Tal y como estaba colocado su cuerpo se había estirado tanto, desde el atril de la tapa hasta lo alto del piano, como se estira el elástico de los tirachinas, que se imaginó el estallido del gato si se soltara, arrugándose como un acordeón, como los gatos de cómic, y estaba tan distraído que de pronto el gato saltó dentro del piano y no supo reaccionar. Miró atónito hacia dentro donde solo veía una sombra y escuchó sus bufidos y otros gritos agudos que no parecían ser del mismo animal. Algunas cuerdas estallaron, dando su última nota estentórea, y la lucha continuó allí abajo, en una oscuridad que la perplejidad hacía imposible suplir con la imaginación. Por fin se hizo el silencio. Entonces el gato comenzó a saltar para subir sin encontrar apoyo suficiente. De pronto se le ocurrió ir a buscar una linterna; salió corriendo hacia la habitación y volvió inmediatamente con la linterna en la mano. La encendió, enfocó hacia dentro y entonces vio a su gato, ayudado por la luz, encaramarse entre las paredes del piano y subir, triunfante, para dar un último salto bajando por las teclas –algunas ya no sonaron– hasta el suelo y desapareciendo por la cocina con un ratón entre sus dientes.
LA LIBRERÍA CERRÓ POR NO PAGAR LA RENTA (desde una frase de Pedro Azcárraga)
La librería cerró por no pagar La renta había subido demasiado para lo mucho que había bajado la venta en la librería, lo que finalmente terminó con Ella siempre había sido una mujer emprendedora y adelantada a su tiempo, pero aquel día sintió que había caído bastante Bajo la tenue luz de las velas, justo antes de dar el último soplido que apagaría su sueño para siempre, echó un vistazo a sus estantes vacíos, a su mostrador rayado, a su suelo ennegrecido con el paso de Los años le habían dado un prestigio que ahora, en apenas unos meses, se había esfumado como El humo de su cigarrillo se extendía por el aire de la librería vacía como si le sobrara el espacio, diluyéndose a gran velocidad, deshaciéndose de su propia inexistente densidad y dejando únicamente en el aire un inconfundible aroma que ya no Necesitaba disimular la pena que escapaba de aquel enorme vacío para llenarla a ella, invadiéndola, dejándola indefensa ante un futuro incierto del que no sabía cómo Salir de pronto se hizo necesario, había allí tanto vacío que faltaba aire y entonces abrió la puerta y salió corriendo de La librería cerró por no pagar la renta.
EL ARREPENTIMIENTO ESTÉRIL (desde una frase de Raquel Fernández)
Nunca pensé que esto acabaría así. Por eso quizá no había tenido tiempo de preparar la reacción correcta y me enfurecí. Y eso empeoró aún más la situación porque justo cuando los policías entraron a detenerme yo destruía el local, sobrecargado de adrenalina, furioso, lanzando con rabia platos, vasos, copas que se estrellaban contra el suelo y disparaban sus pequeños trocitos de cristal contra las paredes y los muebles. Los agentes de policía agacharon las cabezas y se cubrieron con sus gorras; yo les vi entrar, pero en ese momento ya sabía que eran ellos y, lejos de detenerme, comencé a arrancar el marco de la barra, a partir las banquetas, lanzando los trozos de madera contra ellos, que intentaban avanzar entre los objetos como se avanza en el bosque durante una tormenta de granizo. De ningún modo permitiría que quedara algo para los demás; no se aprovecharían de mí. Uno de los policías echó mano de su transmisor de radio y pidió ayuda. Mientras, entre los dos intentaban sujetarme los brazos para colocarme las esposas. Y aún me agitaba entre ellos como un pez en una cesta cuando me llevaron hasta el coche y me obligaron a entrar.
Aquella noche, en el calabozo, estar allí solo por alguna extraña razón fue precisamente lo que me ayudó a olvidarme de mí mismo para ponerme en el lugar de ellos. Solo tendría que haberles prestado un poco de atención, haber intentado comprender su punto de vista, y quizá no habría tenido que acabar así. Pero ya era tarde para solucionarlo: yo estaba en la cárcel y ellos ya no querían negociar conmigo, sino perderme de vista.
EL REFLEJO (desde una frase de Raúl Llanos)
Al salir del vagón no pude evitar girar la cabeza para volver a mirarla. En lugar de verla, el cristal de la ventana me devolvió el reflejo de mí mismo. Me miré, como me suelo mirar en los espejos, casi posando, allí reflejado, y me vi a mí mismo tirarle un último beso.
Cuando el tren arrancó, el cambio de luz me dejó ver el interior del vagón. Ella había desaparecido –caminaba, de hecho, buscando otro asiento, por el vagón de cola– y, en su lugar, un hombre con bigote me decía con un sorprendente gesto de coquetería adiós con una mano mientras me tiraba un beso con la otra.
EL SENTIDO DEL AMOR (desde una frase de León Tolstoi)
Estaba casi dormido cuando le distrajo el ruido de la puerta que se abría y de unos pasos en la antesala. ¿Quién sería a esas horas? Luchó durante unos segundos entre olvidar lo que acababa de escuchar y volver a dormirse o levantarse; después pensó que sin duda tendría que hacer esto último, dado que era el único habitante en la casa con capacidad para recibir a las visitas. De hecho, sin apenas moverse, esperó a que Boris le avisara, pues si el intempestivo visitante había entrado debía de ser por haber insistido, ya que en caso contrario Boris le habría persuadido de la situación y emplazado para otro momento mejor. Pasó un rato, no sabría decir si cinco minutos o quince, en el que oyó los susurros de una voz grave luchar contra el volumen cuchicheando una larga conversación que no parecía terminar nunca. Finalmente se hizo un silencio. Aún esperaba que Boris apareciera, pero no lo hizo, de modo que finalmente decidió levantarse y comprobar qué estaba sucediendo, entre intrigado e irritado.
Nada más abrir la puerta encontró a Boris, quien le bloqueó el paso comenzando, entre tartamudeos, a explicarle la situación. Al parecer Ana, la esposa de su vecino, había irrumpido en la casa afirmando tener una relación secreta con el señor y, amenazando con gritar, había sido invitada irremediablemente a entrar. Desde ese instante tanto Boris como Lucía, el ama de llaves, habían estado intentando razonar con ella sin éxito. En aquel momento permanecía en la biblioteca en espera del señor. Boris había subido sin saber bien qué hacer, porque su deber era no molestar al señor con tonterías como aquella pero habían agotado todas las vías y no habían logrado solucionar el problema.
Roland entró en la biblioteca y cerró la puerta tras de sí. Boris y Lucía corrieron cuidadosamente hacia la puerta. Solo se oyó el arrastrar de la tela del vestido de Lucía por el suelo. Después, el más absoluto silencio. Lucía y Boris, aguzando el oído, únicamente utilizando ese sentido y despreciando los demás, se miraban sin verse. Pasó un rato, quizá quince minutos esta vez, sin que oyeran nada. Los oídos, agotados, se relajaron, y en ese momento Lucía y Boris se miraron de verdad, como si se vieran por primera vez, allí de frente, apoyados en la puerta tras la que no se escuchaba absolutamente nada. Y entonces Boris besó a Lucía y, cerrando los ojos, los dos se dejaron llevar por un nuevo sentido y sintieron la suavidad del calor de sus bocas. “Sabes a fresa”, le dijo Boris muy suave como si quisiera jugar a los cinco sentidos. “Y tú hueles a sexo”, le susurró Lucía, cómplice.
Al otro lado de la puerta Roland y Ana también jugaban.
LA ERÓTICA DEL FUTURO (desde una frase Charles Dickens)
Llegaban ya a la última calle de la ciudad. Ya no quedaban calles ni casas, solo el campo y el horizonte.
–¿Podría parar, por favor?
–¿Aquí?
–Sí. Aquí.
El taxi se detuvo; Denis pagó y salieron. El coche arrancó y lo vieron alejarse agarrados de la mano, casi con ganas de decir adiós. En la noche, la calle era gris, oscura; una leve neblina cubría el cielo y hacía que todo pareciera estar borroso, impidiendo distinguir las formas con exactitud, lo que daba al paisaje un tono de melancolía. Encaramado en lo alto de una vieja tapia cubierta de musgo, un gato caminaba lentamente rumbo hacia ninguna parte, olisqueando con suavidad su entorno, vigilante, alerta ante un posible enemigo contra el que defenderse o del que alimentarse. El paso del gato sobre la tapia, de derecha a izquierda, fue muy lento, casi como si la imagen se hubiera ralentizado, de modo que Denis y Lue, agarrados de la mano, frente a la tapia, pudieron observar lentamente esa forma tan delicada que tienen los gatos de desplazarse cuando lo hacen lentamente, agachados, casi arrastrándose, con movimientos curvilíneos, muy suave, tan lentamente que hubo un instante en el que los tres –incluido el gato– se permitieron la licencia de no pensar absolutamente en nada.
Con solo apretar un poco la mano de Lue, Denis inició el movimiento. Echaron a andar hacia la tapia; cerca de uno de los árboles tras los que había desaparecido el gato un momento antes había un agujero por el que entraron. Al otro lado no había nada, apenas un descampado con algunas piedras y muchos hierbajos.
Y allí, detrás de la tapia que cercaba el terreno que acababan de comprar, en el suelo, entre las piedras, Denis y Lue se amaron hasta el amanecer.
EL HOMBRE DEL MAPA (desde una frase de Conan Doyle)
–Mire este mapa. Es torpe y carece de detalles, pero esa marca cerca de la esquina inferior –señaló la esquina con el dedo– es la que me interesa mostrarle. ¿Qué diría usted que significa esa marca?
–No sé, señor. Quizá quien dibujó este mapa estaba comiendo y manchó el papel con grasa.
–No, no, no, no, no. Esto es una marca. Quien quiera que hiciera este mapa quería marcar este punto. Y eso es lo que me dice que hay algo ahí metido. ¿Un tesoro quizá? Me encantaría saberlo, pero ni siquiera veo bien cuando me peino, menos aún para ir hasta ese lugar. ¿A usted le interesaría?
–Quizá.
–Escuche: hagamos un trato. Yo le doy este mapa, usted va allí y lo que encuentre en esa marca lo repartimos a partes iguales.
–No parece un mal trato –respondió, y en sus ojos despertó de pronto una mueca de avaricia–. Acepto. Venga ese mapa.
–La cuestión es cómo entregarle a usted este mapa y estar seguro de que cuando encuentre el tesoro volverá para darme la mitad –saltó de pronto el hombre del mapa–. Compréndalo, apenas nos conocemos.
–Claro, claro, lo comprendo.
–Quizá si usted me da también algo valioso a mí los dos estaríamos en igualdad de condiciones.
–¿Por ejemplo?
–Ese reloj parece de oro.
–Efectivamente, es de oro. ¿Pero qué ocurrirá si bajo esa marca no hay ningún tesoro? Usted puede apropiarse de mi reloj y desaparecer. Compréndalo –repitió con cierta ironía–, apenas nos conocemos.
–Cierto –Y en su gesto se adivinaba el desencanto–. Quizá podamos encontrar una solución válida para los dos. Ni siquiera el reloj es una buena solución, puede que el tesoro que usted encuentre sea más valioso. En fin, pensaré en algo.
El hombre del mapa se giró y salió. El otro hombre lo miró salir. Los dos tenían la misma sonrisa ladeada, astuta, socarrona.
EL PICHÓN DE ORO (desde una frase de Bulwer Lytton)
Ione depositó una bolsa a los pies de la bruja. Ella lo miró y después miró la bolsa. La lógica llevaría al lector a suponer que la bruja abriría la bolsa, pero la bruja no solo no la abrió sino que se giró y salió, dejando a Ione allí clavado, sin saber qué hacer. Hizo amago de agacharse a recogerla, incluso alargó la mano, pero no llegó a hacer nada. Los enanos lo miraban y reían, aunque por otra parte ellos siempre estaban mirando a todos y riéndose. Pensaba ya en marcharse, incluso comenzó a girar para darse la vuelta, cuando la bruja volvió con una sartén en la mano y, agarrando la bolsa bruscamente con la otra, se giró y volvió a desaparecer tras la cortina. Aunque sabía que su labor había terminado, por algún motivo se hallaba clavado en el suelo y no tenía voluntad para marcharse. “¡Vamos, vete!”, escuchó gritar desde el otro lado a la bruja entre ruidos de golpes contra el suelo. Pero a pesar de aquellos gritos, de saberse en el lugar equivocado, de conocer los poderes de la bruja y de que los enanos habían dejado de reírse para mirarlo con una extraña fascinación, no se sintió capaz de dar un solo paso. Al rato cesaron los golpes. Ione seguía en la misma postura, frente a una bolsa ausente, mirando hacia la cortina. Se hizo un inquietante silencio. Dos de los enanos salieron corriendo, gritando como si hubieran visto un horrible animal; los demás contemplaban la escena embelesados. Ione se quedó mirando fijamente hacia la cortina.
Tras unos minutos en los que nada ocurrió, por fin la bruja apareció tras la cortina. Era tan fea que no podía saberse si estaba enfadada o alegre, de modo que nadie cambió el gesto o la postura esperando a que dijera algo. Llevaba un pichón en la mano derecha y en la izquierda un afilado cuchillo. “¿Qué mierda me has traído?”, gritó a Ione de pronto. Ione la miró y después miró al pichón. “Un pichón de oro”, dijo. La bruja miró al pichón y comenzó a reír a carcajadas. Ione se acercó lentamente al pichón y lo rozó con el dedo. De su ano brotó, deslizándose, un huevo que cayó al suelo. Era un huevo de oro.
“¡Mierda, pero si lo acabo de matar a golpes!”, gritó la bruja soltando al pichón para agacharse a recoger el huevo de oro. Antes de llegar al suelo el pichón despertó, se sacudió evitando la caída y huyó revoloteando por la ventana. Ione sonreía.
EL NEGOCIADOR (desde una frase de Cervantes)
Con sus amigos negociaba en la calle. Con su mujer, en la cama. Así había sido siempre. El día que su mujer falleció sus cimientos se tambalearon. Poco después comenzó a discutir con sus amigos en la calle, donde discuten los violentos; después negoció en la calle, pero no con sus amigos sino con mujeres en las que jamás se habría fijado si hubiera tenido con quién negociar en la cama; comenzó a confundir la cama con la calle y la calle con la cama y, finalmente, ebrio, indiferente y exhausto, no pudo negociar sus deudas en la cama y acabó durmiendo en la calle.
CAMBIO DE MATIZ (desde una frase de Jonathan Swift)
Me subí a una altura y, mirando hacia el mar en todas direcciones, me pareció ver una pequeña isla al Nordeste. De modo que aquel pequeño islote no era la única tierra que había por allí, pensé. Y decidí armar una balsa que me llevara hasta aquella isla, por si fuese mayor que mi improvisado hogar. Mi imaginación comenzó a trabajar sin mi permiso imaginando frutas exóticas, animales comestibles –monos, jabalíes, aves- y otras exquisiteces que quizá encontraría en lugar de mi único alimento en los últimos meses: peces que los primeros días pude asar y que después, falto de gas y de fuerzas, acabé devorando crudos cuando apenas acababan de arrojar su último estertor.
Después de tres días de duro trabajo logré terminar una balsa aceptable que me permitiría flotar hasta aquella isla. Cuando a duras penas llegué hasta la playa y logré empujar la balsa hacia el agua miré de nuevo hacia allí y no vi nada. “Qué diablos, pensé, seguramente no la veo porque estoy en la playa” y me lancé al agua.
No sospeché que podía ser una isla demasiado pequeña; no mantuve la prudencia de lo malo conocido; no pensé que pudiera ser peor. Mi imaginación siempre se inclina a mi favor. De modo que ahora estoy aquí, donde no hay peces y por supuesto tampoco frutas exóticas ni animales de ningún tipo, salvo insectos. Y ahora mismo no veo mi islote y no recuerdo exactamente en qué dirección estaba, por lo que me resulta demasiado arriesgado volver. De pronto toda la prudencia de la que carecí cuando vine hacia aquí ha invadido mis pensamientos. Llevo tres días comiendo escarabajos; los dos primeros los pasé vomitándolos, pero parece que el tercer día mi cuerpo por fin ha decidido nutrirse de ellos. Quizá consiga seguir vivo hasta que por casualidad alguien pase por aquí de camino hacia el infierno.
EL ÁRBOL INSEMINADOR
Fue en invierno. Por algún motivo de esos que llamamos inexplicables los jovencitos comenzaron a frecuentar el Prado Negro y, tras el gran roble que presidía aquel oscuro prado, llamado así por el anómalo tono oscuro de sus hierbas, que resaltaba entre los otros prados de espigas y margaritas, convirtieron sus primeras masturbaciones en una tradición. Acudían a cualquier hora, pero sobre todo al atardecer; a veces tenían que esperar a que otros adolescentes abandonaran el árbol, como quien espera turno en el médico, mientras charloteaban y fanfarroneaban sobre cualquier habilidad, especialmente las relacionadas con las muchachitas a las que creían enamorar con una sola de sus ingeniosas frases. El roble recibió aquel extraordinario riego seminal y lo absorbió a través de su reblandecida corteza durante años.
Años después nació la pequeña Lorie. Nada más nacer, de su espalda, entre sus vértebras, afloraban unos extraños bulbos que los doctores no supieron evaluar. Era la primera vez que veían algo así. La niña no se quejaba; al no haber dolor, los doctores decidieron esperar antes de someterla, tan pequeñita, a una intervención quirúrgica. Los bulbos comenzaron a crecer; un buen día se abrieron y aparecieron unas verdes yemas de las que comenzaron a brotar verdes hojas. La comunidad científica, al igual que los familiares, observaron perplejos el fenómeno: un precioso robledo crecía a lo largo de su columna.
Nadie recordó que Lorie fue concebida una noche bajo aquel roble del Prado Negro, recostada contra su tronco. Así, a través de la piel, entrando por sus poros, penetrando hasta su óvulo recién fertilizado, el roble impregnó a su madre con su resina fecundadora, al igual que él había sido impregnado tantas veces, resentido, enojado y agraviado, cruel vengador de su inadvertido sufrimiento.
LOVE IS IN THE AIR
El cielo se cubrió de hormonas. Los paseantes se sorprendieron sintiendo, de pronto, una irresistible atracción por quienes pasaban a su lado, fuera cual fuera su aspecto o condición. Comenzaron ruborizándose, después acercándose, casi olisqueándose como los animales; luego, sin presentarse siquiera, sin decir su nombre o entonar exquisitas galanterías, algunos comenzaron a acariciarse, después a besarse y, perdiendo el dominio de sus actos, hacían el amor entre los coches y detrás de los arbustos. Después ya ni siquiera se escondían, pues veían a todo el mundo a su alrededor haciendo lo mismo que ellos.
Un anciano que penetraba a una linda muchachita oriental, tras el orgasmo, profirió un escandaloso alarido de placer cuya onda expansiva destruyó todas las hormonas latentes. Y de pronto todo el mundo recuperó el rubor y, separándose bruscamente, sacudiéndose los cuerpos y colocándose las ropas, huyó rápidamente de allí, dejando las calles cubiertas de restos de éxtasis.
Un anciano que penetraba a una linda muchachita oriental, tras el orgasmo, profirió un escandaloso alarido de placer cuya onda expansiva destruyó todas las hormonas latentes. Y de pronto todo el mundo recuperó el rubor y, separándose bruscamente, sacudiéndose los cuerpos y colocándose las ropas, huyó rápidamente de allí, dejando las calles cubiertas de restos de éxtasis.
BREVE HISTORIA DE AMOR INANIMADO
Ocurrió repentinamente, como ocurren los accidentes; quizá, si hubiese podido hablar, no habría sabido decir si estaba dormido y se despertó o estaba latente y el contacto con el agua salada dio una nueva dimensión a su existencia. La cuestión es que formaba parte de un enorme contenedor lleno de pequeños patitos de goma como él, junto a otros grupos de tortugas, castores y ranas de diferentes colores y formas que los distinguían con claridad de los demás, cuando un accidente precipitó aquel contenedor en alta mar, golpeándolo contra el barco, lo que hizo que se abriera y todo aquel ejército de goma saliera atropelladamente, empujado por una ansiedad producto de la diferencia de densidad, hacia la superficie, emergiendo como un volcán para situarse sobre el agua como si aterrizara, suavemente, cabeza arriba, sin perder esa dignidad tan perfectamente calculada que obliga a todos los juguetes a situarse siempre en la misma posición de flotación.
Al principio se sintió confuso, pues de pronto tuvo que encajar la conciencia que adquirió sobre su propia existencia junto a la de los demás juguetes en la nueva forma de vida que le había sido impuesta por el puro azar, pero pronto volvió, tras la tormenta, el adormecedor movimiento de las olas y ese movimiento, unido a su inanimidad, lo sumió de nuevo en un profundo sueño.
Despertó sobresaltado cuando un rayo de sol se descubrió entre las nubes. El aspecto del mar era mucho más calmado y era evidente que muchos de sus compañeros habían ido desapareciendo, dejándose llevar por corrientes oceánicas diferentes a la suya. El sol se ocultó de nuevo entregándolo a un nuevo letargo.
Había transcurrido bastante tiempo, quizá una semana o quizá más, cuando volvió a despertar. Esta vez era un despertar más suave, el despertar del sueño excesivo, que se produce muy lentamente, abriendo y cerrando los ojos –en su caso no era un abrir y cerrar de ojos exacto, sino un adquirir y perder la conciencia, puesto que sus ojos estaban pintados y no tenían párpados–, pasando de tenerlos la mayor parte del tiempo cerrados a tenerlos abiertos, poco a poco, paulatinamente. A su alrededor los otros juguetes habían desaparecido. De pronto tuvo también conciencia de su soledad y se imaginó desde muy lejos, quizá desde la luna, siendo observado como un punto amarillo en medio un enorme océano azul. Pero esta sensación le duró muy poco tiempo, aunque sí el suficiente como para inquietarlo. Poco después vio a lo lejos un pequeño punto amarillo, sin duda de otro patito de goma que navegaba a la deriva como él. Lo miró primero con curiosidad, después con ilusión, finalmente con ansiedad.
Tardó mucho tiempo en darse cuenta de que su proximidad al otro patito solo dependía de la corriente del mar y de que por más que pensara en nadar nunca conseguiría mover aquel cuerpo que era un todo, sin alas ni patas ni salientes de ningún tipo que le permitiesen remar hacia su nuevo compañero.
La corriente caprichosa quiso que poco a poco el pato fuera acercándose. A cada subida y bajada del mar el pato parecía estar cada vez más cerca, igual que los niños cuando juegan, una dos y tres al escondite inglés sin mover las manos ni los pies, y cuando quiso darse cuenta el pato estaba ya a su lado, casi tocándolo, y era tal la emoción de tener un igual tan cerca que por un agujerito de su cabeza salió, expelido por un golpe de mar, un sorprendente “cuac” de aire y pequeñas gotas de agua salada como bienvenida. El pato se acercó tanto que sus picos estaban a punto de chocarse, algo que de pronto deseó con intensidad. A cada oleada el pato se acercaba y se alejaba justo a apenas unos milímetros de distancia; creía que no se habían tocado aún, pero tampoco su fabricante dio sensibilidad a su estructura, de modo que podría ocurrir que se tocaran y no llegase a sentir absolutamente nada. Intrigado, además de emocionado, se concentró fuertemente en ese momento y observó sin perder detalle a su compañero, su amigo, su enamorado pato con el que deseaba navegar a la deriva para siempre.
Una ola empujó al pato hacia él y, tras un leve roce entre sus buches –durante el cual los picos no parecieron llegar a tocarse–, el pato pasó de largo, como si se marchara sin despedirse, sin siquiera mirar hacia él.
La corriente continuó su curso. El pato se fue alejando del mismo modo que había ido acercándose. Cuando ya casi le había perdido, a lo lejos, triste y desolado, el pato cayó en una nueva corriente y comenzó de nuevo a acercarse hacia él. Esta vez pasó de largo sin llegar siquiera a estar tan cerca como para tocarlo. Sin embargo, en su tercer encuentro el choque se produjo de espaldas, lo que le hizo girar y entrar en una nueva corriente que lo alejó nuevamente.
Una y otra vez los patos se acercaron y alejaron; una y otra vez aquellos cuerpos de goma, tan huecos por dentro, se llenaban y vaciaban de la ilusión de volverse a ver. En ninguno de sus encuentros coincidieron sus picos en un improvisado beso de goma.
La última vez que se vieron estaban tan seguros de volver a encontrarse que ya no sintieron ilusión o desilusión al compás de las olas, sino una especie de resignación mezclada con una inmensa ternura.
Uno de ellos amaneció en una fría playa de Alaska. Un niño lo encontró enredado con las algas entre las rocas y se lo guardó entre sus juguetes. Después lo tiró a la basura, pues el sol y la sal lo habían descolorido por completo.
LA MALDICIÓN DE LOS INSECTOS PELUSA
No recuerdo cuánto tiempo llevaba viviendo en aquella casa cuando mamá apareció. Me había mudado hacía meses, pero no sabría decir si dos o quince. A juzgar por la cara de mamá el número era más cercano al quince que al dos.
Recorrió escandalizada todas las habitaciones. Reconozco que hasta ese momento no se me había ocurrido observar la casa como si estuviera en un maldito museo y mucho menos para darme cuenta de que estaba sucia y limpiarla, algo sobre lo que ni siquiera había reflexionado en esos momentos que todos dedicamos a reflexionar en la adolescencia sobre las cuestiones que nos resultan esenciales para vivir. Mamá fue elaborando verbalmente y a toda velocidad una interminable lista de tareas que yo había omitido: abrir las ventanas o, como ella dijo, ventilar, barrer, fregar, limpiar el polvo, pasar la aspiradora, lavar las cortinas, las toallas, las sábanas, recoger la ropa del suelo, limpiar los cristales, tirar los envases vacíos al cubo de basura, junto con los alimentos podridos de la nevera. Tantas y tantas cosas que comenzó a agobiarme escucharla, con ese tono que empleaba para el reproche, lleno de altibajos, yendo del agudo al grave y del grave al agudo como hace la soprano para calentar la voz, que no sabe uno a qué atenerse, si al momento en el que la voz desciende y se agrava, adquiriendo un tono más melodramático, o a ese otro momento en que la voz va escalando notas hasta llegar al agudo más molesto, volviéndose pura histeria e incontrolable nerviosismo. Es cierto que me avergonzó un poco escucharla al principio, cuando el sonido era más grave, pero después me dejé llevar por esos estridentes agudos y comencé a mirarla con desagrado. Se agachó a recoger una pelusa del suelo, que se escapó volando como si intuyera su destino, y eso me hizo saltar.
Jurándole en falso que limpiaría sin falta fui avanzando con ella, casi empujándola, hacia la puerta. Cuando por fin cerré, miré a mi alrededor y los ojos de mi madre invadieron mi mente haciéndome ver toda la mierda que me rodeaba. Las pelusas estaban por todas partes, en el suelo de todas las habitaciones, pero incluso en los muebles y sobre la ropa. Por un momento tuve la sensación de que se movían por sí mismas, de que tenían vida propia, y un instinto dormido, sin duda proveniente del gen materno, me impulsó a limpiar. Fui hasta la cocina en busca de la escoba pero al entrar vi una cerveza que había abierto al llegar mi madre y al agarrarla y beber un trago todos aquellos genes bajaron con ella por mi garganta, licuándose, de modo que me giré y volví a mi habitación sin hacer nada.
A media tarde pensé: “mañana sin falta limpio el apartamento”. Lo que no sé precisar es si lo dije en voz alta, lo cual explicaría sin duda por qué ocurrió todo. Después, la imprescindible ejecución de las mil estúpidas tareas que surgían cada vez que me sentaba frente al ordenador me mantuvo despierto hasta las tres de la mañana.
Llevaba aproximadamente una hora durmiendo cuando sentí unos pinchazos que derivaron mi sueño hacia una visita al acupuntor. Era un doctor chino delgado, de rostro enjuto y huesudo y nariz afilada, que sonreía sin cesar. La habitación era muy oscura y apenas se apreciaban algunos detalles: farolillos rojos de papel seda, cordones dorados, tapices con paisajes acuáticos y letreros con grafías chinas expresando cualquier concepto quizá relacionado con la acupuntura. El acupuntor se había colocado una aguja entre cada uno de los dedos y se acercó a mí con la misma postura con la que un pianista se acerca al piano justo antes de dejar caer sus manos sobre las teclas: Sol, Sol, Sol, Re#, Fa, Fa, Fa, Re, con fuerza y al mismo tiempo con armonía y dulzura. Tumbado en la camilla, no podía evitar sonreír igual que él, de forma involuntaria, como si me hubiese contagiado y al mismo tiempo porque los pinchazos de las agujas –había vuelto a colocar entre sus dedos una nueva dosis y la dejaba caer nuevamente, esta vez sobre mis piernas– me hacían cosquillas, de modo que en cada compás de aquella singular sinfonía –no sabría decir si realmente escuchaba la quinta sinfonía de Beethoven o me la estaba imaginando, aunque poco importa, puesto que estaba soñando– primero sentía una punzada y después un suave hormigueo. El doctor chino, si es que era un doctor, habida cuenta de la diferencia de opiniones que existe sobre la acupuntura en cuanto a su base científica y su efectividad terapéutica, continuó clavándome agujas sin descanso. Llevaba ya un buen rato cuando decidí abrir los ojos, pues sospechaba que mi cuerpo se asemejaba a esas alturas al de un erizo con un ataque de pánico. Abrí los ojos –después comprobé que en realidad lo que había hecho era soñar con abrirlos– y contemplé horrorizado un cuerpo absolutamente plagado de agujas que lejos de parecer el de un erizo más bien recordaba a una alfombra de clavos o a uno de esos juegos “pin art” que son como una cama de clavos que cuando uno los aplasta, dependiendo de con qué y cómo lo haga, adquieren diferentes formas. El acupuntor se giró y al mirarme de pronto su sonrisa me pareció una sonrisa maléfica, lo que me arrancó un grito que me hizo despertar.
Al abrir los ojos, casi aliviado al descubrir que se había terminado la pesadilla, noté el mismo dolor que cuando estaba en el sueño y me miré buscando la explicación. No veía bien, pues la oscuridad de la noche me negaba una buena iluminación, pero estaba recubierto de algo oscuro y blando como el algodón, excepto que ese algodón se movía y su movimiento me provocaba aquellos pinchazos; era como si me hubiese crecido el vello desmesuradamente mientras dormía y el propio vello se me estuviera clavando en la carne. Se escuchaba un desagradable y constante crujido salivoso como el que se escucha cuando alguien come cerca de nosotros. Alargué la mano y encendí la luz. Todo mi cuerpo estaba invadido por asquerosas pelusas. Me levanté y me sacudí sobresaltado, asqueado y confuso. Las pelusas cayeron al suelo y se apartaron como si se alejaran de mí. Una de ellas continuaba pegada a mi pierna y cuando me acerqué a quitarla descubrí que estaba clavada en ella, como si se hubiese insertado debajo de mi piel. Me acerqué para verla mejor y entonces encontré entre los pelos y el polvo un minúsculo rostro animal, con unos desagradables y abombados ocelos negros y una pequeña boca que me estaba mordiendo la piel. Aterrorizado, sacudí aquella pelusa y me eché hacia atrás para ver la habitación casi desde la puerta: había pelusas por todas partes, incluso por la pared, y no era mi imaginación: se estaban moviendo.
El médico comenzó por atribuirme gratuitamente un episodio psicótico que me indujo a autolesionarme pinchándome repetidamente con una o varias agujas por todo el cuerpo; después, según leí en el informe, mi estado mental, unido al dolor provocado por los pinchazos y a la hinchazón que estos desataron, sobre todo en mis piernas, desembocó en una alucinación. Y, por lo tanto, los insectos pelusa no existen. De modo que estoy jodido, porque o bien insisto en afirmar que los insectos pelusa me atacaron, lo que acabará por provocar mi internamiento en un centro psiquiátrico, o bien tengo que mentir, afirmar que los insectos pelusa no existen, que yo me hice los pinchazos y admitir que soy un psicópata ocasional que vio visiones.
Y lo peor es que ahora ya no puedo dormir hasta que no he limpiado completamente la habitación, cosa que hago a diario, sea cual sea esa habitación, mientras martillea en mi cerebro la premonitoria frase que mi madre dijo al marcharse: “esas pelusas un día te van a comer”.
Recorrió escandalizada todas las habitaciones. Reconozco que hasta ese momento no se me había ocurrido observar la casa como si estuviera en un maldito museo y mucho menos para darme cuenta de que estaba sucia y limpiarla, algo sobre lo que ni siquiera había reflexionado en esos momentos que todos dedicamos a reflexionar en la adolescencia sobre las cuestiones que nos resultan esenciales para vivir. Mamá fue elaborando verbalmente y a toda velocidad una interminable lista de tareas que yo había omitido: abrir las ventanas o, como ella dijo, ventilar, barrer, fregar, limpiar el polvo, pasar la aspiradora, lavar las cortinas, las toallas, las sábanas, recoger la ropa del suelo, limpiar los cristales, tirar los envases vacíos al cubo de basura, junto con los alimentos podridos de la nevera. Tantas y tantas cosas que comenzó a agobiarme escucharla, con ese tono que empleaba para el reproche, lleno de altibajos, yendo del agudo al grave y del grave al agudo como hace la soprano para calentar la voz, que no sabe uno a qué atenerse, si al momento en el que la voz desciende y se agrava, adquiriendo un tono más melodramático, o a ese otro momento en que la voz va escalando notas hasta llegar al agudo más molesto, volviéndose pura histeria e incontrolable nerviosismo. Es cierto que me avergonzó un poco escucharla al principio, cuando el sonido era más grave, pero después me dejé llevar por esos estridentes agudos y comencé a mirarla con desagrado. Se agachó a recoger una pelusa del suelo, que se escapó volando como si intuyera su destino, y eso me hizo saltar.
Jurándole en falso que limpiaría sin falta fui avanzando con ella, casi empujándola, hacia la puerta. Cuando por fin cerré, miré a mi alrededor y los ojos de mi madre invadieron mi mente haciéndome ver toda la mierda que me rodeaba. Las pelusas estaban por todas partes, en el suelo de todas las habitaciones, pero incluso en los muebles y sobre la ropa. Por un momento tuve la sensación de que se movían por sí mismas, de que tenían vida propia, y un instinto dormido, sin duda proveniente del gen materno, me impulsó a limpiar. Fui hasta la cocina en busca de la escoba pero al entrar vi una cerveza que había abierto al llegar mi madre y al agarrarla y beber un trago todos aquellos genes bajaron con ella por mi garganta, licuándose, de modo que me giré y volví a mi habitación sin hacer nada.
A media tarde pensé: “mañana sin falta limpio el apartamento”. Lo que no sé precisar es si lo dije en voz alta, lo cual explicaría sin duda por qué ocurrió todo. Después, la imprescindible ejecución de las mil estúpidas tareas que surgían cada vez que me sentaba frente al ordenador me mantuvo despierto hasta las tres de la mañana.
Llevaba aproximadamente una hora durmiendo cuando sentí unos pinchazos que derivaron mi sueño hacia una visita al acupuntor. Era un doctor chino delgado, de rostro enjuto y huesudo y nariz afilada, que sonreía sin cesar. La habitación era muy oscura y apenas se apreciaban algunos detalles: farolillos rojos de papel seda, cordones dorados, tapices con paisajes acuáticos y letreros con grafías chinas expresando cualquier concepto quizá relacionado con la acupuntura. El acupuntor se había colocado una aguja entre cada uno de los dedos y se acercó a mí con la misma postura con la que un pianista se acerca al piano justo antes de dejar caer sus manos sobre las teclas: Sol, Sol, Sol, Re#, Fa, Fa, Fa, Re, con fuerza y al mismo tiempo con armonía y dulzura. Tumbado en la camilla, no podía evitar sonreír igual que él, de forma involuntaria, como si me hubiese contagiado y al mismo tiempo porque los pinchazos de las agujas –había vuelto a colocar entre sus dedos una nueva dosis y la dejaba caer nuevamente, esta vez sobre mis piernas– me hacían cosquillas, de modo que en cada compás de aquella singular sinfonía –no sabría decir si realmente escuchaba la quinta sinfonía de Beethoven o me la estaba imaginando, aunque poco importa, puesto que estaba soñando– primero sentía una punzada y después un suave hormigueo. El doctor chino, si es que era un doctor, habida cuenta de la diferencia de opiniones que existe sobre la acupuntura en cuanto a su base científica y su efectividad terapéutica, continuó clavándome agujas sin descanso. Llevaba ya un buen rato cuando decidí abrir los ojos, pues sospechaba que mi cuerpo se asemejaba a esas alturas al de un erizo con un ataque de pánico. Abrí los ojos –después comprobé que en realidad lo que había hecho era soñar con abrirlos– y contemplé horrorizado un cuerpo absolutamente plagado de agujas que lejos de parecer el de un erizo más bien recordaba a una alfombra de clavos o a uno de esos juegos “pin art” que son como una cama de clavos que cuando uno los aplasta, dependiendo de con qué y cómo lo haga, adquieren diferentes formas. El acupuntor se giró y al mirarme de pronto su sonrisa me pareció una sonrisa maléfica, lo que me arrancó un grito que me hizo despertar.
Al abrir los ojos, casi aliviado al descubrir que se había terminado la pesadilla, noté el mismo dolor que cuando estaba en el sueño y me miré buscando la explicación. No veía bien, pues la oscuridad de la noche me negaba una buena iluminación, pero estaba recubierto de algo oscuro y blando como el algodón, excepto que ese algodón se movía y su movimiento me provocaba aquellos pinchazos; era como si me hubiese crecido el vello desmesuradamente mientras dormía y el propio vello se me estuviera clavando en la carne. Se escuchaba un desagradable y constante crujido salivoso como el que se escucha cuando alguien come cerca de nosotros. Alargué la mano y encendí la luz. Todo mi cuerpo estaba invadido por asquerosas pelusas. Me levanté y me sacudí sobresaltado, asqueado y confuso. Las pelusas cayeron al suelo y se apartaron como si se alejaran de mí. Una de ellas continuaba pegada a mi pierna y cuando me acerqué a quitarla descubrí que estaba clavada en ella, como si se hubiese insertado debajo de mi piel. Me acerqué para verla mejor y entonces encontré entre los pelos y el polvo un minúsculo rostro animal, con unos desagradables y abombados ocelos negros y una pequeña boca que me estaba mordiendo la piel. Aterrorizado, sacudí aquella pelusa y me eché hacia atrás para ver la habitación casi desde la puerta: había pelusas por todas partes, incluso por la pared, y no era mi imaginación: se estaban moviendo.
El médico comenzó por atribuirme gratuitamente un episodio psicótico que me indujo a autolesionarme pinchándome repetidamente con una o varias agujas por todo el cuerpo; después, según leí en el informe, mi estado mental, unido al dolor provocado por los pinchazos y a la hinchazón que estos desataron, sobre todo en mis piernas, desembocó en una alucinación. Y, por lo tanto, los insectos pelusa no existen. De modo que estoy jodido, porque o bien insisto en afirmar que los insectos pelusa me atacaron, lo que acabará por provocar mi internamiento en un centro psiquiátrico, o bien tengo que mentir, afirmar que los insectos pelusa no existen, que yo me hice los pinchazos y admitir que soy un psicópata ocasional que vio visiones.
Y lo peor es que ahora ya no puedo dormir hasta que no he limpiado completamente la habitación, cosa que hago a diario, sea cual sea esa habitación, mientras martillea en mi cerebro la premonitoria frase que mi madre dijo al marcharse: “esas pelusas un día te van a comer”.
DOBLE MENSAJE
Correteaba por aquel campo cantando lindas e inventadas canciones que nunca serían escritas mientras arrancaba flores silvestres para formar un bonito ramo: malvas, cardos, margaritas, amapolas, hierbas de Santiago, celidonias, lavandas, caléndulas, adelfas, pimpinelas, argamulas y jaras, mezcladas con hierbas y ramas, hasta que apenas pudo cerrar la mano. Entonces dio la vuelta, entró en casa, buscó un jarrón, lo llenó de agua y fue colocando las flores y dándoles forma hasta conseguir un bonito ramo, continuando con su canturrear, ensimismada.
Se escuchó un golpe fuerte de cristales rotos y el rebotar contra el suelo de un objeto de gran peso. Se volvió a mirar: el cristal tenía un perfecto agujero redondo de bordes agrietados y en el suelo yacía, inerte, el proyectil, una piedra grisácea redondeada y lisa, sin duda recogida de entre los cantos rodados de la orilla del río. Miró hacia fuera buscando entre los matorrales el movimiento delator, pero no había nadie. Ni siquiera vio moverse algún seto apartado o sintió un crujir de hojas entre los arbustos. Entonces se agachó y recogió la piedra. Grabado en ella a golpe de cincel se leía: “TE QUIERO”. Colocó la piedra en la palma de su mano y la tapó con la otra, casi en una caricia, como se protege una delicada joya o un huevo a medio incubar. Después volvió a asomarse a la ventana, con otro rostro, distendido, sonriente, esperanzado, atrapado entre la curiosidad y la ilusión. En ese momento entró, violentamente, aquella otra piedra. El agujero que dejó en el cristal, tan perfecto como el anterior, esta vez estaba mucho más arriba, exactamente a la altura de su cabeza, contra la que se fue a estrellar haciendo resonar un chasquido y después apartándose hacia el suelo, cayendo por la inviolable ley de la gravedad a la misma velocidad constante que ella, ley que casi recordó antes de perder el sentido, y dejando en su apartarse brotar la sangre a borbotones, como brota la sangre de la cabeza, tan abundante, tan impaciente. El último golpe lo dio en el suelo con la propia cabeza, con el lado contrario al de su herida. La sangre se resbalaba por su frente hasta sus ojos y después por sus mejillas para gotear en el suelo, incesante, hasta agotarse.
Cuando entraron en la casa la chica tenía en su mano fuertemente cerrada una piedra en la que se leía “TE QUIERO”. En el suelo, la otra piedra había caído boca abajo pero, al recogerla y girarla, entre manchas de sangre se leía: “TE ODIO”.
Se escuchó un golpe fuerte de cristales rotos y el rebotar contra el suelo de un objeto de gran peso. Se volvió a mirar: el cristal tenía un perfecto agujero redondo de bordes agrietados y en el suelo yacía, inerte, el proyectil, una piedra grisácea redondeada y lisa, sin duda recogida de entre los cantos rodados de la orilla del río. Miró hacia fuera buscando entre los matorrales el movimiento delator, pero no había nadie. Ni siquiera vio moverse algún seto apartado o sintió un crujir de hojas entre los arbustos. Entonces se agachó y recogió la piedra. Grabado en ella a golpe de cincel se leía: “TE QUIERO”. Colocó la piedra en la palma de su mano y la tapó con la otra, casi en una caricia, como se protege una delicada joya o un huevo a medio incubar. Después volvió a asomarse a la ventana, con otro rostro, distendido, sonriente, esperanzado, atrapado entre la curiosidad y la ilusión. En ese momento entró, violentamente, aquella otra piedra. El agujero que dejó en el cristal, tan perfecto como el anterior, esta vez estaba mucho más arriba, exactamente a la altura de su cabeza, contra la que se fue a estrellar haciendo resonar un chasquido y después apartándose hacia el suelo, cayendo por la inviolable ley de la gravedad a la misma velocidad constante que ella, ley que casi recordó antes de perder el sentido, y dejando en su apartarse brotar la sangre a borbotones, como brota la sangre de la cabeza, tan abundante, tan impaciente. El último golpe lo dio en el suelo con la propia cabeza, con el lado contrario al de su herida. La sangre se resbalaba por su frente hasta sus ojos y después por sus mejillas para gotear en el suelo, incesante, hasta agotarse.
Cuando entraron en la casa la chica tenía en su mano fuertemente cerrada una piedra en la que se leía “TE QUIERO”. En el suelo, la otra piedra había caído boca abajo pero, al recogerla y girarla, entre manchas de sangre se leía: “TE ODIO”.
EL ÚLTIMO CANTO
Muchas veces le habían dicho que no se acercara tanto al micro pero él no le había dado ninguna importancia. Aquel día se acercó tanto al micro que lo envolvió con sus labios como si quisiera comérselo. Al acercarse tanto, abriendo bien la boca para agrandar el canal por el que empujar el aire contra las cuerdas y hacerlas vibrar hasta ese buscado Do sobreagudo, el micrófono se abrió como una flor, agrietándose, quizá por un fenómeno de dilatación proveniente del chorro de aire caliente que salía impulsado con fuerza desde su diafragma, y de él salieron unas plateadas culebras que entraron por su desencajada boca tan velozmente que él apenas pudo sentir un leve cosquilleo que interpretó como efecto de su esfuerzo. El público cercano a la primera fila, que lo había visto todo, gritaba, como gritan los niños en los guiñoles, pretendiendo avisarle de aquella invasión, mientras el cantante se dejaba engalanar por lo que él consideraba gritos de ovación e histeria colectiva rindiéndose ante su incuestionable talento. Calló, entonces, para coger aire; las culebras se le enredaron en la laringe y le bloquearon el paso y, por más que él aspiraba con fuerza, no entraba nada en su garganta. Su rostro se enrojeció y sus ojos se abrieron. Comenzó entonces a toser con fuerza, lo que removió a las culebras y le permitió apenas aspirar un poco de oxígeno. Impulsada por sus exhalaciones, cayó una de aquellas culebras al suelo. El cantante la miró, horrorizado, y a continuación miró al público, que ya huía hacia las escaleras de salida sintiéndose perseguido, tapándose la boca y la nariz para evitar ser el siguiente.
Y allí quedó, solo, mudo y ahogado, en el suelo.
Y allí quedó, solo, mudo y ahogado, en el suelo.
EL DULCE LITERARIO
Le gustaba tanto comer como escribir, de modo que, fundiendo todas sus pasiones en una, compró mil placas de pan de oblea, muy fino, y calentó chocolate hasta licuarlo. Después se sentó y comenzó a mojar la pluma en el chocolate para escribir sobre las placas de pan, poco a poco, durante meses, palabra a palabra, su primera novela.
Cuando terminó, mientras la leía, se la fue comiendo, uniendo así sus dos placeres en uno.
Cuando terminó, mientras la leía, se la fue comiendo, uniendo así sus dos placeres en uno.
LA ANCIANITA
Todas las mañanas, al salir de casa, en el camino a pie hasta el autobús, en uno de los bancos de la calle, sentada, con los ojos cerrados como si durmiera, había una ancianita. Al principio la veía casi sin mirarla, solo pendiente de su camino hacia delante, embebida en sí misma, en sus asuntos. Un día cualquiera, por algún motivo –quizá aquel día había salido pronto de casa y caminaba más lentamente, quizá era un día sin preocupaciones que le permitía mirar a su alrededor, observar los árboles, las aceras, los papeles en el suelo, los pequeños baches de la calzada y hasta el aspecto de las personas con las que se iba cruzando por el camino–, se fijó en aquella anciana. Sonrió con ternura, la ternura que la propia ancianita le suscitaba allí sentada, semiencogida, con los ojos cerrados y la cabeza un tanto encorvada, pero sobre todo completamente inmóvil, rígida como un mueble, inerte como un cadáver; ni siquiera le temblaba una mano o una pierna con ese temblor anciano de la inseguridad de saber que el cuerpo ya no responde a nuestras órdenes con la misma intensidad con que estábamos habituados antaño, en la constantemente evocada juventud. Parecía estar rezando, pensando o, sencillamente, durmiendo.
Al día siguiente, y los días que siguieron a aquel, observó que la ancianita seguía allí; primero pensó que sería una costumbre adquirida, la rutina que salva nuestras vidas del caos, el siempre aconsejado ejercicio tan sano como necesario. Pero después comenzó a observarla con más detenimiento y se dio cuenta de que siempre llevaba la misma ropa y, más adelante, de que siempre estaba sentada en la misma postura. Por un momento pensó que quizá estaba muerta y nadie se había dado cuenta, pero cuando fue hacia atrás en su recuerdo comprendió que había pasado ya un mes desde la primera vez que la vio y ningún cadáver aguanta con tanta entereza el paso del tiempo. Extrañada, sorprendida, sintió el deseo de acercarse a ella, de preguntarle cualquier cosa, de conocerla. Y se prometió que al día siguiente se levantaría un poco más pronto para dejar un margen de tiempo hasta el autobús suficientemente grande como para permitirse saludarla y entablar con ella una pequeña conversación.
Cuando se levantó casi sentía un poco de ansiedad, imaginando las palabras que le diría aquella anciana. Bajó a la calle y la vio a lo lejos, con su misma postura, con su misma ropa, con su misma cabeza encorvada hacia delante, inmensa en su quietud. Se acercó hasta el banco y saludó: “Hola”, pero la mujer no pareció oírla. Entonces se agachó y le dijo un “Hola” interrogante, un “¿Hola?” que más que una invitación al diálogo era una súplica. La anciana continuó estática, sin hacer un solo gesto que indicara que se había dado por enterada. Entonces puso suavemente su mano sobre el brazo de ella, mientras decía: “¿Señora?”, pero nada ocurrió. Se acercó aún más; casi rozaba su nariz con el rostro de la anciana, cuando una mujer, saliendo de un quiosco situado apenas a cincuenta metros, se le acercó riendo.
–Oh, no se moleste –dijo entre risas–. Se trata de una escultura hiperrealista. La pusieron hace un par de meses y todo el mundo cree que es real. La verdad es que está muy bien hecha.
Entre sorprendida y decepcionada, se apartó de la anciana y la observó como alejándose, en esa postura con el cuerpo inclinado hacia atrás que ponemos cuando contemplamos una obra de arte.
–No puedo creerlo –dijo por fin.
–Supongo que el artista quería demostrar que una mujer puede morir en un banco de la calle sin que nadie se dé cuenta en bastante tiempo –aventuró la quiosquera.
–Es triste –respondió.
Hizo un gesto de despedida y echó a andar hasta la parada del autobús. Y a partir de entonces, al salir de casa por las mañanas, daba un rodeo, saliendo dos calles más abajo, para evitar encontrarse con ella.
Al día siguiente, y los días que siguieron a aquel, observó que la ancianita seguía allí; primero pensó que sería una costumbre adquirida, la rutina que salva nuestras vidas del caos, el siempre aconsejado ejercicio tan sano como necesario. Pero después comenzó a observarla con más detenimiento y se dio cuenta de que siempre llevaba la misma ropa y, más adelante, de que siempre estaba sentada en la misma postura. Por un momento pensó que quizá estaba muerta y nadie se había dado cuenta, pero cuando fue hacia atrás en su recuerdo comprendió que había pasado ya un mes desde la primera vez que la vio y ningún cadáver aguanta con tanta entereza el paso del tiempo. Extrañada, sorprendida, sintió el deseo de acercarse a ella, de preguntarle cualquier cosa, de conocerla. Y se prometió que al día siguiente se levantaría un poco más pronto para dejar un margen de tiempo hasta el autobús suficientemente grande como para permitirse saludarla y entablar con ella una pequeña conversación.
Cuando se levantó casi sentía un poco de ansiedad, imaginando las palabras que le diría aquella anciana. Bajó a la calle y la vio a lo lejos, con su misma postura, con su misma ropa, con su misma cabeza encorvada hacia delante, inmensa en su quietud. Se acercó hasta el banco y saludó: “Hola”, pero la mujer no pareció oírla. Entonces se agachó y le dijo un “Hola” interrogante, un “¿Hola?” que más que una invitación al diálogo era una súplica. La anciana continuó estática, sin hacer un solo gesto que indicara que se había dado por enterada. Entonces puso suavemente su mano sobre el brazo de ella, mientras decía: “¿Señora?”, pero nada ocurrió. Se acercó aún más; casi rozaba su nariz con el rostro de la anciana, cuando una mujer, saliendo de un quiosco situado apenas a cincuenta metros, se le acercó riendo.
–Oh, no se moleste –dijo entre risas–. Se trata de una escultura hiperrealista. La pusieron hace un par de meses y todo el mundo cree que es real. La verdad es que está muy bien hecha.
Entre sorprendida y decepcionada, se apartó de la anciana y la observó como alejándose, en esa postura con el cuerpo inclinado hacia atrás que ponemos cuando contemplamos una obra de arte.
–No puedo creerlo –dijo por fin.
–Supongo que el artista quería demostrar que una mujer puede morir en un banco de la calle sin que nadie se dé cuenta en bastante tiempo –aventuró la quiosquera.
–Es triste –respondió.
Hizo un gesto de despedida y echó a andar hasta la parada del autobús. Y a partir de entonces, al salir de casa por las mañanas, daba un rodeo, saliendo dos calles más abajo, para evitar encontrarse con ella.
ABSTRACTO
Lejos de allí, en el centro geográfico del cataclismo, apenas a unos kilómetros, o quizá a unos metros, a lo lejos sobresalía una enorme amalgama. La visión era impresionante, grandiosa, colorida y luminosa, como si se hubieran unido la furia del color y los salvajes rayos de luz estallando en un gran borbotón que lo envolvía todo. En aquella rebelión contra la realidad cotidiana, el sonido no parecía venir de ninguna parte y al mismo tiempo rellenaba el aire con su silbido. Un sonido abierto, en continua expansión, que abrazaba el entorno como si quisiera poner una dulce voz a aquella lluvia cromática. Podía uno acercarse o alejarse de aquel lugar tan acogedor como inhabitable sin sentir estar realizando ninguna de las dos acciones para sí, pues el “dónde” se había quedado, como el “qué” o el “cuándo”, abandonado en otro lugar, en otro momento, postergado, retrasado, rescindido a un espacio de tiempo indeterminado. Todo aquello no era nada y al mismo tiempo era un todo; un todo, quizá, un tanto anonadado. Era absurdo y hermoso, intenso y apagado, estimulante y adormecedor. Pero era, estaba allí, existía y, sin embargo y sobre todo, era etéreo.
EL MERCADER DE TRANQUILIDAD
En la plaza central de aquella diminuta aldea se había instalado una pequeña feria ambulante. Diversas y habituales atracciones: las casetas de tiro, la pesca de patos de goma, el tren de la bruja, la casa del terror, la maza o el “punching ball” se mezclaban con los puestos de comida. Habitantes de los alrededores acudían una vez al año y se paseaban por las calles, que por una semana dejaban de ser calles solitarias y se llenaban de gritos, empujones, algunas discusiones, carreras, carcajadas, abrazos y besos entre rincones.
Un hombre sombrío, vestido con un largo abrigo gris y un sombrero bien calado que, junto al cuello subido de su jersey, le tapaba completamente el rostro, llegó con una mesa y silla plegables, las abrió y las colocó junto al puesto de algodón dulce. Se sentó en la silla, con la mesa ante él, y de uno de los bolsillos de su abrigo sacó un cartel metálico en el que se leía: “VENDO TRANQUILIDAD” y debajo, escrito con un rotulador: “HOY 2 HORAS GRATUITAS DE PRUEBA”.
–Qué absurdo proceder –le dijo de pronto un anciano que, frente a él, apoyado en una de las máquinas del gancho, lo observaba–. Aquí nadie necesita tranquilidad, está usted en el sitio equivocado. ¿No ve que la gente ni siquiera se para a leer su letrero? Y los únicos que lo leemos somos los que ya estamos tranquilos –sentenció.
–Tiene usted razón –respondió el mercader, permaneciendo sentado en la mesa como si lo que acababa de oír no le afectara en lo más mínimo.
El anciano continuó apoyado en la máquina contemplando como la gente pasaba de largo ante el mercader. Pasaron unas dos horas. Absorto, el anciano no se había dado cuenta de que en la feria, a pesar de que continuaba estando llena de gente, reinaba un hermoso silencio en el que se escuchaban apenas suaves conversaciones, casi como un arrullo. Las bocinas de los coches de choque habían dejado de sonar. Los micrófonos de las tómbolas yacían abandonados sobre los mostradores. Las personas sonreían y paseaban en actitud serena y en el aire se respiraba una sorprendente quietud. El anciano se incorporó y se acercó hasta el mercader.
–¿Ha sido usted? –le preguntó.
–¿He sido yo qué? –respondió, falsamente extrañado, el mercader.
–Esta tranquilidad –continuó el anciano–. Usted la ha traído aquí.
Tal y como lo acababa de pronunciar sonaba como una acusación. Entonces el mercader se levantó de la silla, la plegó, después hizo lo propio con la mesa, se colocó ambos aparejos bajo un brazo y echó a andar. El anciano contemplaba la escena sin hablar; no tenía nada que decir, se sentía tranquilo y no necesitaba hablar más. El mercader se fue alejando lentamente. Cuando ya solo quedaba de él un punto negro a lo lejos, sonó la bocina de un claxon y el bullicio volvió a hervir de nuevo.
Un hombre sombrío, vestido con un largo abrigo gris y un sombrero bien calado que, junto al cuello subido de su jersey, le tapaba completamente el rostro, llegó con una mesa y silla plegables, las abrió y las colocó junto al puesto de algodón dulce. Se sentó en la silla, con la mesa ante él, y de uno de los bolsillos de su abrigo sacó un cartel metálico en el que se leía: “VENDO TRANQUILIDAD” y debajo, escrito con un rotulador: “HOY 2 HORAS GRATUITAS DE PRUEBA”.
–Qué absurdo proceder –le dijo de pronto un anciano que, frente a él, apoyado en una de las máquinas del gancho, lo observaba–. Aquí nadie necesita tranquilidad, está usted en el sitio equivocado. ¿No ve que la gente ni siquiera se para a leer su letrero? Y los únicos que lo leemos somos los que ya estamos tranquilos –sentenció.
–Tiene usted razón –respondió el mercader, permaneciendo sentado en la mesa como si lo que acababa de oír no le afectara en lo más mínimo.
El anciano continuó apoyado en la máquina contemplando como la gente pasaba de largo ante el mercader. Pasaron unas dos horas. Absorto, el anciano no se había dado cuenta de que en la feria, a pesar de que continuaba estando llena de gente, reinaba un hermoso silencio en el que se escuchaban apenas suaves conversaciones, casi como un arrullo. Las bocinas de los coches de choque habían dejado de sonar. Los micrófonos de las tómbolas yacían abandonados sobre los mostradores. Las personas sonreían y paseaban en actitud serena y en el aire se respiraba una sorprendente quietud. El anciano se incorporó y se acercó hasta el mercader.
–¿Ha sido usted? –le preguntó.
–¿He sido yo qué? –respondió, falsamente extrañado, el mercader.
–Esta tranquilidad –continuó el anciano–. Usted la ha traído aquí.
Tal y como lo acababa de pronunciar sonaba como una acusación. Entonces el mercader se levantó de la silla, la plegó, después hizo lo propio con la mesa, se colocó ambos aparejos bajo un brazo y echó a andar. El anciano contemplaba la escena sin hablar; no tenía nada que decir, se sentía tranquilo y no necesitaba hablar más. El mercader se fue alejando lentamente. Cuando ya solo quedaba de él un punto negro a lo lejos, sonó la bocina de un claxon y el bullicio volvió a hervir de nuevo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)