-¡Pasen, pasen a la habitación infinita! ¡Por solo 90 céntimos podrán verse repetidos hasta el infinito!
La chica se quedó mirando a aquel tipo y paró a escuchar todo su aprendido argumento para enterarse mejor de cuál era la atracción.
-¡Una habitación en la que solo hay espejos! ¿Nunca ha sentido la intriga de saber qué se refleja si se ponen dos espejos enfrentados? ¡Pasen, pasen, por solo 90 céntimos!
-Yo voy -afirmó la chica sin esperar permiso o confirmación.
-Voy contigo -dijo uno de los chicos.
-¡Pasen, pasen! ¿Señorita? ¡Qué bonito, tanta belleza en esa habitación repetida sin fin!
La chica pagó sonriendo y se dispuso a entrar. El chico sacó el dinero para entrar con ella, pero el hombre le interrumpió:
-No, no, lo siento, muchacho, solo de uno en uno. No pueden entrar dos personas, y menos de sexos diferentes, que esta habitación da ideas -dijo riendo a carcajadas.
El chico se dio la vuelta y volvió junto a sus amigos. Era evidente que esa había sido precisamente su idea, pero el feriante acababa de fastidiársela.
La chica entró en la habitación, cerrando la puerta tras ella. Toda la habitación estaba cubierta con espejos. Con aquel vestido rojo, se veía como si flotara en una gran nada, reflejada en todas direcciones, hacia todas partes, y cada movimiento se convertía en un movimiento masivo, infinito, espectacular. Todo lo que no era ella era un reflejo de la nada en la que se encontraba. Se sintió intimidada y le entraron unas terribles ganas de salir de allí. Pero la puerta se había cerrado y solo podía abrirse desde fuera. Llamó. No pareció escucharla nadie. No quiso hablar, pues tenía miedo de escuchar un eco tan infinito como su imagen, esparcida en todas partes, en el suelo, en el techo, en las cuatro paredes. Necesitaba huir de allí, volver a ser solo una, simplificarse. Intentó reducir su visión sentándose en el suelo de una esquina, pero aquello le producía aún más vértigo, pues entonces veía, reflejados hasta el infinito, los rincones, las esquinas, las ranuras, las manchas, como un profundo abismo en el que estuviera cayendo sin control. Se sintió mareada; se levantó y volvió hacia la puerta dando golpes con el puño hasta hacerse daño. Nada. Al otro lado parecía haber desaparecido el mundo. Empezó a sentirse tan nerviosa que los golpes pasaron a ser demasiado violentos. De pronto sonó un crujido; desde su puño hacia fuera el cristal comenzó a agrietarse, pero ella no podía evitar mirar hacia todos lados y descubrir el espejo infinitamente roto, y golpeó aún más fuerte, rompiéndose el cristal y cayendo los trozos al suelo donde infinitamente impregnaron toda la eternidad de la sangre de su mano, tan roja como su vestido, tan infinita como él.
Cuando el hombre abrió la puerta tan solo habían transcurrido diez minutos. La chica estaba sentada en el suelo, aturdida, tirada, desmadejada, con la mano llena de sangre y el suelo lleno de cristales rotos. Tenía la mirada perdida y pequeños cortes en las piernas, arañazos de cristales rotos sobre los que se había dejado caer antes de perder la consciencia, no de un modo preciso, ni enérgico, ni enfermizo, ni trivial, ni pasajero, sino sencillamente de un modo infinito.
LA AVIDEZ
Entraron en aquel restaurante. La mujer del pelo corto no paraba de repetir: “ya veréis, os va a encantar, os vais a chupar los dedos” y expresiones similares. Se sentaron en la única mesa libre y con un gesto llamaron al camarero.
-Dígame, señora.
-Queremos una de esas bandejas que tenéis de pollo y patatas.
-¿Cuatro medios pollos, señora?
-No, no, eso es mucho, dos medios pollos, es decir, un pollo entero para los cuatro estará bien -miró a los demás-. El pollo no engorda pero tampoco vamos a reventar, ¿verdad?
Recibió la confirmación de su marido y sus amigos, que agitaron la cabeza asintiendo. Desde fuera, desde la mesa de al lado, la de detrás o cualquier otra mesa, se veía con claridad que el tamaño de aquellos cuatro comensales era mucho mayor que el pollo que pretendían ingerir. “Se quedarán con hambre”, pensó el camarero. Por eso preguntó: ”¿Seguro?”. La mujer insistió, con gesto ofendido: “Sí señor, seguro, con un pollo tenemos suficiente”. “Se quedarán con hambre”, pensó una mujer que comía sola en la mesa contigua.
Al rato se presentó el camarero con la bandeja del pollo. Todos se lanzaron unánimemente a probar las patatas fritas, como si temieran entretenerse chupando un huesecillo y perder parte de su ración, que todos intentaban aumentar frente a la de sus compañeros y finalmente ninguno consiguió, si bien hicieron desaparecer todas las patatas fritas en menos de dos minutos. Pasaron al pollo: era un pollo asado a la brasa típico del lugar, con un adobo que le daba un sabor extraordinario. Llevaban apenas un minuto comiendo cuando uno de los dos hombres, el más obeso, se levantó y excusándose fue hacia el baño. Los demás siguieron comiendo, respetando el cuarto de pollo que calculadamente le habían reservado.
El hombre cruzó la sala en dirección a los aseos. Justo delante de él, nada más girar, fuera del campo de visión de los suyos, estaba el fogón donde, además de servir los pollos a los camareros para las mesas, también vendían pollos para llevar. Se acercó hasta él y pidió a la chica un pollo entero para llevar. “Ha tenido suerte, ahora no hay nadie; hace un minuto había una cola enorme”, le dijo la chica, quien encerró el pollo en una fiambrera metálica, encajando y aplastando la tapa bajo un ingenio mecánico especialmente diseñado para ello, y luego lo metió en una bolsa. El hombre pagó el pollo y se fue caminando hacia la puerta, como haría cualquier otro cliente. Junto a la puerta de salida se encontraban los aseos. El hombre abrió la puerta de los aseos y entró en el de caballeros. “Gentlemen”, se leía en la puerta, bajo un simple dibujo de un monigote presumiblemente vestido con un traje, lo que se deducía por contraposición al mirar, en la otra puerta, el otro monigote, el que convivía con el letrero “Ladys”, cuyo atuendo simulaba un vestido. Por un segundo, en una fulminante reflexión, el hombre se preguntó que ocurrió primero, si el dibujo infantil o el cartel del aseo, es decir, si los niños pintan esos monigotes al dibujar hombres y mujeres porque han visto los letreros en los aseos de los bares y restaurantes o bien son los fabricantes de carteles quienes, enternecidos por los dibujos infantiles, los han elegido para elaborar sus letreros.
Dentro, cuatro urinarios pegados a la pared y dos lavabos precedían las puertas de los aseos individuales. El hombre cruzó entre sanitarios que no le interesaba utilizar y veloz, mirando a los lados, como huyendo, se metió en el segundo compartimento. Echó el cerrojo, cerró la tapa del retrete, sacó un trozo de papel higiénico y la limpió un poco; luego se sentó, cruzando las piernas, para que no se vieran desde fuera, en caso de que alguien entrara y agachara la cabeza buscando unos pies tras la puerta; así parecería un retrete averiado, en lugar de uno ocupado, que siempre genera una expectativa que en ese momento no quería provocar. Una vez sentado y tras haber cruzado a duras penas las piernas, colocó la bolsa del pollo sobre ellas, la abrió y levantó la pestaña que atrapaba la tapa dentro de la fiambrera. A toda velocidad, más engullendo que paladeando el pollo, comenzó a comer, tirando primero de las alas, después de los muslos, arrancándolos con una mano mientras con la otra sujetaba el resto del pollo para que no se resbalara ni un trozo, ni la más pequeña gota delatora, hacia el suelo. Mordía la carne y, casi sin masticarla, la deglutía con fuerza, tragando con ansiedad, para sentir el recorrido del pollo por su gaznate mientras su boca se impregnaba de aquel delicioso sabor apenas sin esfuerzo, como parte de un todo que sucedía atropelladamente, sin tiempo para detenerse.
Comió un pollo entero en apenas cuatro minutos. Cuando terminó, y créanme que terminó todo el pollo, chupando hasta el último hueso, y que ni el ama de casa más acostumbrada a convertir las sobras en croquetas habría podido sacar ni el más mínimo resto de aquella fiambrera, volvió a colocar la tapa, aplastándolo todo para disminuir su tamaño lo más posible y, cerrando la bolsa, ayudado con las dos manos, apretó nuevamente hasta reducir los restos a un amasijo del tamaño de una pelota de tenis. Tiró de la cadena, quizá por costumbre, ya que fuera no había nadie y, saliendo del compartimento, tiró su pequeño amasijo en la papelera, cruzó los lavabos, donde se detuvo un segundo a lavarse un poco las manos, salió de los aseos y volvió a recorrer todo el camino hasta su mesa.
-Vaya, ya estás aquí -le dijo su esposa-. Hemos pedido otro pollo, el camarero tenía razón, uno era muy poco para los cuatro y nos estábamos quedando con hambre. Está tan rico.
-Genial –respondió y, sentándose en la silla, continuó comiendo su trozo reservado, esta vez sí, paladeando lentamente cada bocado.
Su mujer no dijo nada pero vio claramente que bajo su barbilla se le había quedado pegado un trozo de pollo que no tenía cuando se levantó para ir al lavabo. Al salir pasaron por el fogón y su mujer, mirándolo con picardía, dijo: “¡Mira, también venden pollos para llevar!”, pero él, lejos de comprender aquella mirada llena de sarcasmo, pensó: “si tú supieras” y siguió caminando con aire triunfal.
-Dígame, señora.
-Queremos una de esas bandejas que tenéis de pollo y patatas.
-¿Cuatro medios pollos, señora?
-No, no, eso es mucho, dos medios pollos, es decir, un pollo entero para los cuatro estará bien -miró a los demás-. El pollo no engorda pero tampoco vamos a reventar, ¿verdad?
Recibió la confirmación de su marido y sus amigos, que agitaron la cabeza asintiendo. Desde fuera, desde la mesa de al lado, la de detrás o cualquier otra mesa, se veía con claridad que el tamaño de aquellos cuatro comensales era mucho mayor que el pollo que pretendían ingerir. “Se quedarán con hambre”, pensó el camarero. Por eso preguntó: ”¿Seguro?”. La mujer insistió, con gesto ofendido: “Sí señor, seguro, con un pollo tenemos suficiente”. “Se quedarán con hambre”, pensó una mujer que comía sola en la mesa contigua.
Al rato se presentó el camarero con la bandeja del pollo. Todos se lanzaron unánimemente a probar las patatas fritas, como si temieran entretenerse chupando un huesecillo y perder parte de su ración, que todos intentaban aumentar frente a la de sus compañeros y finalmente ninguno consiguió, si bien hicieron desaparecer todas las patatas fritas en menos de dos minutos. Pasaron al pollo: era un pollo asado a la brasa típico del lugar, con un adobo que le daba un sabor extraordinario. Llevaban apenas un minuto comiendo cuando uno de los dos hombres, el más obeso, se levantó y excusándose fue hacia el baño. Los demás siguieron comiendo, respetando el cuarto de pollo que calculadamente le habían reservado.
El hombre cruzó la sala en dirección a los aseos. Justo delante de él, nada más girar, fuera del campo de visión de los suyos, estaba el fogón donde, además de servir los pollos a los camareros para las mesas, también vendían pollos para llevar. Se acercó hasta él y pidió a la chica un pollo entero para llevar. “Ha tenido suerte, ahora no hay nadie; hace un minuto había una cola enorme”, le dijo la chica, quien encerró el pollo en una fiambrera metálica, encajando y aplastando la tapa bajo un ingenio mecánico especialmente diseñado para ello, y luego lo metió en una bolsa. El hombre pagó el pollo y se fue caminando hacia la puerta, como haría cualquier otro cliente. Junto a la puerta de salida se encontraban los aseos. El hombre abrió la puerta de los aseos y entró en el de caballeros. “Gentlemen”, se leía en la puerta, bajo un simple dibujo de un monigote presumiblemente vestido con un traje, lo que se deducía por contraposición al mirar, en la otra puerta, el otro monigote, el que convivía con el letrero “Ladys”, cuyo atuendo simulaba un vestido. Por un segundo, en una fulminante reflexión, el hombre se preguntó que ocurrió primero, si el dibujo infantil o el cartel del aseo, es decir, si los niños pintan esos monigotes al dibujar hombres y mujeres porque han visto los letreros en los aseos de los bares y restaurantes o bien son los fabricantes de carteles quienes, enternecidos por los dibujos infantiles, los han elegido para elaborar sus letreros.
Dentro, cuatro urinarios pegados a la pared y dos lavabos precedían las puertas de los aseos individuales. El hombre cruzó entre sanitarios que no le interesaba utilizar y veloz, mirando a los lados, como huyendo, se metió en el segundo compartimento. Echó el cerrojo, cerró la tapa del retrete, sacó un trozo de papel higiénico y la limpió un poco; luego se sentó, cruzando las piernas, para que no se vieran desde fuera, en caso de que alguien entrara y agachara la cabeza buscando unos pies tras la puerta; así parecería un retrete averiado, en lugar de uno ocupado, que siempre genera una expectativa que en ese momento no quería provocar. Una vez sentado y tras haber cruzado a duras penas las piernas, colocó la bolsa del pollo sobre ellas, la abrió y levantó la pestaña que atrapaba la tapa dentro de la fiambrera. A toda velocidad, más engullendo que paladeando el pollo, comenzó a comer, tirando primero de las alas, después de los muslos, arrancándolos con una mano mientras con la otra sujetaba el resto del pollo para que no se resbalara ni un trozo, ni la más pequeña gota delatora, hacia el suelo. Mordía la carne y, casi sin masticarla, la deglutía con fuerza, tragando con ansiedad, para sentir el recorrido del pollo por su gaznate mientras su boca se impregnaba de aquel delicioso sabor apenas sin esfuerzo, como parte de un todo que sucedía atropelladamente, sin tiempo para detenerse.
Comió un pollo entero en apenas cuatro minutos. Cuando terminó, y créanme que terminó todo el pollo, chupando hasta el último hueso, y que ni el ama de casa más acostumbrada a convertir las sobras en croquetas habría podido sacar ni el más mínimo resto de aquella fiambrera, volvió a colocar la tapa, aplastándolo todo para disminuir su tamaño lo más posible y, cerrando la bolsa, ayudado con las dos manos, apretó nuevamente hasta reducir los restos a un amasijo del tamaño de una pelota de tenis. Tiró de la cadena, quizá por costumbre, ya que fuera no había nadie y, saliendo del compartimento, tiró su pequeño amasijo en la papelera, cruzó los lavabos, donde se detuvo un segundo a lavarse un poco las manos, salió de los aseos y volvió a recorrer todo el camino hasta su mesa.
-Vaya, ya estás aquí -le dijo su esposa-. Hemos pedido otro pollo, el camarero tenía razón, uno era muy poco para los cuatro y nos estábamos quedando con hambre. Está tan rico.
-Genial –respondió y, sentándose en la silla, continuó comiendo su trozo reservado, esta vez sí, paladeando lentamente cada bocado.
Su mujer no dijo nada pero vio claramente que bajo su barbilla se le había quedado pegado un trozo de pollo que no tenía cuando se levantó para ir al lavabo. Al salir pasaron por el fogón y su mujer, mirándolo con picardía, dijo: “¡Mira, también venden pollos para llevar!”, pero él, lejos de comprender aquella mirada llena de sarcasmo, pensó: “si tú supieras” y siguió caminando con aire triunfal.
LA FALLIDA ESTRATEGIA DE LEILA
Leila terminó de repasar los últimos detalles de su cena; comprobó el mantel, las servilletas; miró las copas al trasluz buscando la marca de un dedo o cualquier otro tipo de mancha que se le hubiera podido escapar; revisó los platos, los cubiertos, recolocó las flores, alineó las sillas con la mesa, se aseguró de haber colocado las velas y el encendedor. Miró el reloj: ya eran casi las ocho. Escuchó al cuco cantando en la casa vecina. Escuchó el ascensor parando en su piso y la puerta abriéndose. Escuchó los pasos hasta su puerta. Sonó el timbre.
-Hola -dijo el vecino del primer piso-. Traigo el recibo de este mes. ¿Vengo en mal momento?
-Oh, no, pasa, pasa -le respondió Leila-. Estoy esperando a mi novio pero no te preocupes, llegará tarde; siempre le pasa.
-Puedo venir en otro momento -insistió.
-De verdad que no, no es necesario, pasa. ¿Quieres una cerveza?
-Pues yo… No quiero molestar.
-No, hombre, no molestas. Toma, así me entretengo mientras tanto. Voy a buscar el dinero. Pasa, venga, siéntate, no te preocupes.
Desapareció tras una puerta. En ese momento sonó el teléfono. El vecino la escuchó hablar, sentado incómodamente en el sofá y agarrando pesadamente su cerveza.
-¿Sí? Hola, cariño. ¿Cómo? Pero tengo todo preparado, ya está la mesa… ¿Qué? ¡Cariño, no puedes…! Quiero decir, sí, sí puedes, pero yo… No entiendo nada, no sé a qué viene esto. ¿No puedes venir y hablarlo? ¿Lo sientes? ¿Cómo que lo sientes? ¡Yo lo siento! ¡Vete a la mierda!
El vecino escuchó un pitido indicando que Leila había colgado el teléfono. Hubo un momento de tensión y silencio en el que él se levantó y allí de pie miró a su alrededor buscando dónde dejar la cerveza. Entonces ella salió.
-Perdona, me han llamado por teléfono -le dijo.
-Ya -respondió el vecino, por decir algo-. Si quieres, mejor vengo en otro momento -añadió.
-Oh, no. Verás -le miró fijamente a los ojos-, era mi novio. Acaba de dejarme, así, de repente, sin venir a cuento, con la cena preparada.
El vecino estaba visiblemente nervioso.
-Yo… Tengo que irme, lo siento -dijo empujando la cerveza hacia sus brazos y saliendo tan rápidamente de allí que casi cerró la puerta de un portazo.
Leila se quedó mirando la puerta con la cerveza en una mano y el teléfono en la otra. Bajó la cabeza y se sentó en una de las sillas. Marcó un número.
-Hola. Tu idea para ligarme al vecino no ha funcionado, ha salido corriendo. ¿Y ahora qué coño hago con la cena? -reprochó a su amiga.
-Yo iré a comérmela contigo -le respondió ella riendo.
-Hola -dijo el vecino del primer piso-. Traigo el recibo de este mes. ¿Vengo en mal momento?
-Oh, no, pasa, pasa -le respondió Leila-. Estoy esperando a mi novio pero no te preocupes, llegará tarde; siempre le pasa.
-Puedo venir en otro momento -insistió.
-De verdad que no, no es necesario, pasa. ¿Quieres una cerveza?
-Pues yo… No quiero molestar.
-No, hombre, no molestas. Toma, así me entretengo mientras tanto. Voy a buscar el dinero. Pasa, venga, siéntate, no te preocupes.
Desapareció tras una puerta. En ese momento sonó el teléfono. El vecino la escuchó hablar, sentado incómodamente en el sofá y agarrando pesadamente su cerveza.
-¿Sí? Hola, cariño. ¿Cómo? Pero tengo todo preparado, ya está la mesa… ¿Qué? ¡Cariño, no puedes…! Quiero decir, sí, sí puedes, pero yo… No entiendo nada, no sé a qué viene esto. ¿No puedes venir y hablarlo? ¿Lo sientes? ¿Cómo que lo sientes? ¡Yo lo siento! ¡Vete a la mierda!
El vecino escuchó un pitido indicando que Leila había colgado el teléfono. Hubo un momento de tensión y silencio en el que él se levantó y allí de pie miró a su alrededor buscando dónde dejar la cerveza. Entonces ella salió.
-Perdona, me han llamado por teléfono -le dijo.
-Ya -respondió el vecino, por decir algo-. Si quieres, mejor vengo en otro momento -añadió.
-Oh, no. Verás -le miró fijamente a los ojos-, era mi novio. Acaba de dejarme, así, de repente, sin venir a cuento, con la cena preparada.
El vecino estaba visiblemente nervioso.
-Yo… Tengo que irme, lo siento -dijo empujando la cerveza hacia sus brazos y saliendo tan rápidamente de allí que casi cerró la puerta de un portazo.
Leila se quedó mirando la puerta con la cerveza en una mano y el teléfono en la otra. Bajó la cabeza y se sentó en una de las sillas. Marcó un número.
-Hola. Tu idea para ligarme al vecino no ha funcionado, ha salido corriendo. ¿Y ahora qué coño hago con la cena? -reprochó a su amiga.
-Yo iré a comérmela contigo -le respondió ella riendo.
EL CASTILLO
Se despidió de su familia y desapareció en su dormitorio. Impaciente, estaba tan nervioso que se cambió de ropa muy lentamente. Se metió en la cama y al apagar la luz cerró los ojos un momento, sabiendo que no iba a dormirse. Al rato los abrió y pudo comprobar que la tenue luz que pasaba tras las cortinas le permitía distinguir cada rincón de la habitación. Entonces esperó, sin pensar en nada. Solo esperar.
Dos horas después escuchó las voces de sus padres recorriendo el camino hacia el final del día, primero en el baño, donde sonó el motor de los cepillos dentales, después en la cocina, donde escuchó el deglutir del nocturno vaso de agua; nuevamente en el baño, donde la cisterna remató el chorrear de la última micción. Finalmente, el dormitorio cerró su puerta y se hizo el silencio. Aún un rato más, el rato justo para asegurarse de que sus padres se habían, por fin, quedado dormidos.
Miró el reloj: eran casi las 3 de la mañana. Quizá se había dormido un momento, pensó, pero ya seguro de que la noche se había tragado la casa entera, se levantó muy despacio y metió la mano bajo la cama. Ahí estaba. Arrodillado en el suelo, alcanzó la caja y la empujó hacia fuera con cuidado. Después abrió el cajón de la cómoda y buscó a tientas, en la parte de atrás, hasta dar con la mecha y el encendedor. Abrió el balcón y la luna llenó la habitación de tenues tonos azulados. A la derecha, en la pared del patio comunitario, pasaba de largo hacia el tejado la escalera de incendios. Buscó su mochila, alzó la caja con cuidado, aguantando el peso, y la metió dentro. Antes de cerrarla, añadió, en uno de los pequeños bolsillos, la mecha y el encendedor. Cerró todo y, sentado en el suelo, acercó la mochila hasta colocársela a la espalda. Después se giró hasta estar de rodillas y apoyándose en la cama logró ponerse de pie. La mochila pesaba más de lo que su infantil cuerpecillo era capaz de aguantar sin esfuerzo, pero su deseo de vivir aquella experiencia lo llenaba de energía, de modo que salió al balcón, se agarró a la barra de la escalera y comenzó a subir hasta el tejado. Al llegar arriba comprendió que no podría caminar erguido sobre el tejado y decidió continuar arrastrándose. Afortunadamente las tejas ya no estaban sueltas como antes, sino fuertemente sujetas, lo que le permitía, además de arrastrarse sobre ellas, poder agarrarse y evitar resbalar hacia abajo. Avanzó por el tejado hasta llegar a lo más alto, donde encontró un hueco entre dos de las chimeneas para girarse hasta sentarse. Se desprendió de la mochila y la abrió, extrayendo la caja, que colocó sobre una de las chimeneas. Era el lugar perfecto. Tiró de la mecha hacia fuera y buscó un camino para escapar hasta el otro lado del tejado; si corría junto a las chimeneas podía llegar muy rápidamente, pues la última fila de tejas era doble, lo que hacía que el suelo no quedase tan inclinado. No sin cierto miedo probó el camino y vio que era posible. Abrió el bolsillo pequeño de la mochila y sacó la mecha y el encendedor. Prendió la mecha, soplándola después fuertemente, hasta que en el extremo encendido se hizo una bola anaranjada de la que, cuando paraba de soplar, salía un humo gris con fuerte olor a quemado. Entonces se levantó, colgándose la mochila vacía, miró hacia atrás, volviendo a recorrer mentalmente el tejado hasta el lado contrario, se acercó a la caja, acercó la mecha encendida a la que había sacado hacia fuera de la caja, esperó un poco, se asustó cuando la chispa saltó y comenzó a recorrer la mecha de la caja, salió corriendo, más rápido de lo que había imaginado en su prueba, hasta llegar al otro extremo del tejado, se sentó bajo la última chimenea, ladeando un poco la cabeza para ver mejor, y entonces se produjo el milagro.
Los cohetes comenzaron a salir de uno en uno; la fuerza que los lanzaba hacia el cielo producía un sonido intimidante. Cada uno de aquellos cohetes subió, elevándose hasta lo más alto, donde estalló con un penetrante tronar y una lluvia de chispas de color se expandió por el cielo formando preciosas y espléndidas palmeras. El chico permaneció sentado, con la boca abierta, emocionado y sorprendido, contemplando aquella maravilla. Muchas veces había imaginado aquel momento, pero su esforzada imaginación nunca había llegado a alcanzar tan grandiosa belleza.
Un poco más abajo, en las casas vecinas, los habitantes se asomaban extrañados y contemplaban el espectáculo sin saber por dónde venía. Sus padres también se despertaron, pero no quisieron entrar a decir nada al niño por no interrumpir su descanso. El castillo duró apenas unos segundos, pero fueron los mejores segundos de su vida. Después, extasiado, fatigado, vencido, se quedó dormido allí mismo y solo despertó al amanecer, cuando el renacer del día y el sol asomando sobre la línea desnuda del horizonte le trajeron, como un regalo, una nueva imagen para adornar sus mejores recuerdos.
Dos horas después escuchó las voces de sus padres recorriendo el camino hacia el final del día, primero en el baño, donde sonó el motor de los cepillos dentales, después en la cocina, donde escuchó el deglutir del nocturno vaso de agua; nuevamente en el baño, donde la cisterna remató el chorrear de la última micción. Finalmente, el dormitorio cerró su puerta y se hizo el silencio. Aún un rato más, el rato justo para asegurarse de que sus padres se habían, por fin, quedado dormidos.
Miró el reloj: eran casi las 3 de la mañana. Quizá se había dormido un momento, pensó, pero ya seguro de que la noche se había tragado la casa entera, se levantó muy despacio y metió la mano bajo la cama. Ahí estaba. Arrodillado en el suelo, alcanzó la caja y la empujó hacia fuera con cuidado. Después abrió el cajón de la cómoda y buscó a tientas, en la parte de atrás, hasta dar con la mecha y el encendedor. Abrió el balcón y la luna llenó la habitación de tenues tonos azulados. A la derecha, en la pared del patio comunitario, pasaba de largo hacia el tejado la escalera de incendios. Buscó su mochila, alzó la caja con cuidado, aguantando el peso, y la metió dentro. Antes de cerrarla, añadió, en uno de los pequeños bolsillos, la mecha y el encendedor. Cerró todo y, sentado en el suelo, acercó la mochila hasta colocársela a la espalda. Después se giró hasta estar de rodillas y apoyándose en la cama logró ponerse de pie. La mochila pesaba más de lo que su infantil cuerpecillo era capaz de aguantar sin esfuerzo, pero su deseo de vivir aquella experiencia lo llenaba de energía, de modo que salió al balcón, se agarró a la barra de la escalera y comenzó a subir hasta el tejado. Al llegar arriba comprendió que no podría caminar erguido sobre el tejado y decidió continuar arrastrándose. Afortunadamente las tejas ya no estaban sueltas como antes, sino fuertemente sujetas, lo que le permitía, además de arrastrarse sobre ellas, poder agarrarse y evitar resbalar hacia abajo. Avanzó por el tejado hasta llegar a lo más alto, donde encontró un hueco entre dos de las chimeneas para girarse hasta sentarse. Se desprendió de la mochila y la abrió, extrayendo la caja, que colocó sobre una de las chimeneas. Era el lugar perfecto. Tiró de la mecha hacia fuera y buscó un camino para escapar hasta el otro lado del tejado; si corría junto a las chimeneas podía llegar muy rápidamente, pues la última fila de tejas era doble, lo que hacía que el suelo no quedase tan inclinado. No sin cierto miedo probó el camino y vio que era posible. Abrió el bolsillo pequeño de la mochila y sacó la mecha y el encendedor. Prendió la mecha, soplándola después fuertemente, hasta que en el extremo encendido se hizo una bola anaranjada de la que, cuando paraba de soplar, salía un humo gris con fuerte olor a quemado. Entonces se levantó, colgándose la mochila vacía, miró hacia atrás, volviendo a recorrer mentalmente el tejado hasta el lado contrario, se acercó a la caja, acercó la mecha encendida a la que había sacado hacia fuera de la caja, esperó un poco, se asustó cuando la chispa saltó y comenzó a recorrer la mecha de la caja, salió corriendo, más rápido de lo que había imaginado en su prueba, hasta llegar al otro extremo del tejado, se sentó bajo la última chimenea, ladeando un poco la cabeza para ver mejor, y entonces se produjo el milagro.
Los cohetes comenzaron a salir de uno en uno; la fuerza que los lanzaba hacia el cielo producía un sonido intimidante. Cada uno de aquellos cohetes subió, elevándose hasta lo más alto, donde estalló con un penetrante tronar y una lluvia de chispas de color se expandió por el cielo formando preciosas y espléndidas palmeras. El chico permaneció sentado, con la boca abierta, emocionado y sorprendido, contemplando aquella maravilla. Muchas veces había imaginado aquel momento, pero su esforzada imaginación nunca había llegado a alcanzar tan grandiosa belleza.
Un poco más abajo, en las casas vecinas, los habitantes se asomaban extrañados y contemplaban el espectáculo sin saber por dónde venía. Sus padres también se despertaron, pero no quisieron entrar a decir nada al niño por no interrumpir su descanso. El castillo duró apenas unos segundos, pero fueron los mejores segundos de su vida. Después, extasiado, fatigado, vencido, se quedó dormido allí mismo y solo despertó al amanecer, cuando el renacer del día y el sol asomando sobre la línea desnuda del horizonte le trajeron, como un regalo, una nueva imagen para adornar sus mejores recuerdos.
MITAD Y MITAD
El viento mecía las hojas de los árboles suavemente: primero a la izquierda, luego a la derecha, izquierda, derecha, provocando un sonido arrullador. El sol aún brillante alimentaba con su luz aquellas hojas sedientas de fotosíntesis. El aire fresco y el cielo despejado avivaban los colores.
Bajo aquella enorme calma, ajenos a la brisa, pasaban, efervescentes, montones de coches y personajes que iban y venían con prisa, resonando ajenos al arrullar del viento: rugientes motores, cláxones, gritos, golpes, saludos y despedidas, alarmas, melodías polifónicas, timbres, conversaciones, silbidos, portazos, sirenas, discusiones, frenazos, ladridos, canciones; como si dos universos paralelos, el de la armonía y el de la agitación, se hubiesen encontrado, por azar, en el mismo lugar, negándose a reconocerse.
Bajo aquella enorme calma, ajenos a la brisa, pasaban, efervescentes, montones de coches y personajes que iban y venían con prisa, resonando ajenos al arrullar del viento: rugientes motores, cláxones, gritos, golpes, saludos y despedidas, alarmas, melodías polifónicas, timbres, conversaciones, silbidos, portazos, sirenas, discusiones, frenazos, ladridos, canciones; como si dos universos paralelos, el de la armonía y el de la agitación, se hubiesen encontrado, por azar, en el mismo lugar, negándose a reconocerse.
EL SABIO IMPOTENTE
Cuentan de un sabio que iba caminando por un sendero hacia la Gran Biblioteca del Mundo, donde todos los conocimientos tenían lugar. El sendero era irregular y estaba lleno de baches y piedras de tal forma allí dispuestas que el sabio constantemente tropezaba con alguna de ellas. Y ocurría que el sabio tropezaba, caía y se levantaba, pero volvía a tropezar, volvía a caer y volvía a levantarse; y así, tropezando, cayendo y levantándose, transcurrió gran parte del camino. Al fin, un día el sabio reflexionó hasta alcanzar una conclusión irrefutable: si al caer se levantaba siempre podría volver a caer, pero no así sucedería si no llegara a levantarse. Entonces tomó la determinación de permanecer en el suelo. De este modo no tendría que volver a caerse y solo tendría que habituarse a caminar arrastrándose por el sendero.
Y así lo hizo. El sabio avanzó, desde esta nueva perspectiva, por una buena parte del sendero, lógicamente, sin caerse. De este modo la propia experiencia le daba la razón. Pero un buen día sus ropas, a consecuencia del roce, terminaron por rasgarse y el sabio, al arrastrarse por el camino, ya no necesitó caerse para sentir el mismo dolor que antaño, en sus caídas pasadas, pues las piedras le raían la piel y se la llenaban de arañazos y, al continuar arrastrándose, su cuerpo no encontraba un respiro para curarse, antes bien sus heridas se hacían cada vez más y más profundas.
El sabio paró para reflexionar de nuevo. Entonces comprendió que, si observaba con calma el camino, podría ver las piedras antes de tropezarse con ellas y, apartándolas, continuaría su recorrido sin caerse. Y así lo hizo.
Aquel constante examen de la superficie por la que caminaba y ese otro constante detenerse a apartar las piedras le hacía avanzar tan despacio que el sabio comenzó a desesperar. Hizo una parada para reflexionar de nuevo y entonces se dio cuenta de que su exhaustiva exploración le había servido para reconocer las piedras nada más verlas y, en lugar de retirarlas del camino, reparó en que podía saltarlas sin encontrarse con ellas.
Y finalmente el sabio, saltando las piedras del camino, llegó hasta la Gran Biblioteca del Mundo, en Alejandría, justo un día después del gran incendio.
Y el sabio ya solo pudo dedicarse a analizar lo ocurrido y llegar a la conclusión de que quizá, y solo quizá, si hubiese continuado su camino como al principio, tropezando, cayendo y levantándose, habría logrado llegar antes a su destino y de que la prudencia solo sirve para perder el tiempo. Pero quizá entonces habría perecido bajo el fuego.
Y así lo hizo. El sabio avanzó, desde esta nueva perspectiva, por una buena parte del sendero, lógicamente, sin caerse. De este modo la propia experiencia le daba la razón. Pero un buen día sus ropas, a consecuencia del roce, terminaron por rasgarse y el sabio, al arrastrarse por el camino, ya no necesitó caerse para sentir el mismo dolor que antaño, en sus caídas pasadas, pues las piedras le raían la piel y se la llenaban de arañazos y, al continuar arrastrándose, su cuerpo no encontraba un respiro para curarse, antes bien sus heridas se hacían cada vez más y más profundas.
El sabio paró para reflexionar de nuevo. Entonces comprendió que, si observaba con calma el camino, podría ver las piedras antes de tropezarse con ellas y, apartándolas, continuaría su recorrido sin caerse. Y así lo hizo.
Aquel constante examen de la superficie por la que caminaba y ese otro constante detenerse a apartar las piedras le hacía avanzar tan despacio que el sabio comenzó a desesperar. Hizo una parada para reflexionar de nuevo y entonces se dio cuenta de que su exhaustiva exploración le había servido para reconocer las piedras nada más verlas y, en lugar de retirarlas del camino, reparó en que podía saltarlas sin encontrarse con ellas.
Y finalmente el sabio, saltando las piedras del camino, llegó hasta la Gran Biblioteca del Mundo, en Alejandría, justo un día después del gran incendio.
Y el sabio ya solo pudo dedicarse a analizar lo ocurrido y llegar a la conclusión de que quizá, y solo quizá, si hubiese continuado su camino como al principio, tropezando, cayendo y levantándose, habría logrado llegar antes a su destino y de que la prudencia solo sirve para perder el tiempo. Pero quizá entonces habría perecido bajo el fuego.
EL REINO BIPOLAR
La mujer torero pelaba patatas cuando un ruido la sacó de su aletargada tarea. Se acercó a la ventana, sin soltar el cuchillo, y se encaramó un poco para ver mejor. Por la colina, apurado y sudoroso, subía a grandes zancadas el hombre bala. Sonrió tiernamente. En el jardín, el hombre rana regaba las plantas mientras, con sus tijeras de podar, se entretenía en recortar las ramas con primor, como si de ella misma se tratase, la mujer barbuda. Junto a ellos, el hombre elefante y la mujer florero preparaban las mesas para comer. A la entrada, el hombre invisible pasaba el rastrillo por el césped retirando las hojas secas, las colillas, los papeles y otras inmundicias. En el salón la mujer fatal preparaba los cócteles para el aperitivo y el hombre lobo charlaba animadamente con la mujer vampiro. Había un innegable flirteo entre ellos.
Un poco más tarde, tan solo unos minutos, el hombre araña y la mujer pública regresaron, tras hacer algunas compras de última hora. En ese momento, como si hubiese estado esperándolas, el hombre objeto se acercó a la barbacoa y encendió el fuego.
El hombre mosca llegó hasta el equipo de música y encendió el aparato. Sonaba una canción de Hombres G ; tendió su mano hacia la mujer pantera y bailaron.
Comieron y bebieron. Rieron y bailaron. Era un precioso día de verano.
Un poco más tarde, tan solo unos minutos, el hombre araña y la mujer pública regresaron, tras hacer algunas compras de última hora. En ese momento, como si hubiese estado esperándolas, el hombre objeto se acercó a la barbacoa y encendió el fuego.
El hombre mosca llegó hasta el equipo de música y encendió el aparato. Sonaba una canción de Hombres G ; tendió su mano hacia la mujer pantera y bailaron.
Comieron y bebieron. Rieron y bailaron. Era un precioso día de verano.
EL ESPÍRITU DÍSCOLO DE PITÁGORAS
Los frailes caminaban cabizbajos, en señal de humildad, por la acera del polideportivo. Para no levantar la vista perdían el tiempo contemplando los dedos gordos de sus pies, asomando alternativamente a cada paso por debajo de su hábito, ensartados en aquellas sandalias de cuero viejo. Dios, o algún otro personaje inspirado y perspicaz, colocó allí a aquella prostituta de enorme escote y minúscula falda para demostrar que solo uno de los ojos estaba pendiente de la humildad en la sandalia, mientras el otro, disimuladamente, por su rabillo, controlaba lo que había a su alrededor, de tal modo que, justo un par de metros antes de llegar hasta ella, los frailes, sin levantar la vista aparentemente de sus castigados pies ni siquiera para comprobar el tráfico en la calle, cruzaron en diagonal hasta la acera de enfrente y, nada más alcanzarla, volvieron a cruzar de nuevo, para retomar la acera dos metros después de la mujer, proyectando en su recorrido un imaginario triángulo rectángulo perfecto cuyo vértice en ángulo recto se encontraba en la acera de enfrente y, trazando la mediatriz hasta el otro lado de la acera, cortando en dos partes iguales la hipotenusa, la línea imaginaria acababa entre las piernas de la prostituta. Pero qué digo Dios, sin duda aquella broma fue obra de Pitágoras.
EL ÚLTIMO DESEO
La vi pasar. Agazapado tras la esquina, observé sus curvas contoneándose, penduleando, hipnotizando las miradas; me perdí en su manera de echar hacia atrás los hombros, mostrando su escote como se muestra lo más importante en un escaparate, centrado, levantado y lleno de luz, cuyo movimiento al mismo tiempo empujaba hacia atrás también su lindo culito, como si su cuerpo fuera una “S” que se arquea para resaltar todas las partes que despiertan el sexo, por delante y por detrás, miradme, no importa quién me mire ni desde dónde lo haga porque soy toda sexo, toda para vosotros, miradme, imaginadme siendo toda vuestra, soñad conmigo, desnudadme, tocadme, poseedme en sueños, en vuestros sueños calientes y apasionados. Eso iba diciendo. Y yo apenas entiendo por qué tiene que ir así por la calle, por qué tiene que ir pidiendo a gritos que la miren y la deseen si solo me quiere a mí, si solo yo soy quien tiene que desearla y a mí me basta con llegar a casa y desnudarla y comprobar que están ahí todas sus curvas y sus eses, solo para mí, solo para mi deseo. Así que estaba allí escondido, mirándola, intentando entenderla, observando a todos los hombres que la iban mirando y sonreían con deseo, poseyéndola en sueños, imaginándola desnuda como ella quería, y, sinceramente, me estaba poniendo enfermo. Noté como me subía el calor a las mejillas, como mi corazón latía con fuerza empujando la sangre hacia mi cara y aún más lejos hasta llegar a mi cerebro, como se me calentaba la cara al tiempo que me empezaban a llegar hirvientes ideas llenas de violencia. Un hombre le murmuró algo al pasar y ella sonrió orgullosa. Maldita zorra. Apenas me atrevía a moverme de allí porque sabía que al salir de mi escondite la tarde terminaría en drama. Pero ella entró en el bar y la perdí de vista, así que me vi obligado a salir y acercarme lentamente, pero lentamente era una palabra imposible porque yo estaba apretando el paso para no perderme ni un segundo de sus pavoneos. La vi a través del cristal de la puerta, sentándose sobre la banqueta y dejando que se levantara su falda para dejar también las piernas al descubierto invitando a la vista a subir y bajar desde su entrepierna hasta sus zapatos de tacón alto, deleitándose, deteniéndose, una y otra vez.
Cuando me lancé sobre ella no sé qué iba diciendo, ni siquiera qué estaba intentando hacer; recuerdo que había por lo menos cinco hombres sujetándome y yo aún intentaba salir de aquel enredo de brazos apretando enérgicamente; recuerdo su cara de pánico que ya no sonreía; pero lo que más recuerdo es que a partir de ese momento ya nadie la miraba con deseo, sino con pena. A partir de ese momento fue mía, me perteneció más que nunca, porque me convertí en el único hombre que la deseaba.
Después ya nunca volví a verla.
Cuando me lancé sobre ella no sé qué iba diciendo, ni siquiera qué estaba intentando hacer; recuerdo que había por lo menos cinco hombres sujetándome y yo aún intentaba salir de aquel enredo de brazos apretando enérgicamente; recuerdo su cara de pánico que ya no sonreía; pero lo que más recuerdo es que a partir de ese momento ya nadie la miraba con deseo, sino con pena. A partir de ese momento fue mía, me perteneció más que nunca, porque me convertí en el único hombre que la deseaba.
Después ya nunca volví a verla.
EL GRILLO
Quería haberse acostado temprano, pero no tenía sueño, de modo que encendió el televisor y se sentó a ver un rato cualquier programa, buscando sus conocidas propiedades soporíferas. Pasaron casi dos horas y, viendo que no conseguía encontrar su sueño, decidió acostarse igualmente imaginando que antes o después su cuerpo se rendiría al poder de la noche. Ya en la cama, dando vueltas para buscar la postura, sintió un intenso dolor entre las cejas anunciándole una desagradable noche de insomnio. Entonces empezó a oírlo. El grillo sonaba fuertemente, bajo su ventana, en aquella habitación oscura y silenciosa, poniendo la aguda nota discordante que le prometía, además del insomnio que llevaba ya puesto junto al camisón, una noche estridente, odiosa. Tras unos minutos de esfuerzo por ignorar aquel irritante silbido, se levantó de la cama y abrió la ventana. Se hizo el silencio. El grillo descansaba en la cornisa baja de la balconada. Por eso —pensó asintiendo— lo escuchaba tan cerca y tan penetrante. ¿Cómo habría llegado hasta allí? Creía que los grillos no volaban. En fin, solo tenía que echarlo, empujarlo fuera de su cornisa, y quizá eso le daría el silencio que necesitaba para quedarse dormida. Estiró el brazo, intentando llegar hasta él, agarrándose con fuerza al alféizar para no caer. Casi llegaba, tan solo le quedaban unos diez centímetros de nada. Estaba tan cerca... Levantó una pierna, imitando a los jugadores de billar cuando no llegan bien a la bola desde esas imponentes mesas de billar inglés, pero aún quedaba un poquito para alcanzarlo y el grillo, bien por no apreciar en la oscuridad de la noche el dedo acercándose hasta él o quizá por ser consciente de esa pequeña distancia que lo salvaba de una nocturna agitación que no fuera la de frotar sus alas, no movió siquiera una antena. Sin darse cuenta, casi como les ocurre en ocasiones a los propios jugadores —los malos— fue levantando el otro pie hasta estar totalmente encaramada a la ventana. Para asegurarse mejor, apoyó el pie izquierdo en el cristal, como si fuese a escalar una pared lisa. Ya solo faltaba un centímetro para llegar, era evidente que estaba a punto de conseguirlo. Respiró hondo e hizo el último esfuerzo por estirar su dedo hasta sacudir hacia un lado al animal y verlo precipitarse cuatro pisos hacia abajo, sin llegar nunca a perder su imagen, como si la guiara y precediera en su propia caída, porque estaba cayendo a continuación perdiendo el apoyo del pie izquierdo que resbaló del cristal y se levantó hacia atrás sacando su respingón culo hacia fuera y haciéndole caer, en posición vertical, sentada en el suelo, cuatro pisos más abajo.
Ya en el hospital, entre sueños, recordaba la caída del grillo a toda velocidad, pero la suya propia como si hubiese ocurrido muy lentamente. En su delirio, rodeada por su familia y delante de la enfermera, levantó la cabeza, abrió los ojos y preguntó: “¿Cómo está el grillo? ¿Sobrevivió?”.
Ya en el hospital, entre sueños, recordaba la caída del grillo a toda velocidad, pero la suya propia como si hubiese ocurrido muy lentamente. En su delirio, rodeada por su familia y delante de la enfermera, levantó la cabeza, abrió los ojos y preguntó: “¿Cómo está el grillo? ¿Sobrevivió?”.
CUALIDADES ENFRENTADAS: LA GENEROSIDAD FRENTE A LA MODESTIA
-Tómelo. Es suyo.
-Oh, no, muchas gracias, de veras. Es demasiado para mí, no puedo aceptarlo.
-¿Demasiado? No se preocupe, usted lo merece. Tómelo.
-De verdad que no, me hace usted sentir sofocado.
-Pero es que yo quiero dárselo, insisto.
-Y yo insisto en que es demasiado, por favor, se lo ruego.
-Lo dejaré aquí y, si camba de opinión, aquí seguirá para usted -zanjó, levantándose de la mesa en un acto de desapego.
Tres años después alguien lo encontró en el trastero.
-¿De quién es esto? ¿Puedo quedármelo? Es perfecto para mi hijo -dijo, y lo guardó sin esperar respuesta.
-Oh, no, muchas gracias, de veras. Es demasiado para mí, no puedo aceptarlo.
-¿Demasiado? No se preocupe, usted lo merece. Tómelo.
-De verdad que no, me hace usted sentir sofocado.
-Pero es que yo quiero dárselo, insisto.
-Y yo insisto en que es demasiado, por favor, se lo ruego.
-Lo dejaré aquí y, si camba de opinión, aquí seguirá para usted -zanjó, levantándose de la mesa en un acto de desapego.
Tres años después alguien lo encontró en el trastero.
-¿De quién es esto? ¿Puedo quedármelo? Es perfecto para mi hijo -dijo, y lo guardó sin esperar respuesta.
CUALIDADES ENFRENTADAS: LA IGNORANCIA FRENTE A LA ARROGANCIA
“Usted no sabe quién soy yo”, dijo, y era cierto, pues no tenía ni idea de quién era.
NO ERA UN JUEGO
Salieron corriendo del colegio. Parecían huir despavoridos de la educación como si de una deflagración se tratase. Pepín y su amigo se fueron calle abajo hasta llegar a la casa de Pepín. Verlos correr, tan flacos y chiquitos, con aquella enorme cartera, resultaba agotador. Llegaron a la casa. Pepín sacó las llaves y abrió con soltura, acostumbrado a bastarse a sí mismo en aquella enorme familia en la que todo el mundo tenía siempre algo que hacer. Pepín había tenido que acostumbrarse a hacerse todo él solo, lo que le hacía sentir adulto. Y eso le enorgullecía, de modo que su forma de sacar las llaves de la cartera y abrir la puerta de la casa le daba un aire de arrogancia frente a su amigo. “¡Vamos!”, le dijo al abrir, y entraron. Pepín tiró la cartera a la entrada e hizo un gesto a su amigo para que la tirase junto a la suya. Un hombre fuerte y alto se cruzó con ellos. “¿Ya estás aquí, Pepín? ¿Tan tarde es ya?”, dijo, y desapareció por la puerta de la cocina. Pepín y su amigo atravesaron el pasillo hasta llegar al salón, donde una mujer mostraba prendas de ropa a otras tres mujeres más. La mujer miró a Pepín y su amigo y continuó vendiendo su género sin hacer siquiera un gesto. Pepín salió del salón por la otra puerta, que daba a otro pasillo. Al abrirla chocó con otro hombre: “Eh, ten cuidado, bribón”, le dijo aquel hombre, sujetándolo de la cabeza, que le quedaba a la altura de la cadera, para pasar hacia el salón. Sonrió a su amigo, mostrando sus dientes ennegrecidos. Pepín entró al pasillo y giró a la derecha para llegar hasta la habitación. Otra mujer, de más edad que la anterior, se asomó por otra puerta. “¡Pepín, no te escondas en el cuarto, hay que ayudar con la comida!”, dijo, pero Pepín guiñó el ojo a su amigo, ignorando las órdenes, y entró en la habitación. La habitación estaba vacía; únicamente cuatro muebles de camas abatibles ocupaban una de las paredes. De las otras tres paredes colgaban, colocados a todas las alturas y posiciones, montones de pequeñas barras clavadas en ángulo a modo de gancho. Pepín abrió un cajón de uno de los muebles-cama, sacó un rollo de cuerda fina y comenzó a enganchar la cuerda entre las varas de la pared realizando un laberíntico dibujo que atravesaba toda la habitación. Su amigo lo miraba asombrado. La mujer que le había reprendido asomó de nuevo. “Ah, estás aquí tú también”, dijo al amigo, como si aquello cambiara la situación. Señaló a Pepín con el dedo y continuó hablando. “Nos tiene hartos con este juego que se ha inventado. Su padre le consiguió una consola y ni siquiera la ha encendido. ¿La quieres? Seguro que te la regala, no le interesa lo más mínimo. Está todo el día con sus cuerdas jugando a colarse entre ellas sin tocarlas”. El amigo sonreía, con fingido interés, sin hablar, mientras observaba atentamente como Pepín comenzaba su juego.
Diez años más tarde, el amigo de Pepín veía las noticias cuando hablaron de un importante robo en un museo. Al mostrar las medidas de seguridad que el ladrón había esquivado, un experto explicaba la colocación de los sensores de movimiento en las habitaciones, ilustrándolo con un dibujo de líneas rojas entremezcladas cruzando las paredes. Nada más ver aquel dibujo, el amigo de Pepín supo quién había sido el autor del robo. Involuntariamente, dejó escapar una risa cómplice, pues él también había llegado a atravesar de niño, en aquel juego, aquellos mismos detectores.
Diez años más tarde, el amigo de Pepín veía las noticias cuando hablaron de un importante robo en un museo. Al mostrar las medidas de seguridad que el ladrón había esquivado, un experto explicaba la colocación de los sensores de movimiento en las habitaciones, ilustrándolo con un dibujo de líneas rojas entremezcladas cruzando las paredes. Nada más ver aquel dibujo, el amigo de Pepín supo quién había sido el autor del robo. Involuntariamente, dejó escapar una risa cómplice, pues él también había llegado a atravesar de niño, en aquel juego, aquellos mismos detectores.
NÚMEROS QUE BAILAN (ejercicio de surrealismo)
Las vacaciones estaban programadas para doce días, pero seis sueños se le repetían como pesadillas haciéndole beber agua cuatro veces en aquel escaso periodo de tiempo en el que dos amores le llenaron la cabeza de pájaros. Sin embargo, todo podía haber sido mucho peor, porque tan solo sumando el número uno a su situación habría entrado en una rueda de trece días de vacaciones en la que siete sueños se le repetirían como pesadillas y por más que bebiera agua cinco veces en aquel escaso periodo de tiempo no conseguiría evitar que tres amores le llenaran la cabeza de pájaros. Quizá si restara uno se encontraría con que, en once días de vacaciones, cinco sueños se le iban a repetir como pesadillas haciéndole beber agua tres veces en aquel escaso periodo de tiempo en el que un amor le estaba llenando la cabeza de pájaros, pero si aún restaba otro más entonces en las vacaciones, de diez días, solo cuatro sueños se le repetirían como pesadillas, haciéndole beber agua únicamente dos veces, pero habría perdido el amor. Y si iba restando después dejaría de beber agua para lograr evitar que los sueños se repitieran como pesadillas, pero entonces sus vacaciones tan solo durarían dos días.
Y esa es la esencia de la vida: renunciar o resistir.
Y esa es la esencia de la vida: renunciar o resistir.
EL CÍRCULO PERFECTO
Cuando la línea del principio se encontró con la del fin, comprendió que ya nunca podría saber por dónde había empezado.
MALOS TIEMPOS PARA LA VIDA
El niño se abrazó a la pierna de su madre. Amedrentado y hambriento, no podía sonreír. El soldado se acercó a él, se agachó y le acarició la mejilla. Su madre no se movía. El niño aún apretaba más los brazos hasta pellizcarle la piel bajo la falda. “Es un niño muy guapo”, dijo el soldado. La madre hizo un esfuerzo y esbozó una leve sonrisa que casi terminó en una mueca de dolor. “¿Van a llevárselo?”, dijo. El soldado no respondió. Continuó su camino, pasando revista entre las demás familias. Cuando terminó, llamó al soldado adolescente y le dijo, señalando con el dedo: “Ese, ese otro, aquel del fondo y este de aquí”. “Con el debido respeto, Señor, ¿no es este niño demasiado pequeño para reclutar?”, preguntó, agachando la cabeza en señal de reverencia, el soldado adolescente. “Sí, pero agárralo, porque si no quizá la próxima vez que volvamos se nos haya muerto de hambre”.
MUERTE DEDUCTIVA
Cuando al despertar vio un cielo de color verde y unas redondeadas nubes en tonos violáceos paseando velozmente sobre el blanco mar se dio cuenta de que era muy probable que ya estuviera muerto.
LA COMUNICACIÓN IMPOSIBLE
Érase una vez un ser vivo con una mente privilegiada que tenía sensaciones y pensamientos imposibles de imaginar por un ser humano. Sin embargo, su mente no registraba esas sensaciones y pensamientos ni, por extensión, los sentimientos, las opiniones, los teoremas y los principios, en una superficie de carne provista de neuronas formando un sistema nervioso de conexiones eléctricas, ni tampoco, por poner otro ejemplo, en una superficie de silicio revestida de plástico verde y llena de pegotes de estaño. Su sistema era también un sistema nervioso, pero los nervios y las distintas neuronas que viajaban por sus circuitos se adaptaban y convivían en una superficie vegetal.
Durante millones de años los descubrimientos y reflexiones de cada ser vivo de esta especie adquirieron grandes dimensiones, pues la comunicación entre ellos y, por lo tanto, entre las sociedades y generaciones a lo largo de la historia, viajaba a través del barro o la tierra más o menos húmeda y la conexión a ella era inherente a estas criaturas, por lo que, a pesar de su completamente imposibilitada capacidad de movimiento, la información viajaba por el mundo a gran velocidad y todos aquellos seres, compartiendo su sabiduría con los otros, disfrutaban de las mismas posibilidades en su vida. Las tesis y las hipótesis, los razonamientos y los sentimientos, las alegrías y las angustias, los retos y las conformidades, pasaban de uno a otro ser haciéndose, en cada viaje, más y más grandiosos.
Fuera, allá arriba, sobre la tierra, los seres humanos paseaban de acá para allá, desplazándose, inventando ruedas, motores de explosión, motores a reacción, creando aparatos para comunicarse en la distancia, teléfonos, ordenadores, micrófonos, señales de humo, elevándose en el cielo para volver a bajar convirtiendo el movimiento en uno de los fundamentos de la inteligencia, sin saber que el movimiento no ha de ser necesariamente el de las personas sino el de las ideas.
Ahí arriba nadie sabía lo que pasaba allí abajo. Ni siquiera lo supieron cuando arrancaron la raíz de la cebolla, ni siquiera lo supieron cuando sus vapores irritaron sus ojos haciéndoles llorar sin motivo, ni siquiera cuando se envenenaron comiendo las setas equivocadas o cuando el agrio sabor del limón erizó el vello de sus brazos.
Arriba solo se guiaban por el movimiento y el ruido y su piedad solo se dirigía hacia los seres que huían gritando. Nunca hacia los que se quedaban plantados en la tierra sin hablar, sin siquiera agitar las ramas si no era llevados por el azar de la fuerza del viento.
-¿Mamá, por qué nosotros no comemos carne? –preguntó la niña.
-Porque no queremos hacer sufrir a los demás seres vivos de este planeta –respondió la madre entre crujidos de lechuga.
Durante millones de años los descubrimientos y reflexiones de cada ser vivo de esta especie adquirieron grandes dimensiones, pues la comunicación entre ellos y, por lo tanto, entre las sociedades y generaciones a lo largo de la historia, viajaba a través del barro o la tierra más o menos húmeda y la conexión a ella era inherente a estas criaturas, por lo que, a pesar de su completamente imposibilitada capacidad de movimiento, la información viajaba por el mundo a gran velocidad y todos aquellos seres, compartiendo su sabiduría con los otros, disfrutaban de las mismas posibilidades en su vida. Las tesis y las hipótesis, los razonamientos y los sentimientos, las alegrías y las angustias, los retos y las conformidades, pasaban de uno a otro ser haciéndose, en cada viaje, más y más grandiosos.
Fuera, allá arriba, sobre la tierra, los seres humanos paseaban de acá para allá, desplazándose, inventando ruedas, motores de explosión, motores a reacción, creando aparatos para comunicarse en la distancia, teléfonos, ordenadores, micrófonos, señales de humo, elevándose en el cielo para volver a bajar convirtiendo el movimiento en uno de los fundamentos de la inteligencia, sin saber que el movimiento no ha de ser necesariamente el de las personas sino el de las ideas.
Ahí arriba nadie sabía lo que pasaba allí abajo. Ni siquiera lo supieron cuando arrancaron la raíz de la cebolla, ni siquiera lo supieron cuando sus vapores irritaron sus ojos haciéndoles llorar sin motivo, ni siquiera cuando se envenenaron comiendo las setas equivocadas o cuando el agrio sabor del limón erizó el vello de sus brazos.
Arriba solo se guiaban por el movimiento y el ruido y su piedad solo se dirigía hacia los seres que huían gritando. Nunca hacia los que se quedaban plantados en la tierra sin hablar, sin siquiera agitar las ramas si no era llevados por el azar de la fuerza del viento.
-¿Mamá, por qué nosotros no comemos carne? –preguntó la niña.
-Porque no queremos hacer sufrir a los demás seres vivos de este planeta –respondió la madre entre crujidos de lechuga.
LAS TRES GAVIOTAS
Las tres gaviotas se acercaron a la playa al atardecer. Dos de ellas sobrevolaban a gran velocidad el mar, asustando y siguiendo a los peces que, escurridizos, huían hacia cualquier parte y hacia todas con asombrosa coordinación, unidos a cada sacudida en el agua, hacia un lado, hacia otro, como si todos hubieran aprendido con inefable exactitud todos los pasos de una estudiada coreografía. La otra subía hasta el lugar más alto desde el que poder aún divisar a los peces y después, girándose boca abajo a la vez que cerraba sus alas, se lanzaba en picado contra el agua hasta hundirse violentamente en ella esperando sorprender al pez antes de descubrir la amenaza.
Las dos gaviotas que volaban a ras del mar veían tantos peces que no podían decidir a cuál atacar. Cuando finalmente se posaban y se sumergían bajo el agua el cambio de medio y la indecisión daban tiempo más que suficiente a los peces para escapar de ser su alimento.
La gaviota que subía y se lanzaba en picado tenía la velocidad perfecta; se lanzaba tan rápidamente, con tanta velocidad, que parecía incrustarse en el agua, clavarse, abrir un remolino por el que entrar por sorpresa e impactar de tal forma que ningún pez habría tenido tiempo de huir.
Pero se lanzó en picado contra el mar y al abrir su largo y curvado pico atrapó un trozo de plástico gris en el que se leía “Modas Rosana”. Si hubiese tenido tiempo o capacidad para reflexionar se habría dado cuenta de que a tanta distancia su vista no era capaz de distinguir con nitidez la diferencia entre el gris de un pez y el de una bolsa de plástico.
Las dos gaviotas que volaban a ras del mar veían tantos peces que no podían decidir a cuál atacar. Cuando finalmente se posaban y se sumergían bajo el agua el cambio de medio y la indecisión daban tiempo más que suficiente a los peces para escapar de ser su alimento.
La gaviota que subía y se lanzaba en picado tenía la velocidad perfecta; se lanzaba tan rápidamente, con tanta velocidad, que parecía incrustarse en el agua, clavarse, abrir un remolino por el que entrar por sorpresa e impactar de tal forma que ningún pez habría tenido tiempo de huir.
Pero se lanzó en picado contra el mar y al abrir su largo y curvado pico atrapó un trozo de plástico gris en el que se leía “Modas Rosana”. Si hubiese tenido tiempo o capacidad para reflexionar se habría dado cuenta de que a tanta distancia su vista no era capaz de distinguir con nitidez la diferencia entre el gris de un pez y el de una bolsa de plástico.
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